Las 5 opciones 2. El hombre perfecto
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2. El hombre perfecto

Tardo exactamente cuarenta y tres minutos en responder al mensaje de Nico.

No porque estuviera ocupada, que conste.

Podría haber estado haciendo cosas importantes, como doblar la ropa o preguntarme qué voy a cenar, pero no.

Estoy sentada en el sofá mirando la pantalla como si fuera a resolverse sola.

Solo necesito decidir si ignorarlo es una decisión madura o una estupidez estratégica. Porque hay una línea muy fina entre “me tomo mi tiempo para responder” y “parezco una psicópata que está analizando cada palabra”.

Al final, después de cuarenta y tres minutos de deliberación interna que perfectamente podrían haberse resuelto en dos, termino enviando la respuesta más neutra de la historia de la humanidad:

“No pasa nada. Creo que todos estamos un poco confundidos.”

Vale. Bien. Correcto. Suena a mensaje de botones de ascensor, pero es lo que hay.

Lo miro durante unos segundos antes de bloquear la pantalla.

Luego la desbloqueo otra vez, no sé por qué, como si esperara que el mensaje hubiera mutado espontáneamente en algo más interesante.

Después vuelvo a bloquearla. Y luego la desbloqueo otra vez, porque aparentemente soy una persona con problemas de control de impulsos.

—Estás haciendo cosas rarísimas con la cara —dice Clara desde el otro lado del sofá, sin siquiera levantar la vista de su teléfono.

—Estoy pensando.

—No. Estás entrando en una espiral romántica prematura y todavía ni siquiera has olido a ese hombre en persona.

Ahí ya no pude evitarlo. Agarro el cojín más cercano y se lo lanzo directamente a la cara.

Ella lo esquiva sin esfuerzo, porque Clara tiene reflejos de ninja cuando se trata de esquivar responsabilidades emocionales y objetos voladores.

—Escúchame bien —continua, señalando mi pantalla con una cuchara llena de helado—. Tu problema es que ya has decidido que el complicado es interesante.

—No he decidido nada.

—Elena, llevas doce horas mirando el perfil de Nico como si escondiera secretos de estado. Y te digo más, si ese tío tuviera secretos de estado, probablemente serían secretos aburridos, como que coleccionan sellos o tienen una teoría conspirativa sobre las palomas mensajeras.

—Solo me parece raro.

—Claro. Y por eso mismo NO deberías empezar por él.

Abro la boca para protestar, pero me doy cuenta de que no tengo argumentos.

Porque lo peor de todo es que Clara tiene razón.

Desde pequeña he tenido una habilidad especial para obsesionarme justo con las cosas que parecen menos convenientes.

En el colegio, mientras todas mis amigas estaban enamoradas del chico guapo y popular, yo estaba desarrollando un crush inexplicable por el niño raro que dibujaba dragones en los márgenes de los exámenes.

Y Nico, con su novia indefinida, sus mensajes incómodamente honestos y esa sensación constante de “problema emocional no resuelto”, encajaba demasiado bien en esa categoría. Era como si llevara un cartel invisible que pusiera “PELIGRO: AQUÍ HAY DRAGONES”.

—Habla primero con uno normal —dice Clara, metiéndose otra cucharada de helado—. Uno estable. Uno que no parezca capaz de destruirte psicológicamente en la primera cita.

Levanto una ceja. —¿Y cómo identifico eso exactamente? Porque hasta ahora mi radar para detectar hombres estables funciona más o menos como mi radar para detectar setas venenosas: voy aprendiendo sobre la marcha y normalmente demasiado tarde.

Clara coge mi teléfono directamente de mis manos —sin permiso, por supuesto, porque para ella la propiedad privada es un concepto sugerido— y abre el perfil de Mateo como si estuviera eligiendo el menú del día.

—Este. Mateo Silva. Noventa y cuatro por ciento de compatibilidad. El más alto de todos.

Lo dice como si estuviera revelando el premio gordo de la lotería. Y bueno, en cierto modo lo es. El Sistema prácticamente me grita la respuesta en la cara, con letras mayúsculas y todo: “AQUÍ TIENES, IMBÉCIL, NO TE LO PUEDO PONER MÁS FÁCIL”.

Y honestamente… entiendo por qué.

Mateo es atractivo de una forma insultantemente equilibrada.

Ni demasiado serio ni demasiado arrogante.

Sonrisa fácil. Buena postura. Mirada tranquila.

Parece el tipo de hombre que jamás olvidaría un aniversario ni dejaría un vaso sucio en el fregadero.

El tipo de hombre que tiene una rutina de skincare y no le da vergüenza admitirlo.

Es imposible imaginarlo teniendo una crisis existencial en un bar a las dos de la mañana. Y quizá eso es exactamente lo que da miedo.

—Tiene pinta de oler bien —dice Clara, acercando la pantalla a su cara como si pudiera confirmarlo por ósmosis.

—Eso no es un criterio real.

—Claro que lo es. Las parejas compatibles huelen bien juntas. Lo leí en un estudio.

—Te acabas de inventar eso.

—Tal vez. —Sonríe con toda la cara, sin ningún remordimiento.

Termino riéndome, porque qué más puedo hacer. Y entonces, antes de poder arrepentirme, antes de que mi cerebro pueda lanzar su habitual campaña de “y si mejor no”, pulso el botón de interacción.

