Las 5 opciones 2. El hombre perfecto #2
12%

2. El hombre perfecto #2

La puerta se abre automáticamente al acercarnos.

El interior es cálido, con luz tenue y mesas pequeñas colocadas demasiado cerca unas de otras.

Agradezco inmediatamente que no haya pantallas visibles mostrando índices de compatibilidad o recomendaciones nutricionales personalizadas, algo cada vez más común en los restaurantes de moda.

Aquí solo hay gente hablando, riendo, comiendo. Como en los viejos tiempos, antes de que el Sistema decidiera que hasta la sopa debería venir con un informe de compatibilidad.

Aquel lugar parecía… humano. Y eso era raro.

No hay pantallas integradas en las mesas, ni luces LED ajustándose a mi frecuencia cardíaca, ni un asistente virtual recordándome los pasos recomendados para una primera cita exitosa según mi perfil.

Solo hay madera, velas y el sonido de la gente hablando sin que nadie los esté analizando.

Una camarera nos acompaña hasta una mesa junto al ventanal.

Afuera, el río refleja las luces de la ciudad mientras la gente camina por el paseo con esa calma ordenada que parece haberse instalado en el mundo desde hace años.

Todo el mundo en su sitio. Todo el mundo con su compatibilidad asignada. Todo el mundo aparentemente feliz.

Mateo deja que me siente primero. Demasiado educado. Definitivamente sospechoso.

—Vale —dice él mientras abre la carta—. Pregunta importante antes de empezar.

—Eso suena peligroso.

—¿Tu familia también está actuando como si fueras a casarte mañana?

Suelto una risa inmediata. Tan inesperada que casi me sorprendo a mí misma.

—Mi hermana prácticamente quería revisar mi ropa como si fuera una misión diplomática. Incluso me recomendó qué perfume usar. Según ella, hay estudios que demuestran que ciertos aromas aumentan la compatibilidad percibida.

—Mi madre me llamó tres veces hoy.

—¿Tres?

—La tercera solo para recordarme que las parejas con más del noventa por ciento tienen mejores tasas de longevidad. Como si necesitara un recordatorio estadístico para no arruinar esto.

Apoyo la cabeza sobre una mano, sintiendo cómo la tensión empieza a disolverse.

—Dios… mi madre hace exactamente lo mismo. La semana pasada me envió un artículo titulado “Diez señales de que has encontrado a tu pareja óptima”. Lo abrí solo para descubrir que básicamente describía a cualquier persona con pulso.

—Creo que los padres viven esto como si estuvieran apostando en carreras de caballos genéticos.

Vuelvo a reírme, y entonces noto algo incómodo: Estoy relajándome. Demasiado rápido. Eso es precisamente lo que el Sistema busca, ¿no? Compatibilidad natural. Conversaciones fluidas. La sensación de que todo encaja sin esfuerzo, como piezas de un rompecabezas diseñado por algoritmos.

Y honestamente… con Mateo está ocurriendo.

Lo observo mientras habla con la camarera, pidiendo algo con una sonrisa fácil, y entiendo por qué el Sistema lo ha colocado como mi porcentaje más alto.

No solo es atractivo. Es equilibrado. Tiene la clase de presencia que hace sentir cómodo a todo el mundo alrededor, como una manta en invierno o una canción que sabes que no va a defraudarte.

Como si jamás levantara la voz. Como si jamás hiciera algo impulsivo.

Como si jamás pudiera romperte el corazón de verdad.

La idea aparece en mi cabeza de forma tan inesperada que aparto la mirada inmediatamente, como si hubiera visto algo que no debería.

—¿Qué pasa? —pregunta Mateo, inclinando ligeramente la cabeza.

—Nada.

—Eso ha sonado muchísimo a “sí pasa algo”.

Suspiró. —Solo estaba pensando que eres sospechosamente encantador.

Mateo suelta una carcajada, genuina, sin filtros. —Te sorprendería la cantidad de veces que me han dicho eso.

—No creo que sea un cumplido.

—No lo es. Pero podría ser peor.

—¿Peor cómo? —pregunto, levantando una ceja.

—Podrías haber dicho que soy sospechosamente aburrido. O sospechosamente perfecto. Eso sería mucho peor. “Sospechosamente encantador” al menos implica que hay algo interesante detrás de la fachada. Una vez una chica me dijo que tenía “energía de marido estable”.

Casi me atraganto riéndome. —Eso es horrible.

