1. Las cinco opciones #2
Ahí estaba. Esa frase. Esa dichosa frase que llevaba años persiguiéndome como un fantasma.
Todo el mundo la decía tarde o temprano.
Profesores, médicos, políticos, incluso gente que claramente no entendía del todo cómo funcionaba aquello.
“Por eso existe el Sistema.” Como si esas cuatro palabras fueran suficientes para cerrar cualquier discusión, para acallar cualquier duda, para decir “tranquila, no pienses, alguien ya pensó por ti”.
Vuelvo a mirar la pantalla. Cinco hombres. Cinco probabilidades calculadas al detalle. Y aun así, la idea de elegir a una persona para el resto de mi vida, seguía pareciéndome tan absurda como cuando tenía quince años y pensaba que el amor era como en las películas de los noventa.
—A veces pienso que todos fingimos que esto es normal porque nos da miedo reconocer que no lo es.
Clara levanta una ceja. —Eso ha sonado peligrosamente filosófico para alguien que desayuna galletas de chocolate.
—Lo digo en serio.
—Y yo también. Mira —se inclina hacia adelante, apoyando los codos en las rodillas—, puedes discutir todo lo que quieras sobre si el Sistema es frío o injusto, pero las cifras están ahí. Y las cifras, por muy poco que te gusten, no mienten.
Aparto la mirada con desaprobación. Sí. Las cifras estaban ahí.
Siempre estaban ahí, como una sombra que no podías sacudirte.
Durante décadas, la humanidad había intentado combatir las superbacterias con nuevos tratamientos, nuevas vacunas y restricciones cada vez más agresivas.
Pero el problema era demasiado grande. Demasiados antibióticos durante demasiados años.
La resistencia había terminado deformándolo todo, como cuando dejas la leche fuera de la nevera y al día siguiente huele a demonio.
Entonces llegaron los estudios de compatibilidad genética. Y después, el Sistema.
Al principio parecía ridículo relacionar vínculos emocionales con supervivencia biológica.
Quiero decir, ¿qué tiene que ver enamorarse con tener hijos más fuertes?
Pues resulta que todo. Las parejas compatibles tenían hijos más resistentes, sistemas inmunológicos mucho más estables y esperanza de vida cercana a los noventa años.
Los hijos de relaciones no compatibles… veinte años. A veces menos.
Nadie quería decirlo de forma cruel, pero la sociedad llevaba años tomando la misma decisión silenciosa: evitar ese sufrimiento antes de que ocurriera.
—¿Y por qué te paras? —preguntó Clara, inclinando la cabeza—. Te he visto poner esa cara de “estoy a punto de soltar un discurso existencial” y luego te quedas en blanco.
Suspiro. —Porque no sé cómo decirlo sin sonar como una loca conspiranoica.
—Inténtalo. Ya sabes que yo también tengo mis teorías raras. Recuerda que fui yo la que dijo que el Sistema nos espiaba a través de las tostadoras.
—Eso fue una broma.
—¿O no? —levantó una ceja con cara de misterio—. Nunca lo sabremos.
Suelto una risa a medias, apoyo la cadera contra la encimera y cruzo los brazos, como si pudiera protegerme de mis propios pensamientos.
—Es que… a veces pienso en los No Elegidos, ¿sabes? —dije al fin—. No en los que salen en las noticias, ni en los casos extremos. Pienso en la gente normal que simplemente… no encajó. Y ahora no pueden tener hijos. No legalmente, al menos.
Clara se queda callada un momento. Luego se levanta, va hacia a la cocina, agarra otra galleta de chocolate del paquete y se la mete entera en la boca. Mastica lentamente, como si estuviera procesando mis palabras junto con el azúcar.
—Vale —dice finalmente, con la boca medio llena—. Eso es heavy. Pero también es verdad que las alternativas son peores.
—¿Como cuáles?
—¿Como dejar que la gente siguiera teniendo hijos al azar y que murieran antes de cumplir veinte años?—Clara se encoge de hombros—. No sé, Elena. Yo tampoco tengo la respuesta. Nadie la tiene. Por eso existe el Sistema, para bien o para mal.
