Capítulo XX La renuncia
Los días que siguieron tenían una textura distinta.
No hubo grandes conversaciones, no hubo resoluciones anunciadas. Hubo la casa, que seguía siendo la casa, con sus rutinas y sus silencios, pero con algo que se había desplazado en la distribución del peso: los dos lo sabían, y saber que los dos lo sabían cambiaba la forma de cada gesto.
Leo siguió en casa de Tomás e Irene durante esa semana.
Clara hablaba con él por teléfono cada noche, esa llamada breve que Leo hacía desde el fijo de los abuelos con esa seriedad de los niños que se toman en serio las responsabilidades afectivas.
Le preguntaba cosas concretas: si había viento, si habían hecho pan, si el tren seguía montado en el salón.
Leo le daba respuestas igualmente concretas, y eso era suficiente.
Una noche, antes de colgar, Leo preguntó:
—¿Cuándo vuelvo a casa?
—Pronto —dijo Clara.
—¿Papá está bien?
Clara tardó solo un segundo.
—Papá está pensando en cosas importantes —dijo.
Leo lo procesó.
—¿Como cuando yo pienso en las matrículas de los coches?
—Un poco más grande.
—Ah —dijo Leo. Y luego—: Dile que le mando el oso si lo necesita.
Clara cerró los ojos un momento.
—Se lo digo —dijo.
Fue David quien lo dijo.
No como conclusión de un argumento. Una noche, en la cama, en la oscuridad, con esa manera de decir las cosas difíciles que había sido siempre la suya: esperando el momento en que la habitación era quieta y la frase no tenía que competir con nada.
—Creo que hay que apagar el dispositivo.
Clara no se movió.
—¿Lo has pensado bien?
—No hay manera de pensarlo bien. Pero sí lo he pensado.
El silencio fue el que necesitaba ser.
—¿Por qué? —dijo ella.
—Porque no puedo seguir siendo una posibilidad real de daño para vosotros y llamar a eso amor. Si lo que me hicieron funciona a través de lo que me devolvió a vosotros, tengo que quitarles lo que usan. Aunque eso me quite también otras cosas.
—Puede quitarte mucho —dijo Clara.
—Ya lo sé.
—Reyes dice que no hay garantías de nada bueno al otro lado.
—Ya lo sé.
—Puede que no vuelvas a ser como eres ahora.
—Clara —dijo David, con esa voz que tenía en los momentos que importaban, la más suya de todas—.
No soy como era. No desde que me desperté.
Y lo que soy ahora ya ha hecho daño que no puedo deshacer.
Si apago esto y me quedo con algo de mí, bien.
Y si no queda nada del yo que conoces, tampoco voy a fingir que eso es peor que la alternativa.
Clara miró el techo.
—Yo no quiero perderte —dijo.
—Lo sé.
—Pero no puedo pedirte que te quedes así.
—Lo sé.
Un rato largo, con la respiración de los dos en la habitación oscura.
—Leo —dijo Clara.
—Leo va a estar bien —dijo David—. Tiene cuatro años y va a crecer y no va a recordar esto como una catástrofe. Lo que recuerde va a ser lo que vosotros dos construyáis después. Eso ya no depende de mí. Hace tiempo que dejó de depender solo de mí.
Hablaron con Reyes tres días después.
Reyes llegó a la casa, no a la consulta. Había algo en la idea de que esa conversación ocurriera en la consulta que no estaba bien, que ponía las cosas en un lugar equivocado, como si fuera un trámite más de seguimiento en vez de lo que era.
Reyes entró con la misma bolsa de siempre, el mismo abrigo y una expresión que ya no conseguía ordenar del todo. Se sentaron en el salón.
David le dijo lo que había decidido.
Reyes no discutió. No intentó disuadirlo. Había algo en su postura que sugería que lo había esperado, que quizás lo había sabido antes que él.
—Quiero que entiendas lo que puede pasar —dijo.
—Dime —dijo David.
—Desactivar el dispositivo no es como apagar un interruptor.
El cerebro ha estado funcionando con esa estimulación durante meses.
Algunas conexiones que se restablecieron a través del DBS pueden no mantenerse solas.
Hay funciones cognitivas, de lenguaje, de memoria operativa, que pueden verse muy afectadas.
—Dejó que eso se asentara—. No sé qué David va a quedar al otro lado.
Puede que parte del que conoces. Puede que muy poco. No puedo prometerte nada.
—¿Y si no lo apagamos? —dijo David.
—Entonces seguimos trabajando para reducir los episodios y esperamos que la revisión interna consiga algo en el plano exterior. Pero no puedo garantizarte que no vuelva a ocurrir mientras el dispositivo siga activo.
David asintió.
—¿Cuándo? —preguntó.