—Lo sé. Todavía me estoy recuperando emocionalmente. Fue justo después de que otra chica me dijera que parecía “el tipo de persona que recordaría tu cumpleaños aunque solo hubieras salido una vez”. Aparentemente, mi cara inspira responsabilidad afectiva.

—Suena a que das ese tipo de vibraciones, sí.

—¿Eso es bueno o malo?

—Todavía no lo decido.

La conversación continúa con una facilidad desconcertante.

Hablamos de trabajos, de música, de profesores insoportables y de las absurdas reglas sociales alrededor de las asignaciones del Sistema.

Mateo tiene sentido del humor, algo que no esperaba.

Un humor seco, inteligente, que aparece en los momentos menos esperados.

El Sistema tiende a presentar a las personas compatibles como versiones demasiado pulidas de sí mismas, como si las hubieran pasado por un filtro de Instagram emocional.

Pero él parece más real de lo que había imaginado.

Más humano. Aunque quizá eso es precisamente lo extraño.

Todo en él encaja demasiado bien. Demasiado natural.

Como si hubiera sido diseñado exactamente para esto.

Después de un rato, Mateo deja la copa sobre la mesa y me observa durante unos segundos antes de hablar otra vez. Hay algo en su mirada que cambia, como si estuviera decidiendo si cruzar una línea.

—¿Puedo hacerte una pregunta incómoda?

Entrecierro los ojos. —Eso depende muchísimo de la pregunta.

—¿Tú querías esto?

No respondo inmediatamente. El ruido suave del restaurante llena el silencio entre ambos, el tintineo de cubiertos, las risas de otras mesas. Es una pregunta sencilla. Y aun así, llevo años evitando pensarla demasiado, como un mueble que sabes que está en medio del pasillo pero aprendes a rodear.

—No lo sé —admito al final—. Creo que crecimos aceptándolo antes de entenderlo realmente. Es como… nacer en una casa con una pared pintada de un color que nunca te gustó.

Mateo asiente lentamente. —Sí. Exactamente eso.

—¿Tú sí lo querías?

Él sonríe un poco, aunque esta vez parece una sonrisa más cansada. Menos ensayada. Más auténtica.

—Querer no importa demasiado en nuestro mundo.

Aquella frase cae sobre la mesa con más peso del esperado. Por primera vez desde que empezó la cena, tengo la sensación de que debajo de toda aquella tranquilidad hay algo más. Algo que Mateo está acostumbrado a esconder muy bien, como un segundo idioma que solo habla consigo mismo.

—Eso ha sonado bastante pesimista para alguien con noventa y cuatro por ciento de compatibilidad.

Mateo suelta una pequeña risa, pero no llega del todo a sus ojos. —Créeme, el porcentaje impresiona mucho más a nuestras madres que a mí.

Sonrío, pero no digo nada. Porque, por alguna razón difícil de explicar, acabo de notar una grieta mínima en la perfección de Mateo. Una fisura apenas visible en la fachada impecable. Y eso lo hace mucho más interesante.

Todavía no me creo que la cena acabe tan tarde.

Tres horas, así, sin más, y yo sin darme cuenta.

Tres horas hablando de tonterías, de esas que no le cuentas a cualquiera: las películas ridículas que te gustan en secreto, los profesores insufribles del instituto, excursiones que acabaron en desastre y esa manía absurda que tiene el Sistema de querer convertir hasta el amor en una maldita ecuación matemática.

Mateo tiene una manera de escuchar que me pone nerviosa. Pero de la buena. No me corta a media frase, no va de listo, y cuando sonríe, sonríe de verdad, no porque haya leído en alguna parte que sonreír mejora la interacción social. Es… peligroso. Muy peligroso.

Y yo aquí, fastidiada. Fastidiada porque esto me está gustando. Porque sé perfectamente que las decisiones importantes empiezan justo así: sin hacer ruido, pillándote a traición, cuando estás más distraída.

Salimos del restaurante, y hace esa fresquita tan agradable de la noche.

El paseo junto al río sigue hasta arriba de gente: parejas que caminan pegadas, grupos que se ríen como si no hubiera mañana, luces reflejadas en el agua con esa perfección tan artificial que tiene la ciudad cuando se enciende.

Mateo camina a mi lado justo a la distancia perfecta: sin invadir, pero lo bastante cerca para que note su presencia todo el rato.

De repente, se para en seco.

—Vale —dice, muy serio—. Necesito saber algo importante antes de que esta interacción siga avanzando.

Arqueo una ceja. Intento parecer más tranquila de lo que estoy. —Eso ha sonado bastante serio.

—Lo es.

—Adelante.

Mateo me mira con una solemnidad que casi asusta.