Capítulo XVIII El daño
Reyes citó a Clara al día siguiente, a las doce, en la misma cafetería impersonal de siempre.
Reyes no eligió su consulta. La consulta tenía historial, ordenador, puerta cerrada, lenguaje de hospital. La cafetería tenía mesas demasiado juntas, bandejas de plástico, cucharillas golpeando tazas y conversaciones ajenas. Era un lugar peor para hablar; por eso quizá resultaba más seguro.
Reyes ya estaba allí cuando Clara llegó.
No había pedido nada. Tenía el abrigo puesto, las manos alrededor de un vaso de agua y una carpeta delgada sobre la silla de al lado. No la saludó con la cordialidad automática de otras veces. Levantó la vista, esperó a que Clara se sentara y dijo:
—Cuéntame exactamente lo que pasó anoche.
Clara lo hizo.
Le habló del pasillo, de la casa limpia de ruidos, de David dormido en la cama y de David de pie junto al estudio con el sobre en la mano.
Le habló de la puerta del cuarto de Leo cerrada, de la ausencia de Leo como una suerte de protección tardía, de la expresión de David, de la forma en que volvió a la cama sin recordar, o sin poder recordar, o sin poder llevar el recuerdo hasta la parte de sí mismo que hablaba por la mañana.
No adornó nada. Tampoco se permitió quitarle peso.
Reyes escuchó sin interrumpir. La culpa en su cara ya no era una capa nueva. Se había asentado allí, en los párpados cansados, en la tensión de la boca, en la forma de mirar a Clara sin ofrecerle consuelo antes de tiempo.
—El patrón que describes encaja con algo que aparece en los últimos registros —dijo cuando Clara terminó—. Actividad nocturna sostenida sin correlato claro de vigilia normal. No es sonambulismo. No es solo insomnio. Tampoco es exactamente uno de los episodios de fuga que vimos antes.
—¿Qué es?
Reyes bajó la vista hacia el vaso de agua. No bebió.
—Un estado funcional intermedio. El cuerpo puede ejecutar. La orientación inmediata puede estar conservada. La memoria queda rota o no entra donde debería entrar. Lo que cambia respecto a los episodios anteriores es que ya no estamos hablando solo de salir de casa.
Clara pensó en la puerta del estudio. En el sobre. En el cajón. En la cama de Leo vacía.
—Estamos hablando de que puede actuar dentro de casa.
—Sí.
La palabra fue pequeña, pero no hubo prudencia alrededor. Clara agradeció esa crueldad mínima. Estaba cansada de los bordes acolchados.
—Quiero preguntarte algo —dijo.
Reyes asintió.
—Zaragoza.
El nombre de la ciudad produjo entre las dos un cambio físico. Reyes no se movió apenas, pero Clara vio cómo la mano derecha se cerraba un poco más alrededor del vaso.
—¿Qué quieres saber?
—El caso de octubre. El aparcamiento donde encontraron al hombre. ¿Era subterráneo?
Reyes sostuvo su mirada.
—Sí.
—¿Con fluorescentes?
Esta vez Reyes tardó en contestar; la respuesta venía con algo detrás.
—Sí —dijo—. Era un aparcamiento subterráneo con iluminación de fluorescentes.
Clara miró la mesa.
Fluorescentes.
Frío.
Una mano sobre una superficie fría.
David lo había dicho en la oscuridad de la cama, con la voz de quien no sabe si recuerda o si su cerebro está fabricando imágenes para rellenar una ausencia.
Clara lo había escuchado entonces como se escuchan las cosas que una quiere colocar todavía dentro de un marco clínico.
Fragmentos , había dicho Reyes. Memoria parcial. Sensaciones. Restos.
Ahora algunos fragmentos tenían bordes de un lugar real.
—¿Qué más hay? —preguntó Clara.
Reyes abrió la carpeta. No la giró hacia ella. Dentro había pocas hojas, impresas en blanco y negro, con líneas subrayadas y algunas anotaciones a mano. Clara no intentó leerlas desde su lado de la mesa. No quería tener que robar una verdad por inclinación del cuello.
—Hay datos confirmados y hay correlaciones —dijo Reyes—. Necesito separarlos.
—Hazlo.
—El caso de Zaragoza ocurrió la noche del catorce de octubre —dijo—.
Varón de cuarenta y dos años. Aparcamiento subterráneo.
Traumatismo craneal. La primera lectura fue caída accidental.
En esa misma franja, los registros del dispositivo de David muestran una ventana de activación anómala.
No una avería. No una descarga externa simple.
Una configuración funcional asociada a conducta preservada y memoria incompleta.
Clara escuchó sin interrumpir. Notó que la cafetería seguía funcionando alrededor, sin que aquello mereciera alterar el ruido de las cucharillas.
—Esa ventana coincide con uno de los intervalos que la revisión interna había marcado como problemático antes de que tú supieras que existía la revisión. Y coincide con datos indirectos de desplazamiento que no puedo enseñarte todavía.
—¿Datos indirectos?
—Accesos, horarios, actividad de tarjetas, comunicaciones de seguimiento. No una fotografía de David en el aparcamiento. Nada que pueda cerrar una causa por sí solo.
—Pero no es solo una fecha.
—No.
