Capítulo XVIII El daño #3
Al llegar a casa, la primera cosa que vio fue la mochila de Leo colgada en el perchero, aunque Leo no estaba.
Irene la había traído por la mañana porque faltaban unas mudas y el cuaderno del jardín de infancia.
La mochila azul con un dinosaurio verde en el bolsillo delantero.
Tan pequeña. Tan absurda en medio de todo.
Clara la tocó con dos dedos al pasar.
David estaba en el salón con el libro.
Levantó la vista cuando ella entró, con esa atención real que seguía siendo completamente suya.
—¿Cómo fue? —preguntó.
La pregunta no contenía sospecha. Solo cuidado. Eso la hirió más.
—Bien —dijo Clara—. Tuve que hablar con Reyes.
David cerró el libro sobre un dedo para marcar la página.
—¿Sobre mí?
Clara dejó el bolso en una silla.
—Sí.
Él asintió despacio. No preguntó más. Durante unos segundos pareció estar escuchando algo dentro de sí mismo, no una voz, sino el eco de una zona que tampoco para él estaba ya limpia.
—¿Leo está con mis padres? —preguntó.
—Sí. Se queda a dormir.
—Bien.
La palabra salió con cansancio y con algo parecido a gratitud. David bajó la vista al libro, pero no lo abrió.
Clara fue a la cocina. Puso el hervidor. Se quedó mirando cómo el agua empezaba a calentarse. Desde el salón no llegó el sonido de ninguna página. David seguía quieto.
Pensó en el hombre de Zaragoza.
Pensó en que no sabía su nombre.
Pensó en que en alguna casa habría una taza que nadie había retirado, una chaqueta en un armario, una persona que seguía usando una explicación oficial porque las explicaciones oficiales permiten levantarse al día siguiente.
Una caída. Un accidente. Un aparcamiento.
Nada que exigiera imaginar el cuerpo de un desconocido accionado desde una laguna ajena.
El hervidor empezó a silbar.
Clara lo apagó.
No preparó el café.
Fue al estudio, sacó el cuaderno azul, lo abrió en la última página y escribió:
Zaragoza. 14 de octubre. Hombre de 42 años. Aparcamiento subterráneo. Fluorescentes. Frío. Traumatismo craneal.
Dejó una línea en blanco.
Escribió:
Hematoma en antebrazo derecho. Compatible con sujeción. No basta para saber secuencia. Sí basta para saber contacto de fuerza.
Otra línea.
Registros de David: ventana anómala en la misma franja. Conducta preservada / memoria incompleta. No prueba judicial. Correlación fuerte.
Luego:
Fragmentos de David: fluorescentes, frío, una mano sobre una superficie fría.
El bolígrafo se detuvo.
Clara miró la página. Había algo indecente en que el horror cupiera en líneas tan ordenadas. Pero si no lo ordenaba, el horror ocupaba toda la casa.
Añadió:
Antebrazo izquierdo de David. Herida. Muñeca frotada días después. No aislado.
Dejó el bolígrafo sobre el cuaderno abierto.
Durante un rato miró la última línea como si perteneciera a otra persona. Luego escribió una más:
No sé su nombre.
Cerró el cuaderno. Lo guardó en el cajón con llave.
Cuando volvió al salón, David seguía con el libro cerrado sobre las piernas. La lamparilla estaba encendida porque la tarde de diciembre se había cerrado temprano. Afuera, el jardín era un rectángulo oscuro detrás del cristal.
Clara se sentó en la silla junto a la ventana.
David la miró.
Había en su cara lo que siempre, y eso era lo que ya no podía soportarse sin romper algo: el amor real, la ternura real, la forma de buscarla con los ojos antes de hablar. Ninguna de esas cosas había desaparecido. Ninguna de esas cosas devolvía la vida a nadie.
—¿Estás bien? —preguntó.
Clara pensó en decir que sí. Lo había dicho tantas veces que la palabra existía ya sin necesidad de pasar por ella.
Esta vez no salió.
—No —dijo.
David no se movió. El libro siguió cerrado sobre sus piernas.
—¿Quieres que me vaya?
La pregunta llegó sin defensa. No como amenaza, no como chantaje, no como herida puesta encima de la mesa para que ella la curara. La hizo con una mansedumbre terrible, como si una parte de él llevara tiempo esperando que esa fuera la única forma de amor que quedara disponible.
Clara sintió que se le llenaban los ojos de agua, pero no lloró.
—No sé lo que quiero —dijo.
David asintió.
—Vale.
La palabra era pequeña. La dijo como quien acepta quedarse quieto en un sitio donde no sabe si tiene permiso para respirar.
Clara miró por la ventana.
En el cajón del estudio había un cuaderno con una fecha, una ciudad, un hombre sin nombre, un hematoma, una herida y los pasos encadenados de una lógica que ya no podía llamarse abstracta.
En el salón estaba David, leyendo o fingiendo leer, vivo, vulnerable, amado.
En casa de los abuelos, Leo dormiría con el oso junto a la almohada y quizá preguntaría por la mañana cuándo volvía papá.
El daño ya había ocurrido.
No como posibilidad. No como riesgo futuro. No como una sombra que se pudiera evitar cerrando mejor las puertas. Había ocurrido antes de que Clara supiera buscarlo, antes de que entendiera qué debía proteger, antes de que el amor dejara de parecer suficiente para organizar la vida.
David abrió el libro, pero no pasó la página.
Clara siguió mirando el jardín oscuro de diciembre. Ahora no se trataba solo de salvar a David de lo que le estaba ocurriendo.
Había que decidir qué significaba salvarlo cuando sus manos ya habían llegado a otro cuerpo.