Las 5 opciones 2. El hombre perfecto #3
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2. El hombre perfecto #3

—¿Eres de las personas que dejan varias alarmas por la mañana porque saben perfectamente que no van a levantarse con la primera?

Y yo… suelto una carcajada. De las de verdad, de las que salen solas. —Tengo tres alarmas.

Se lleva una mano al pecho, horrorizado. —Dios mío.

—¿Qué pasa?

—Que eso reduce ligeramente nuestra compatibilidad emocional.

—Pues mira, yo necesito mínimo cuarenta minutos para aceptar que sigo viva cada mañana.

Mateo niega, con esa calma fingida que tanto me está gustando.

—Valiente confesión para una primera cita.

Sonrío. Sin poder evitarlo. Seguimos caminando, y ahí está otra vez: esa sensación incómoda que me dice que todo está funcionando demasiado bien. El Sistema debe estar frotándose las manos.

Llegamos a mi edificio y los dos aminoramos el paso justo al mismo tiempo.

Qué ridículo. El portal está iluminado con esa luz cálida y tonta que parece diseñada para momentos así, y de repente todo el rollo fácil de la cena se evapora.

Adiós a la fluidez, hola al silencio tenso.

Silencio con expectativa. De ese que te acelera el pulso sin pedir permiso.

Mateo se mete las manos en los bolsillos y sonríe así, un poquito nada más.

—Bueno… supongo que oficialmente hemos sobrevivido a la primera cita.

—Creo que eso nos coloca por encima de la media estadística —digo yo, intentando parecer normal y fracasando.

—No sé. Puede que el Sistema ya haya detectado tus tres alarmas y esté reconsiderando todo.

Me río. Otra vez. Ya van demasiadas risas en una sola noche, y entonces llega la pausa. La pausa peligrosa. Esa donde los dos nos callamos a la vez y la distancia que hay entre nosotros empieza a hacerse rarísima. Demasiado corta. O demasiado larga, según se mire.

Mateo me observa unos segundos que se alargan más de la cuenta.

—Puedo hacer algo potencialmente irresponsable ahora mismo —suelta en voz baja.

Y mi corazón, como un idiota integral, da un saltito tonto dentro del pecho.

—Eso depende muchísimo de qué sea.

Sonríe apenas. Luego da un paso hacia mí.

Suave, sin prisa, sin ese rollo de “mira qué bien beso” que tanto he visto por ahí.

Y el beso es tranquilo. De verdad, de los que no tienen ninguna prisa por terminar.

Y precisamente por eso me golpea el triple de fuerte de lo que esperaba.

Yo pensando “un besito normal, de primera cita, sin importancia”, y acabo ahí, completamente atontada.

No hay ansiedad, no hay esa necesidad desesperada de impresionar, no hay teatro. Solo una sensación cálida y absurdamente natural, como si el momento no pudiera haber llegado en otro instante mejor que este.

Cuando nos separamos, tardo un segundo entero —o dos, a lo mejor tres— en recordar cómo funciona eso de respirar.

Mateo me mira y suelta una risita tonta.

—Vale, eso parece una buena señal.

—No estoy segura de querer darte tanta confianza tan rápido.

—Demasiado tarde.

Niego con la cabeza, sonriendo sin poder evitarlo, y entro al portal antes de hacer algo todavía más peligroso.

Como quedarme ahí plantada otros diez minutos mirándolo.

Subo las escaleras intentando aparentar normalidad.

Y fracaso completamente. Mi cara no colabora.

Imposible mantener la dignidad cuando vas flotando.

La puerta del apartamento apenas se cierra a mi espalda cuando Clara aparece desde el sofá como un depredador emocional perfectamente entrenado. Tiene un radar para estas cosas. Un sexto sentido insoportable.

—ESA cara —suelta, apuntándome con el dedo.

Dejo el bolso sobre la mesa intentando mantener algo de dignidad. Poca, pero algo.

—No sé de qué hablas.

—Elena. Literalmente estás brillando.

—No estoy brillando.

—¿Te ha besado?

Silencio. Exactamente medio segundo de silencio. Y ya está, la he cagado.

Clara abre unos ojos como platos.

—OH, DIOS MÍO.

—No grites.

—¡TE HA BESADO!

—¡Clara!

Ya se está riendo sola, la muy… Se ríe y aplaude y hace todo ese numerito que yo haría si los papeles estuvieran cambiados. Qué rabia.

—Vale, vale —dice, emocionadísima—, necesito detalles inmediatamente. ¿Ha sido beso normal? ¿Beso “quiero volver a verte”? ¿Beso “vamos a tener hijos inmunológicamente superiores”?

Le lanzo un cojín directamente a la cara. Buena puntería.

—Eres insoportable.

—Eso significa que fue bueno.

Intento contener la sonrisa. De verdad que lo intento. Pero no puedo. Mis labios no colaboran, y eso basta para que Clara se levante del sofá con todo el dramatismo del mundo.

—No. No, no, no. Estás perdida —sentencia—. Lo sabía. Lo vi desde el momento en que abriste el perfil.

—Solo fue una cita.

Me dejo caer en el sofá y me cubro la cara con las dos manos. Suelto una risa agotada, de esas que salen cuando ya no tienes defensas. Porque lo peor es que Clara tiene razón en algo. En una cosa pequeña pero importantísima.

La cita ha sido demasiado bien. Y una parte de mí, la parte que odio admitir que existe, empieza a entender por qué hay tanta gente que confía ciegamente en el Sistema. Porque es muy difícil discutir contra algo cuando hace que sentirte así parezca tan fácil. Tan ridículamente fácil.