Las 5 opciones 3. Compatibilidad alta
18%

3. Compatibilidad alta

El problema de tener una cita casi perfecta es que el cerebro empieza a comportarse como un traidor en toda regla.

Lo descubro a la mañana siguiente, cuando abro los ojos y el primer pensamiento que aparece en mi cabeza no es el trabajo, ni el café, ni siquiera el hecho de que he dormido fatal.

Es Mateo. Su sonrisa. Su voz tranquila. La manera en que me miró justo antes de besarme.

—Oh, no —murmuro enterrando la cara en la almohada.

Esto va demasiado rápido. Y lo peor es que no se siente artificial. No parece una obligación social ni una interacción forzada por el Sistema. Simplemente… ha sido fácil. Demasiado fácil. ¿Qué clase de broma cósmica es esta?

La pantalla de la habitación muestra la hora mientras suena una música suave de fondo. Me quedo tumbada unos segundos más, intentando convencerme de que todavía soy una persona racional y emocionalmente estable.

Fracaso en menos de un minuto. Porque termino revisando el chat. No hay mensajes nuevos. Y eso me molesta más de lo que debería. Mucho más.

—Patético —me digo a mí misma en voz alta.

—¿Ya estás enamorada? —pregunta Clara desde la puerta.

Doy un pequeño grito y le lanzo la almohada inmediatamente.

—¡¿Tú no trabajas?!

Clara atrapa la almohada sin esfuerzo, como si fuera lo más normal del mundo esquivar mis ataques matutinos.

—Entro más tarde. Además, claramente necesitas supervisión psicológica urgente.

Entra en la habitación con una taza de café en la mano y me observa con esa expresión insoportable de hermana mayor que ya cree entender toda tu vida. Esa mirada de "lo sé todo y tú eres un desastre adorable".

—A ver, actualización emocional.

—No hay actualización emocional.

—Ajá.

—Solo fue una cita.

—Y un beso —añade ella, sonriendo como quien acaba de ganar una partida de ajedrez.

Cierro los ojos lentamente, respirando hondo.

Clara se deja caer sobre la silla del escritorio con toda la calma del mundo.

—Vale, pregunta seria. ¿Vas a quedar con otro hoy?

Me incorporo un poco. Porque esa es la cuestión. Esa es exactamente la cuestión que mi cerebro traidor no quiere procesar ahora mismo.

El Sistema espera interacción real con las cinco opciones antes de tomar una decisión definitiva.

No es obligatorio en teoría, pero todo el mundo sabe que ignorar candidatos reduce las probabilidades de elección mutua equilibrada.

Y yo lo sé mejor que nadie. Pero ahora mismo lo único que quiero es quedarme mirando el techo pensando en un moreno de sonrisa peligrosa que ni siquiera me ha escrito todavía.

¿He dicho ya que esto es patético? Porque lo es. Totalmente. Y las elecciones desequilibradas son peligrosas. No inmediatamente, pero sí a largo plazo.

Conozco historias suficientes para saberlo.

Personas que se obsesionan demasiado rápido con alguien y terminan ignorando opciones mejores.

Parejas que parecen perfectas durante meses hasta que el Sistema detecta incompatibilidades graves.

Gente que acaba quedándose sola porque apostó todo demasiado pronto.

Nadie quiere acercarse a eso. Nadie quiere ni siquiera imaginarlo. Y yo menos.

—Sí —digo finalmente, con un suspiro de derrota—. Creo que debería conocer al menos a otro.

Clara asiente con aprobación exagerada, como si acabara de presenciar un milagro científico.

—Bien. Eso ha sonado responsable y emocionalmente maduro. Estoy orgullosa de ti.

—No lo arruines.

Cojo la pantalla y reviso los perfiles otra vez. Vamos allá, Elena, sé una adulta funcional.

Daniel sigue pareciendo peligrosamente amable. Álex tiene demasiadas fotos sonriendo, ¿qué esconde tanta felicidad? Hugo transmite energía de hombre que probablemente organiza sus calcetines por colores y eso me da un poco de miedo.

Mateo sigue siendo el único que parece real.

Y eso es un problema. Porque cuanto más pienso en él, más entiendo lo fácil que debe de ser para la gente caer dentro del Sistema sin cuestionarlo nunca más.

No hace falta obligar a nadie. Solo hay que hacer que la compatibilidad se sienta bien. Así de simple. Así de aterrador.

La pantalla vibra suavemente entre mis manos.

Mensaje entrante.

Y de inmediato, como una persona emocionalmente débil que soy, mi corazón reacciona antes que mi cerebro. El muy traidor.

Mateo.

Noto cómo Clara sonríe lentamente desde el otro lado de la habitación. Puedo sentir su sonrisa sin necesidad de mirarla. Es un superpoder molesto que tienen las hermanas mayores.

—Esa cara otra vez.

—Cállate.

Abro el mensaje. "Necesito saber algo importante."

Oh, no. ¿Importante? ¿Qué tipo de importante? Mi cerebro ya está generando diecisiete escenarios catastróficos en menos de dos segundos.

"¿Tus tres alarmas siguen activas o has conseguido levantarte como un ser humano funcional?"

Suelto una risa involuntaria. Y eso es exactamente lo que me preocupa. Porque llevo esperando horas un mensaje de Mateo.

"Depende de cómo definas funcional", respondo.

La respuesta llega casi instantáneamente.

