Laguna (Tríptico Delbran 1) Capítulo XIX La carga
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Capítulo XIX La carga

Fue Clara quien habló primero.

No con una frase preparada. Mientras fregaba los dos platos del desayuno, de espaldas a David, sentado a la mesa con el café entre las manos, dijo:

—He estado hablando con Reyes.

David no respondió de inmediato. Clara escuchó el sonido del café cuando él dejó la taza sobre la mesa.

—¿Cuándo? —dijo.

—Varias veces. En las últimas semanas.

Cerró el grifo. Se secó las manos. Se giró.

David la miraba con esa atención completa que seguía siendo la suya, y en ella había algo diferente esta mañana: no la atención de quien espera una información nueva, sino la de quien ya sabe que lo que viene a continuación no va a dejar las cosas como estaban.

—Leo no está —dijo Clara.

—Lo sé.

—Quiero que hablemos.

Clara había hablado con Reyes el lunes.

No en la cafetería. Esta vez en la consulta, con la puerta cerrada, con el programador inalámbrico sobre la mesa y una carpeta que Reyes no había abierto todavía cuando Clara llegó.

—Necesito que me digas lo que sabes —había dicho Clara—. No lo que puedes decirme. Lo que sabes.

Reyes había tardado. Luego había abierto la carpeta.

Lo que había dentro no era un informe policial: era una correlación.

Los registros del dispositivo de David en los últimos seis meses, con sus patrones de activación anotados en columnas, frente a una tabla de fechas y localizaciones que Reyes había construido con los datos de la revisión interna.

No todas las fechas tenían localización, no todas las localizaciones tenían confirmación, pero había siete coincidencias documentadas entre activaciones de alta intensidad en el dispositivo y registros de presencia en ciudades distintas a Madrid.

El catorce de octubre era una de ellas.

—¿Esto es suficiente para algo? —había preguntado Clara.

—Para la revisión interna, puede que sí —había dicho Reyes—. Para lo que tú necesitas saber ahora, también.

No había dicho nada más. No había necesitado decirlo.

Clara había mirado la tabla durante un rato.

Había contado las siete fechas. Había pensado en que cada fecha era un día concreto en que David había desayunado con ella, o había leído a Leo su cuento, o había montado el tren en el suelo del salón, y en que entre esos días ordinarios y esas activaciones de alta intensidad en ciudades distintas no había ninguna contradicción visible desde fuera, ninguna señal, nada que no pudiera atribuirse a cualquier otra cosa.

Ahora Clara estaba de pie frente a David en la cocina, con las manos ya secas y el paño doblado sobre la encimera, y había algo en el espacio entre ellos que tenía el peso específico de las cosas que ya no pueden volverse a no saber.

—Reyes tiene los registros del dispositivo —dijo Clara—. Correlacionados con fechas y ciudades. Hay siete coincidencias. El catorce de octubre es una de ellas.

David la miró.

—¿Cuántos?

—Siete que están documentados.

—¿Y el hombre de Zaragoza?

—No hay certeza jurídica —dijo Clara—. Hay algo peor.

David asintió, con los ojos primero en la mesa y luego en ella, buscando dónde poner la mirada cuando lo que viene no admite desvío.

—¿Lo recuerdas? —preguntó Clara.

Llevaba tiempo cargando un peso que no había querido soltar del todo, y eso se notó: no esquivó la pregunta, pero la sostuvo antes de responder.

—No como una escena —dijo—. Hay algo. No imágenes. Más parecido a la sensación de haber ejecutado algo. Con mucha claridad. Sin el ruido que normalmente hay.

—¿Qué tipo de ruido?

—El que te hace dudar. El que te hace ralentizar. El que te hace pensar en la persona que tienes delante como persona. No estaba. Eso es lo que hay: una secuencia ejecutada sin el ruido. Y al final de la secuencia, algo que había estado resistiéndose dejó de resistirse.

Clara miró sus propias manos sobre la encimera, y luego dijo una frase que no había planeado decir:

—Llevo meses con un cuaderno. Con pruebas guardadas en un sobre. Anotando lo que hacías, controlando tus trayectos, enviando a Leo a casa de tus padres cuando tenía miedo de dejarle solo contigo.

David la miró.

—Lo sé —dijo.

—¿Lo sabías?

—Sabía que algo había cambiado en cómo me mirabas. No quería preguntarlo porque eso habría significado que tenías razones para hacerlo.

Clara asintió, y en ese asentimiento había algo que era a la vez justificación y herida: haber tenido razones, haberlas tenido desde mucho antes de que él lo supiera, y haberlo querido todo ese tiempo mientras las tenía.

—No estoy buscando que me absuelvas —dijo David—. No estoy diciendo que no fui yo. Era yo. Era mi cuerpo, mis manos, mi fuerza. Lo que no estaba era la parte de mí que lo habría detenido.

—Lo sé —dijo Clara.

—Eso no lo cambia.

—No. —Y luego, con una voz que había bajado de registro sin que ella lo buscara—: ¿Sabes lo que más me cuesta? Que te quiero. Ahora mismo, mientras te lo digo. Y que eso también es verdad.

David no respondió. Tenía los ojos en ella y no apartó la mirada y no intentó encontrar una frase para eso, porque no la había, y los dos lo sabían.

El viento movía algo en el jardín, los tiestos de Tomás.

—¿Cuánto tiempo llevas sabiéndolo? —preguntó David.

—Saberlo del todo, desde el lunes. Intuirlo, desde hace semanas. Desde el pasillo. Desde antes.

—¿Y Leo?

—Leo está bien. Está con tus padres.

—¿Y está bien allí?

—Sí.

David dijo bien, con una sola sílaba, y no añadió nada más.

Clara se sentó frente a él.

La cocina seguía siendo la cocina. La luz de diciembre entraba por la ventana con esa indiferencia específica de la luz de invierno, que no distingue entre los días importantes y los días sin importancia.

—¿Qué hacemos? —dijo David.

Era la pregunta.

—No lo sé todavía —dijo Clara—. Pero no podemos seguir haciendo lo que hemos estado haciendo.

—No —dijo él—. No podemos.

Se quedaron en la cocina, con el café ya frío, el jardín vacío de Leo y los registros en la carpeta de Reyes.

La secuencia sin ruido seguía en algún lugar de David que él no podía alcanzar del todo ni ella comprender.

Y aun así estaban los dos allí, con el amor real coexistiendo con todo lo demás, sin armonía y sin resolución.