Capítulo XVII La noche
Ocurrió un jueves, a las tres y cuarto de la madrugada.
Leo llevaba dos noches en casa de Tomás e Irene.
No había ninguna crisis concreta que lo explicara: Clara había dicho que tenía que organizar unos papeles y que aprovecharía para pasar unos días tranquilos con ellos, y Tomás había dicho bien, y Leo había ido con su mochila y el oso y la satisfacción específica de los niños que saben que van a dormir en una cama distinta y que habrá pan recién hecho al desayuno.
Clara había besado a Leo en la frente en el portal de los abuelos y había conducido de vuelta a casa con esa mezcla de alivio y culpa que ya era la temperatura habitual de su cuerpo.
Las noches sin Leo eran más silenciosas. Más expuestas.
Esa noche Clara se despertó sin saber por qué, con esa lucidez inmediata de los sueños que se cortan en seco. Tres y cuarto. La habitación oscura salvo por la línea de luz que entraba bajo la puerta del pasillo.
La línea de luz.
Clara la miró durante un segundo antes de entender qué tenía de diferente: la luz del pasillo estaba encendida.
No la luz pequeña del baño, que a veces dejaban por si Leo se levantaba, sino la del pasillo, la que se encendía con el interruptor de la pared y que no tenían costumbre de dejar puesta de noche.
Se incorporó.
Durante un segundo todavía tuvo la impresión de que David respiraba a su lado. Luego alargó la mano.
La cama estaba vacía.
Se levantó con cuidado de no hacer ruido y fue a la puerta. La abrió despacio.
El pasillo estaba iluminado y David estaba allí.
Estaba de pie junto a la mesita del teléfono, y tenía algo en la mano.
Clara tardó un segundo en identificarlo porque la luz del pasillo era lateral y hacía sombras extrañas: era el sobre de color marrón.
El sobre que estaba en la carpeta de los papeles de la comunidad de vecinos, dentro del archivador del estudio.
Sostenía el sobre con las dos manos, el cierre orientado hacia su cuerpo, como alguien que primero localiza la apertura y después decide si procede. No parecía haberlo encontrado por casualidad. Parecía haber ido a buscarlo.
Clara se quedó en el umbral de la habitación sin moverse.
Lo que vio en los siguientes segundos fue esto: David giró el sobre ligeramente y lo inclinó hacia la luz.
Parecía estar leyendo algo en el exterior, aunque en el exterior no había nada escrito.
Luego lo sostuvo durante un momento con una quietud absoluta, los brazos a los lados del cuerpo, los dedos con una tensión mínima, como alguien que ha terminado de evaluar algo y está esperando a que la evaluación se complete.
No había descontrol. No había agitación.
No había la expresión de alguien que camina dormido o que está confuso.
Había la expresión de alguien que está completamente despierto y completamente presente y completamente concentrado en lo que tiene entre las manos, con una concentración que no tenía ningún componente de duda ni de emoción ni de nada que pudiera llamarse afecto.
Una concentración orientada. Direccional.
Como la de quien ha llegado donde tenía que llegar y está completando el último paso antes de actuar.
Clara dio un paso hacia el pasillo.
—David —dijo, con la voz baja del que no quiere despertar a nadie, aunque Leo no estaba.
David levantó la vista hacia ella.
Y ahí fue donde ocurrió la cosa que Clara supo que iba a recordar durante mucho tiempo: el momento de reconocimiento en la cara de David fue real, fue inmediato, fue completamente él.
No hubo laguna. No hubo el cuarto de segundo que a veces había entre el estímulo y la respuesta.
La miró y la reconoció y dijo su nombre:
—Clara.
Y el tono fue completamente normal. Un poco sorprendido, como alguien que no esperaba encontrarse con ella, pero normal.
—¿Qué estás haciendo? —preguntó Clara.
David bajó la vista al sobre.
El silencio duró exactamente el tiempo necesario para que Clara entendiera que él no sabía la respuesta.
—No sé cómo llegué aquí —dijo al fin. