Las 5 opciones 3. Compatibilidad alta #2
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3. Compatibilidad alta #2

—¿Sabes qué me molesta?

—Eso depende muchísimo de lo que vayas a decir.

—Que el Sistema probablemente está encantadísimo ahora mismo.

Me río. Y odio admitir hasta qué punto tiene razón.

—Sí. Debemos de parecer el anuncio oficial de compatibilidad emocional.

—Nos usarán en campañas gubernamentales. "Míralos. Ni siquiera discuten."

—Dame tiempo —le digo, y dejo escapar una sonrisa que sé que es demasiado pícara para mi propio bien.

Mateo sonríe despacio y se me queda mirando. Y esa mirada dura un segundo más de lo normal. Uno de esos segundos pequeños, de los que no avisan, de los que te cambian el tono entero de una noche sin pedirte opinión.

Bajo la vista a la copa. Intento ignorar el calor absurdo que me acaba de subir por el cuello. No existe. No ha pasado nada. Solo ha sido un segundo.

—Ahora mismo estás pensando demasiado —dice él, tan tranquilo.

Le clavo la mirada. —¿Cómo sabes eso?

—Porque haces esa cara.

—¿Qué cara?

—La de "esto está yendo demasiado bien y eso me asusta".

Me quedo callada un momento. Luego suelto el aire, despacio, porque no tengo argumento. —Odio que tengas razón tan rápido.

—Créeme, yo también estoy intentando mantener algo de dignidad emocional.

Me río otra vez. Y ahí está. Otra vez. Esa facilidad. Esa sensación de cercanía acelerada que debería llevar una etiqueta de advertencia.

Cuando salimos del local, el puerto está mucho más vacío. La ciudad sigue brillando a nuestro alrededor, reflejada sobre el agua negra y tranquila. Caminamos despacio. Demasiado despacio para alguien que supuestamente solo ha quedado a comer un postre. Un postre. Claro. Eso era.

En un momento, Mateo me roza ligeramente la mano con la suya.

Un gesto mínimo. Accidental, probablemente.

Pero siento el contacto como si alguien hubiera activado algo bajo mi piel.

Un interruptor. Una corriente. Algo que no debería estar ahí.

Y lo peor es que él también lo nota. Porque los dos dejamos de hablar al mismo tiempo. Sincronizados hasta en esto. Genial.

Mateo gira apenas la cabeza hacia mí. —Vale… creo que ya no puedo fingir que esto me parece una interacción casual.

El corazón me empieza a latir demasiado rápido otra vez. ¿Otra vez? ¿Cuándo ha parado?

—Eso sería bastante difícil después del tiramisú ilegal —consigo decir, y estoy bastante orgullosa de que me salga entero.

Mateo suelta una risa baja. Luego da un paso más cerca. Demasiado cerca. La ciudad sigue moviéndose a nuestro alrededor, pero tengo la sensación absurda de que el ruido se va apagando poco a poco. Como si alguien estuviera bajando el volumen del mundo.

—Voy a besarte otra vez —dice en voz baja—. Solo para que quede claro que esto sigue siendo culpa tuya.

—Qué conveniente.

—Intento proteger mi reputación.

El beso esta vez es distinto. Menos prudente. Más lento. Y muchísimo más peligroso. De los que no se olvidan. De los que te joden todos los planes. Y no me importa nada.

El cuerpo me reacciona antes incluso de que el cerebro pueda opinar. La mano de Mateo se desliza hasta mi cintura y yo lo sujeto por la chaqueta sin darme cuenta, como si mis dedos hubieran tomado la decisión por su cuenta. Traidores.

Cuando nos separamos, los dos tardamos un segundo en volver del todo. Mateo apoya la frente contra la mía y suelta una risa incrédula, bajita, de esas que dicen más de lo que parece.

—Vale. Definitivamente estamos en problemas.

Yo todavía intento recordar cómo se respira. Inspirar. Espirar. Algo así.

—Eso no ha sonado tranquilizador.

—No lo era.

Hay otro silencio. Pero ya no es incómodo. Es de los cargados. De esos que aparecen cuando dos personas están pensando exactamente lo mismo y ninguna quiere decirlo primero. Silencio de "a ver quién se atreve".

Mateo pierde la batalla. —Hay un hotel a dos calles de aquí —dice suave, casi un murmullo—. Y ahora mismo estoy intentando decidir si decir eso me convierte en una mala influencia.

Vuelco inmediato en el estómago. Porque lo peor no es lo que dice. Lo peor es que no suena impulsivo. Suena natural. Como si la noche nos hubiera ido llevando hasta aquí sin que yo me diera cuenta. O como si me hubiera dado cuenta perfectamente y hubiera decidido no frenar.

Todavía puedo decir que no. La idea me cruza la cabeza durante un segundo, débil, casi una formalidad.

El comodín que guardas en la manga pero que sabes que no vas a usar.

Porque el problema no es la propuesta. El problema es que llevo esperando este momento desde el primer beso frente al portal.

Y eso, señoras y señores, se llama meterse en un lío con los ojos abiertos.

Mateo me sigue observando de cerca. Hay algo distinto en su mirada. Ya no está tan tranquilo. La calma sigue ahí, sí, pero debajo empieza a notarse otra cosa. Deseo. Y mi corazón decide que es buen momento para desordenarse por completo otra vez. Gracias, corazón. Muy útil.

