Laguna (Tríptico Delbran 1) Capítulo XVIII El daño #2
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Capítulo XVIII El daño #2

Reyes entendió a qué se refería. Sacó una hoja de la carpeta y la colocó sobre la mesa, cubierta en parte por su propia mano. No era el informe completo. Solo un extracto, sin nombre visible, sin datos que pudieran sacarse de allí y convertirse en otra cosa.

Clara leyó las líneas subrayadas.

Aparcamiento subterráneo.

Traumatismo craneoencefálico por impacto.

Lesión compatible con agarre en antebrazo derecho.

No había fotografía. No había sangre. Solo frases breves, limpias, administrativas. Eso las hacía más violentas.

—Tenía cuarenta y dos años —dijo Clara.

—Sí.

—¿Sabes su nombre?

Reyes retiró la hoja despacio.

—Sí.

Clara esperó.

—No puedo dártelo.

Clara no discutió. Aquel nombre, en ese momento, habría terminado de hacer entrar a ese hombre en la casa. Y ya estaba entrando.

—Alguien lo quería —dijo Clara.

Reyes bajó la mirada.

—Sí.

La respuesta bastó.

Durante unos segundos, Clara imaginó a una persona desconocida recibiendo una llamada, firmando papeles, aceptando una explicación razonable porque las explicaciones razonables sirven a veces para seguir respirando.

Una caída. Un accidente. Un lugar mal iluminado.

Nada que ver con un hombre que en otra ciudad preparaba mochilas infantiles, olvidaba franjas enteras de su vida y decía te quiero con una verdad que no había desaparecido.

—¿Hay una investigación abierta? —preguntó.

—La revisión interna ya no puede quedarse dentro. Hay comunicación preparada para trasladar parte de la información a las autoridades competentes. Pero no hay un vínculo directo probado entre David y esa muerte. Hay correlación fuerte, indicios clínicos y una cronología que pesa demasiado.

—Eso no va a bastar.

—Quizá no para un juez. Para mí ya basta para cambiar lo que hacemos desde ahora.

—¿Y qué hacemos?

Reyes no contestó con una instrucción inmediata. Esa vez Clara no se impacientó. La pregunta era demasiado grande para una respuesta rápida.

—No dejar a Leo expuesto —dijo Reyes—. No dejar a David solo durante las ventanas de riesgo. No ocultarle indefinidamente que hay daño posible, y probablemente daño ocurrido. Y preparar una decisión sobre el dispositivo.

La palabra decisión cayó con otra densidad.

Clara la oyó, pero todavía no pudo tocarla.

—Si apagáis el dispositivo, ¿qué queda?

—No lo sé.

—Eso sí lo dices muy claro.

—Porque es verdad.

Reyes recogió la hoja y volvió a guardarla en la carpeta. La cerró, pero no se levantó.

—Clara, necesito que entiendas algo sin que esto suene a absolución.

Si David estuvo allí, si su cuerpo hizo algo, eso importa.

No se borra porque su memoria esté fragmentada.

Pero tampoco puedo mirarlo como miraría a una persona que decide, ejecuta y oculta desde una conciencia intacta.

Esa es la parte que hace esto tan difícil.

Clara sintió una claridad amarga.

—No hace falta que me lo expliques. Vivo con él.

Reyes aceptó la frase como merecida.

—Lo sé.

—Lo miro y está David. Luego miro el cuaderno y también está David.

—Sí.

—Y los dos no caben juntos.

—Tienen que caber, aunque sea insoportable.

Clara cerró los ojos un momento. No para descansar.

Para que la cafetería desapareciera. Pero al cerrarlos vio el salón, la lamparilla, el libro, el sofá donde David se dormía con una mano abierta.

Vio a Leo dejando el oso junto a un vendaje.

Vio la mano de David sobre la cabeza de su hijo en el hospital, tocándolo con cuidado, como si Leo pudiera romperse.

Luego vio otra mano.

No sabía de quién.

Una mano sobre una superficie fría.

Abrió los ojos.

—No sé qué hacer con esto —dijo.

—Hoy no tienes que resolverlo entero.

—No me digas eso.

La voz le salió baja, pero Reyes se detuvo igual que si hubiera gritado.

—Perdona.

—Cada vez que alguien dice que no tengo que resolverlo entero, lo que oigo es que puedo seguir viviendo unas horas más dentro de una mentira administrada. Y ya no puedo.

Reyes se quedó quieta.

—Entonces no lo hagas —dijo—. No vuelvas a llamarlo duda. Llámalo por lo que ya es para ti: una verdad incompleta. No judicial. No cerrada. Pero verdad suficiente para proteger a Leo y para hablar con David.

Algo cedió dentro de Clara. No alivio: una estructura que dejaba de fingir que podía mantenerse.

—¿Hablar con él?

—Sí.

—¿Y decirle qué? ¿Que quizá mató a un hombre en Zaragoza?

Reyes no apartó la mirada.

—Decirle que hay registros, fechas y daños que lo implican. Decirle que necesitas que lo sepa antes de decidir por él. Decirle que el amor ya no puede consistir en no nombrarlo.

Clara pensó que Reyes no tenía derecho a decir esa frase. También pensó que era cierta.

Salió de la cafetería sin tomar nada.

En el aparcamiento del hospital se quedó sentada dentro del coche, con las manos sobre el volante y la carpeta de su propio cuaderno en el asiento del copiloto. No arrancó enseguida.

Octubre.

El catorce de octubre.

Una noche que ella había vivido sin saber que era una noche.

Una fecha común en el calendario. Un día metido entre otros días, con compra, mensajes, horarios de fisioterapia, el abrigo de Leo, leche en la nevera, un cuento antes de dormir.

Y, en otro lugar, un hombre de cuarenta y dos años en un aparcamiento subterráneo.

La muerte había entrado en su vida antes de que ella supiera abrirle la puerta.

Pensó en el desayuno del día siguiente, o del siguiente al otro; ya no confiaba en la limpieza de las fechas hasta comprobarlas en el cuaderno.

David sentado a la mesa, el café en la mano derecha, la izquierda cerrándose de vez en cuando sobre la muñeca, frotando el borde del antebrazo con el pulgar.

Un gesto pequeño. Una molestia sin relato.

Ella lo había visto. No lo había preguntado porque entonces todavía había cosas que podían no preguntarse.

Pero lo había visto.

La muñeca izquierda.

La mano de otro hombre en el antebrazo derecho.

Fuerza en direcciones opuestas.

El pensamiento no terminó de formularse como imagen. Clara no quiso concederle eso. No necesitaba verlo. Bastaba con que el cuerpo entendiera la mecánica.

Arrancó el coche.