La respuesta llega casi inmediatamente. Como si él hubiera estado esperando, con el teléfono en la mano, mirando la pantalla. Que probablemente es el caso, porque el Sistema también nos ha entrenado para eso.

Mateo: ¿Cena esta noche? Prometo no hablar del Sistema más de cinco minutos.

Leo el mensaje dos veces. Luego una tercera, solo para asegurarme de que no he leído mal y en realidad pone “cena esta noche, trae tus problemas emocionales y un informe detallado de tus traumas infantiles”.

—Vale —murmuro, más para mí misma que para ella.

Clara sonríe lentamente, con esa sonrisa de “te lo dije”.

—Ya está. Ya empezó tu evaluación genética romántica.

—Necesito que dejes de decir cosas así.

—Nunca.

Dos horas después, sigo frente al armario sin entender cómo una cita puede sentirse tan parecida a una entrevista de trabajo. Porque, en cierto modo, lo es. No oficialmente, claro.

El Sistema insiste en llamar a aquello “fase de interacción espontánea”, como si fuera un concepto revolucionario y no una cita con esteroides burocráticos.

Pero todo el mundo sabe la verdad. Cada conversación importa.

Cada gesto cuenta. Compatibilidad emocional, estabilidad psicológica, sincronización hormonal…

todo es analizado constantemente. Y aun así, la sociedad sigue fingiendo que aquello es completamente natural.

Como cuando finjo que no me importa una cosa pero en realidad he calculado catorce escenarios diferentes en mi cabeza.

—Te estás probando demasiadas veces la misma chaqueta —dice Clara desde la puerta, apoyada en el marco con los brazos cruzados.

—No sé qué ponerme.

—Perfecto. Eso significa que todavía conservas dignidad emocional.

—¿Eso qué tiene que ver?

—Que si hubieras sabido exactamente qué ponerte significaría que llevas semanas imaginando esta cita. Y eso ya sería patético. Esto es solo… moderadamente patético.

La miro con cara de “en serio, eres mi hermana”.

Ella me devuelve una sonrisa radiante.

Y, joder, tiene razón.

Termino eligiendo algo sencillo. Nada de vestidos estratégicos ni colores que envíen mensajes subliminales.

Unos vaqueros, una camiseta básica, una chaqueta que ya ha visto días mejores.

No quiero parecer desesperada. Tampoco fría.

El problema es que el equilibrio entre ambas cosas parece imposible de calcular, como intentar hacer una ecuación con dos incógnitas y cero interés en matemáticas.

Antes de salir, la pantalla vibra suavemente. Nuevo mensaje.

Nico.

Me quedo quieta unos segundos. El corazón me da un pequeño salto que no le he pedido y que definitivamente no necesito ahora.

–Por cierto, te recomiendo evitar el restaurante Varela si alguno de los otros te invita. La comida parece diseñada para castigar emocionalmente a la gente.

Suelto una pequeña risa involuntaria. Y eso es precisamente lo irritante.

Nico ni siquiera está intentando impresionarme.

No hay segundas intenciones evidentes, ni frases ensayadas, ni ese tono de “mira qué interesante soy”.

Solo es… él. Y aparentemente eso es suficiente para hacerme sonreír como una idiota.

Clara ve el nombre en la pantalla y señala la puerta inmediatamente, como si estuviera dirigiendo el tráfico.

—No. Fuera. Vas a tu cita con el hombre genéticamente perfecto y emocionalmente estable.

—No estaba haciendo nada.

—Estabas sonriendo al móvil. Eso siempre es el inicio del desastre. Lo sabes, yo lo sé, el Sistema lo sabe. Todo el mundo lo sabe.

Mateo ha elegido un restaurante pequeño cerca del río, lejos de las zonas más elegantes de la ciudad.

Agradezco eso inmediatamente. La mayoría de personas con compatibilidades altas tienden a esforzarse demasiado durante la primera interacción: restaurantes con estrella Michelin, reservas con nombre falso, flores en la mesa.

Mateo no. Mateo ha elegido un sitio con manteles de cuadros y luces de colgantes, donde el menú está escrito en una pizarra con tiza.

Cuando lo veo esperándome en la entrada, entiendo algo incómodo de inmediato: El Sistema vuelve a tener razón. Maldita sea.

En persona es incluso más atractivo. Y además parece relajado. Realmente relajado. No la tensión artificial de alguien intentando gustar, sino tranquilidad auténtica. Está apoyado contra la pared, con las manos en los bolsillos, mirando el río como si no tuviera ninguna prisa en el mundo.

—Elena —dice sonriendo cuando me ve—. Gracias por venir.

Hay algo extrañamente fácil en su manera de hablar. Como si ya me conociera un poco. Como si aquella situación no le generara el mismo nivel de ansiedad existencial que a mí. Y eso, la verdad, es un alivio.

—Gracias por elegir un sitio que no parece una clínica privada —respondo mientras miro el restaurante.

Mateo suelta una pequeña risa. —Eso es exactamente lo que pensé cuando lo encontré. La última vez que fui a uno de esos, el camarero me recomendó un plato basado en mi perfil nutricional del Sistema. Me sentí como un perro en la consulta del veterinario.