—Sigues pensando demasiado —murmura.

—Es una actividad habitual en mí.

—Lo he notado.

Suelto una risa nerviosa. No tengo nada mejor que ofrecer.

Luego levanto la vista hacia el hotel al final de la calle.

Luz cálida. Ventanas altas. Discreto. La clase de lugar diseñado exactamente para personas que intentan convencerse de que esto todavía es una decisión racional.

Claro. Racional. Yo. Elena. La mujer que iba a seguir el proceso, conocer a los demás candidatos y no precipitarse.

Miro a Mateo. Él me mira a mí. Y sé, con una certeza absoluta y aterradora, que ya he tomado la decisión. La tomé hace rato, en realidad. Solo estoy tardando en admitirlo en voz alta.

Mateo da un pequeño paso hacia mí. No para presionarme. Solo se acerca lo suficiente como para que note otra vez el calor de su cuerpo. Y vaya si lo noto.

—Podemos irnos a casa —dice suave—. De verdad.

Y eso, curiosamente, es lo que termina de destruirme la poca resistencia que me quedaba. Porque no está insistiendo. No parece desesperado. Solo sincero. El muy cabrón me lo pone fácil y difícil al mismo tiempo.

Sostengo su mirada unos segundos más antes de soltar el aire, despacio. —Creo que ya hemos superado el punto donde esto parece una cita normal.

Mateo sonríe apenas. —Definitivamente.

La habitación del hotel es silenciosa. Demasiado silenciosa.

La puerta se cierra y el clic del pestillo resuena como un disparo.

Dejo el bolso sobre la silla con manos que me tiemblan ligeramente.

Cuando me giro, él está apoyado contra la puerta, observándome con una intensidad que me desnuda antes de que una sola prenda haya tocado el suelo.

Lleva la camisa blanca medio desabrochada del paseo y puedo ver el principio de ese torso que me ha tenido distraída toda la noche.

Las líneas marcadas de su abdomen. La forma en que la tela se tensa sobre sus hombros.

Vale, seamos honestas: Mateo no es solo guapo.

Es el tipo de cuerpo que hace que la gente se gire por la calle.

Ancho de hombros, cintura estrecha, brazos que prometen fuerza sin esfuerzo.

Y ahora mismo, con la mirada oscura fija en mí, es perfectamente consciente del efecto que causa.

Y yo soy perfectamente consciente de que él lo sabe. Estupendo.

Se quita la chaqueta despacio, sin apartar la mirada. Luego se acerca. Sin prisa. Como si quisiera darme tiempo para detener esto si realmente quiero. Pero ya sé que no voy a hacerlo. Porque cuando vuelve a besarme, toda la tensión acumulada durante la noche se rompe de golpe.

Este beso es más profundo. Más hambriento. Su lengua encuentra la mía casi de inmediato y las piernas me flaquean. Él me sujeta con firmeza por la cintura y yo le subo la mano hasta la nuca, enredándome en su pelo, tirando suavemente. Él gime contra mi boca y el sonido me recorre entera.

—Llevo horas esperando esto —murmura contra mis labios, sin separarse del todo.

—Yo también —respondo.

Y me sorprende lo sinceras que suenan mis propias palabras. No es una frase de cortesía. No es calentura. Es verdad. Llevo horas esperando esto.

Mateo desliza una mano por mi espalda, bajando despacio hasta posarse sobre mi nalga. Aprieta con la presión justa para que me arquee contra él. Se me escapa un suspiro entrecortado cuando noto su erección presionando contra mi vientre a través de la ropa.

Y pienso: adiós, proceso. Adiós, plan. Adiós, decisiones racionales. No me arrepiento de nada.

—Demasiada ropa —dice él, y la sonrisa que me dedica es pura lujuria. Sin filtro. Sin disimulo.

—Arréglalo.

No necesita que se lo repita. Sus manos encuentran el borde de mi camiseta y la deslizan hacia arriba con una urgencia controlada.

Levanto los brazos para ayudarlo y, cuando la tela desaparece, el aire frío de la habitación me choca contra la piel caliente.

Los ojos de Mateo me recorren sin prisas, como si estuviera memorizando cada centímetro.

Y yo, que nunca me quedo callada, ahora no tengo nada que decir.

—Eres increíble —dice, con una voz ronca que no deja espacio para la duda.

Siento que me sonrojo. Sí, yo, Elena, me sonrojo.

Pero no tengo tiempo de sentirme cohibida porque él ya se está inclinando para besar mi cuello, mordisqueando justo donde el pulso me late desbocado.

Echo la cabeza hacia atrás, ofreciéndole más, y mis propias manos empiezan a desabrochar los botones de mi camisa con una torpeza que delata las ganas que tengo.

—Déjame —susurra.

Me aparta las manos con suavidad y termina la tarea él mismo.

La camisa cae al suelo. Luego mi sujetador sigue el mismo camino.

Cuando mis pechos quedan al descubierto, Mateo inhala hondo y se inclina para tomar un pezón con la boca.

Me muerdo el labio con fuerza, pero el sonido se me escapa igual cuando lo lame con la lengua y succiona con suavidad.

—Mateo… —mi voz es apenas un susurro roto.