Clara apoyó las manos sobre la mesa. Las dejó abiertas, para no cerrarlas.
—Sigue.
Reyes miró una de las hojas.
—La segunda lectura del informe médico-legal señala un dato que no encaja bien con una caída simple. Un hematoma en el antebrazo derecho. Por localización y forma, es compatible con sujeción.
Clara levantó la mirada.
—Una sujeción.
—Sí.
—Alguien lo agarró.
—O él agarró a alguien y esa persona intentó soltarse. La lectura no permite saber la secuencia completa. Permite decir que hubo contacto de fuerza antes de la caída o durante ella.
La precisión de Reyes no enfrió nada. Al contrario. Hizo que la imagen fuera más soportable para la razón y más intolerable para el cuerpo.
Un hombre en un aparcamiento. Luz blanca. Frío. Un brazo sujeto. Un forcejeo. Una caída. La cabeza golpeando contra una superficie que no necesitaba nombre.
—¿Y David? —preguntó Clara.
Reyes no fingió no entender.
—La herida del antebrazo izquierdo que le curé después de la tercera desaparición no demuestra por sí sola relación con Zaragoza.
—Por sí sola.
—Por sí sola, no. Era una laceración limpia, compatible con muchas cosas.
Un corte con borde metálico, un roce profundo, un forcejeo contra una superficie áspera.
No puedo fecharla con precisión suficiente como para usarla como prueba.
Pero al verla entonces ya me inquietó la localización.
Y ahora, puesta junto al resto, deja de ser un accidente aislado.
La palabra aislado se quedó un momento entre ellas.
Nada parecía aislado ya.
La herida. El recibo de Valencia. Atocha. Los trescientos euros. Las ventanas nocturnas. El sobre. Debralex. Delbran. Los fluorescentes. La mano sobre una superficie fría. El hematoma en el antebrazo derecho de un hombre muerto.
—¿Estás diciendo que David lo mató?
Reyes cerró los ojos un instante. Al abrirlos, no había evasión, pero tampoco certeza limpia.
—Estoy diciendo que el cuerpo de David pudo estar implicado en una acción que terminó con la muerte de ese hombre.
La frase entró despacio. No era menos terrible por estar formulada con cuidado; era peor.
—Eso es una forma de no decirlo.
—Es la única forma honesta que tengo. No sé si lo empujó.
No sé si intentaba sujetarlo, detenerlo, arrastrarlo, obedecer una secuencia o defenderse de algo incomprensible para él.
No sé si había alguien más. No sé si la caída fue buscada o accidental.
Lo que sí sé es que la coincidencia entre registros, fecha, fragmentos de memoria, características del lugar y lesiones ya no permite tratarlo como una sospecha vaga.
Clara quiso respirar más hondo y no pudo.
—¿Lo sabe él?
—No.
—¿Seguro?
—No puedo estar segura de lo que sabe de una forma que no puede decir. Pero no creo que tenga un recuerdo narrativo completo.
Clara pensó en David leyendo a Leo el cuento de los animales que construían una casa.
Pensó en su voz cambiando para el oso, en Leo preguntando por qué no tenía paraguas, en David explicando con paciencia que algunos animales no necesitan paraguas porque tienen pelaje.
Pensó en las manos de David sosteniendo el libro infantil, pasando las páginas despacio, haciendo sitio a la pregunta absurda de un niño como si fuera una pregunta importante.
—El catorce de octubre —dijo—. ¿Era durante la tercera desaparición?
—Dentro de la misma ventana temporal que después reconstruimos como episodio largo.
El problema es que en aquel momento no teníamos la imagen completa.
Para ti empezó cuando David no estaba en casa.
Para los registros, empezó antes. Había actividad alterada previa, cambios de sueño, microintervalos.
Para entonces la secuencia ya estaba en marcha.
—Secuencia.
Reyes aceptó la palabra repetida como quien acepta una acusación.
—No digo que hubiera un plan cerrado. Digo que los datos no parecen ruido. Hay dirección. Hay repetición. Hay una forma.
Clara miró hacia la barra de la cafetería. Un hombre removía azúcar en un vaso pequeño. Una enfermera compraba una botella de agua. Al fondo, alguien reía con cansancio. El mundo seguía conservando sus proporciones, y eso le pareció ofensivo.
—¿Y Delbran?
—Delbran tenía acceso a datos longitudinales y solicitó más detalle de esos estados funcionales.
Eso está documentado. También sabemos que algunos intervalos relevantes no fueron reportados por las vías ordinarias con la claridad que deberían.
Lo que no puedo demostrar todavía es quién usó esa información ni si hubo una instrucción directa vinculada al caso de Zaragoza.
—Pero crees que no fue casual.
—No.
La negación fue baja, casi sin aire, pero Clara la oyó completa.
—Entonces esto ya no va de David caminando dormido.
—Nunca fue solo eso. Tardamos demasiado en aceptarlo.
Tardamos.
La palabra podía significar el hospital, el ensayo, Reyes, Clara, todos los que habían necesitado que el regreso de David siguiera siendo una recuperación difícil y no otra cosa.
Clara no tuvo fuerza para repartir culpas.
La culpa exigía una energía que ahora estaba ocupada en sostener la nueva forma del mundo.
—Quiero verlo —dijo.