"Perfecto. Entonces todavía estamos equilibrados."

Clara sigue observándome como si estuviera viendo una serie particularmente entretenida. Con palomitas imaginarias y todo.

—¿Vas a dejar de mirarme así?

—Absolutamente no. Esto es mejor que el café.

Me giro hacia Clara con los ojos en blanco, pero no puedo evitar una media sonrisa.

—Vale, oficialmente me odias, pero necesito decirlo: tienes cara de protagonista a punto de cometer una mala decisión romántica.

Me encojo de hombros, restándole importancia. —No voy a cometer ninguna mala decisión.

—Claro. Porque las buenas decisiones normalmente empiezan con “solo voy a pensar un poco más en él”.

Ignoro el comentario y vuelvo a mirar los otros perfiles. Tengo que actuar con lógica. Es lo inteligente. Lo responsable. Justo cuando estoy a punto de escribirle a Hugo para organizar una cita, la pantalla se ilumina otra vez. Otro mensaje de Mateo.

Lo leo y se me escapa una sonrisa involuntaria.

“Hay un sitio cerca del puerto que hace el mejor tiramisú ilegal de la ciudad. Necesito comprobar si eres lo suficientemente buena persona como para compartirlo.” Me quedo mirando la pantalla demasiado tiempo.

Clara empieza a reírse directamente. —Dios mío. Ni siquiera está dejando que conozcas a los otros.

—No está haciendo nada.

—Elena. Ese hombre acaba de usar postres clandestinos como estrategia de seducción.

Y lo peor es que está funcionando. Sé perfectamente cuál debería ser la decisión correcta. Conocer a los demás. Seguir el proceso. No precipitarme. Todo muy lógico. Todo muy sensato. En lugar de eso, escucho mi propia voz diciendo:

—Creo que voy a salir otra vez con Mateo.

Clara deja la taza sobre la mesa con un dramatismo que roza lo teatral.

—Perfecto. Ya puedo ver cómo termina esto. Tendré que dar un discurso emocionado en vuestra ceremonia de compatibilidad genética.

Tardo muchísimo más de lo razonable en decidir qué ponerme.

Y eso me irrita profundamente. Se supone que esto va a ser algo rápido.

Un tiramisú. Una conversación. Una segunda cita técnicamente improvisada que no tiene ninguna importancia dramática.

Entonces, ¿por qué llevo veinte minutos mirándome al espejo como si estuviera negociando un tratado internacional?

Clara aparece en la puerta y se apoya en el marco con los brazos cruzados. —¿Necesitas ayuda o simplemente has perdido contacto con la realidad?

Ni siquiera me giro. —No sé qué ponerme.

—Eso significa que te gusta de verdad.

—O significa que tengo ojos funcionales y quiero verme bien.

—No. Verte bien ya lo dabas por hecho hace media hora. Ahora estás intentando parecer “natural pero inolvidable”.

Cojo el primer jersey que encuentro y se lo lanzo sin mirar. Lo esquiva riéndose.

—Dios, estás nerviosa. Esto es increíble.

Y sí. Lo estoy. Pero no es esa ansiedad incómoda de primera cita, la de mariposas en el estómago y manos sudorosas. No. Es algo peor. Es ilusión. De la peligrosa. De la que te acelera las horas sin pedir permiso.

Mateo me espera cerca del puerto, apoyado contra la barandilla metálica, mirando el agua oscura como si no tuviera nada mejor que hacer que posar.

La brisa le mueve la chaqueta y, durante un segundo absolutamente traidor, mi cerebro suelta: parece salido de una película ridículamente romántica.

Me lo callo, obviamente. Tengo dignidad.

Lo peor viene cuando levanta la vista justo en ese momento y sonríe. Y ahí, justo ahí, se despide cualquier posibilidad de mantener la estabilidad emocional. Adiós, lógica. Ha sido un placer conocerte.

—Vale —dice en cuanto me acerco—. Voy a ser sincero. Empezaba a pensar que me habías abandonado por alguien con mayor compatibilidad repostera.

—He considerado varias opciones —suelto, seria.

—Qué fría.

Sonrío. No puedo evitarlo. Caminamos juntos por el paseo iluminado y me doy cuenta de que esta parte de la ciudad, de noche, parece otra.

Más viva. Menos controlada. Hay músicos callejeros, locales abiertos hasta tarde, gente riéndose demasiado alto para los estándares tranquilos del Sistema.

Me gusta. Me gusta mucho. Y eso también es peligroso.

Mateo señala un local diminuto escondido entre dos edificios antiguos.

—Aquí.

Cuatro mesas. Iluminación tenue. Una luz diseñada específicamente para primeras citas que deberían venir con aviso legal. El aroma a café y cacao te golpea nada más entrar. Vale, vale, entiendo por qué lo llaman ilegal.

—Esto parece ilegal de verdad —murmuro mientras nos sentamos.

—Eso mejora el sabor.

Pedimos dos porciones enormes de tiramisú y una botella de vino.

Y entonces descubro algo todavía peor que lo de anoche.

Algo que me cabrea y me fascina a partes iguales: con Mateo no existen los silencios incómodos.

Todo fluye. Las bromas aparecen solas, sin forzar.

Las miradas duran un poco más cada vez y ya ni me molesto en desviarlas.

Hay una tensión suave creciendo entre los dos y ha dejado de esconderse detrás del humor.

En un momento, Mateo se inclina ligeramente hacia mí.