—Otra vez con esa frase.
—Porque es verdad. —Se limpia las migajas de los dedos—. Mira, no te estoy diciendo que esté bien. Te estoy diciendo que es lo que hay. Y mientras tanto, tú tienes que elegir entre cinco tíos que, según los cálculos, son tu mejor opción.
Me quedo en silencio, mirando el paquete de galletas vacío sobre la encimera. Clara tiene razón, como siempre.
Clara vuelve a hablar, pero esta vez con voz más suave, como si estuviera a punto de contarme un secreto o de decirme que había terminado el helado.
—Nadie quiere acabar como No Elegido, Elena.
Asiento lentamente, porque sí, lo sabía.
Los No Elegidos seguían existiendo. Muchísimos más de los que la gente admitía en público.
Personas que nunca lograban una elección mutua dentro del sistema de compatibilidad.
Algunos por orgullo. Otros por obsesionarse con la persona equivocada.
Otros simplemente… porque no conectaban con nadie lo suficiente.
Como cuando vas a una fiesta y todo el mundo parece estar divirtiéndose menos tú, pero a escala existencial.
La sociedad fingía tratarlos con normalidad, pero la realidad era distinta. Vivían aparte. Trabajos peores. Menos ayudas. Miradas incómodas. Y siempre la misma sensación de fracaso pegada a ellos como una enfermedad invisible. Como ese olor a sudor que no se va por más desodorante que te pongas.
Recordaba haber visto grupos de No Elegidos en algunas zonas de la ciudad.
Siempre parecían más ruidosos que el resto del mundo.
Más desordenados. Como si intentaran demostrar constantemente que todavía pertenecían a algo.
Como si hacer suficiente ruido pudiera tapar el silencio de no haber sido elegidos.
—¿Sabes qué es lo peor? —murmuré, jugando con el borde de la camiseta.
—¿Qué?
—Que entiendo por qué existe el Sistema.
Clara no responde inmediatamente. Porque esa era la parte incómoda. La parte que nadie sabía discutir. La parte que hacía que te sintieras como una hipócrita por criticarlo mientras te beneficiabas de él.
No era una dictadura brutal. No había soldados obligando a enamorarse. El Sistema funcionaba porque objetivamente había mejorado la vida de la humanidad. La gente enfermaba menos. La esperanza de vida había subido. Las crisis sanitarias casi habían desaparecido.
Todo funcionaba. Excepto esa pequeña parte imposible de medir del todo. La humana. La impredecible. La que hacía que estuviera pensando más en el único hombre complicado de la lista que en el noventa y cuatro por ciento perfectamente estable que el Sistema probablemente quería que eligiera.
En serio, ¿qué coño pasa en mi cabeza?
La pantalla vibró otra vez. Nuevo mensaje de Nico.
“Por cierto, si decides ignorarme por completo, lo entenderé. Mi situación es un poco caótica ahora mismo.”
Clara mira cómo estoy leyendo aquello y deja escapar una carcajada que probablemente se escucha en todo el edificio.
—Ah, no. Estás acabada.
—¿Qué? —digo, con el tono más inocente que puedo fingir.
—Ese hombre tiene problemas. Lo noto desde aquí. Y no me refiero a “ay, qué desastre, se le ha olvidado el paraguas”. Me refiero a problemas con mayúsculas. De los que vienen con banda sonora dramática de fondo.
—No sabes nada de él.
—Exacto. Y aun así ya parece una mala idea. Que es precisamente por lo que vas a hablar con él primero.
Abro la boca para responder algo inteligente, algo que la dejara callada, algo que demostrara que tenía el control de la situación. Pero no puedo. Porque, por desgracia, Clara probablemente tiene razón.
Y lo peor de todo es que ella lo sabe. Se nota en esa sonrisita de satisfacción que pone cuando gana una discusión sin necesidad de esforzarse.
—Te odio —dije.
—También te quiero. Ahora ve a responderle antes de que piense que te has ido a meditar al Himalaya.