—Tendré que documentarlo como retirada de tratamiento, hacerte firmar el consentimiento y dejar constancia de que entiendes los riesgos. Podemos hacerlo en la clínica.
Clara dijo que en la clínica. Hacerlo en casa contaminaría los espacios de una manera que no podría soportar después.
—¿Queréis tiempo? —preguntó Reyes.
David miró a Clara.
Clara miró a David.
—No —dijo David—. No quiero más tiempo.
Fue el jueves.
Tomás e Irene no sabían exactamente qué iba a ocurrir.
Sabían lo suficiente: Clara les había dicho que David iba a hacerse un procedimiento relacionado con el dispositivo, que podía haber cambios importantes, que Leo tenía que quedarse con ellos por un tiempo.
Tomás había dicho bien. Irene había abrazado a Clara en el portal sin decir nada, y ese silencio de Irene era el que valía.
Leo había hecho un dibujo esa mañana antes de que Clara llegara a recoger unas cosas. Lo había doblado y se lo había dado con esa seriedad de cuando cedía algo valioso.
—Para papá —dijo.
Era una figura grande y una figura pequeña, como siempre. Debajo, algo que podía ser un tren o podía ser un camino. Encima, algo que podía ser el sol o podía ser una ventana.
—¿Qué es eso de arriba? —preguntó Clara.
Leo lo miró.
—La luz —dijo, como si fuera obvio.
La clínica era silenciosa a esa hora.
Reyes los recibió en una sala pequeña, no la sala de revisiones habitual sino una más tranquila, con menos equipamiento visible. Una cama clínica, la bolsa de Reyes, el programador inalámbrico sobre una bandeja.
Clara se quedó junto a la pared.
David se sentó en el borde de la cama con esa lentitud deliberada que era suya. Se quitó el jersey. La cicatriz en el antebrazo izquierdo estaba ya curada, pálida, del color de la piel que ha cerrado sobre algo.
Reyes puso primero el consentimiento sobre la bandeja. No lo empujó hacia David. Lo dejó allí, entre el programador y un bolígrafo azul, como si el papel necesitara unos segundos para existir antes de convertirse en decisión.
David lo leyó despacio. Clara vio cómo sus ojos avanzaban por líneas que ella no podía leer desde la pared: retirada de tratamiento, pérdida de funciones recuperadas, deterioro cognitivo, ausencia de garantía de reversibilidad.
Al llegar al final, David cogió el bolígrafo.
La mano le tembló una vez, apenas, antes de firmar.
—No quiero que esto conste como fracaso del tratamiento —dijo.
Reyes levantó la vista.
—¿Cómo quieres que conste?
David miró a Clara antes de responder.
—Como consentimiento.
Nadie añadió nada. Reyes guardó el documento en la carpeta y encendió el programador.
El dispositivo se apagaba desde fuera, mediante una secuencia de parámetros decrecientes.
No era doloroso; era gradual. Eso lo hacía peor.
Había tiempo para mirar lo que se iba, aunque nadie supiera todavía qué parte exacta se estaba yendo.
Clara se acercó entonces. No se quedó junto a la pared. Se sentó a su lado y le tomó la mano derecha. David la miró con una claridad que ya no parecía nueva ni antigua, sino prestada por unos minutos.
—Dile a Leo que la luz estaba bien puesta —murmuró.
Clara entendió que hablaba del dibujo. Asintió, aunque la garganta se le cerró antes de poder contestar.
Reyes pulsó la última secuencia.
Primero no ocurrió nada. El monitor portátil siguió con su ritmo bajo.
La luz de la sala siguió igual. Alguien cerró una puerta al fondo del pasillo y el sonido llegó amortiguado, ordinario.
Después David soltó el aire muy despacio, como si hubiera estado sosteniendo una respiración que no recordaba haber retenido.
Los ojos siguieron abiertos, pero la atención empezó a perder borde.
No se fue de golpe. Se retiró por capas: primero la tensión de la boca, luego la respuesta de los dedos, luego esa forma suya de estar mirando una cosa y también saber que la miraba.
Clara notó que la presión de su mano disminuía hasta quedarse en un contacto mínimo, dudoso, casi involuntario.
—David —dijo Clara.
Él giró la cabeza hacia ella. Lentamente.
La miró.
En esa mirada había algo que todavía era él. No todo. No de la manera en que había estado allí hace diez minutos. Pero algo.
Clara le apretó la mano.
—Está bien —dijo, sin estar segura de que fuera verdad—. Está bien.
Reyes anotó algo en su cuaderno. Luego dijo, en voz muy baja:
—Vamos a tener que esperar para saber lo que queda.
Clara asintió.
El dibujo de Leo estaba en el bolsillo de su abrigo: la figura grande, la figura pequeña, la luz encima.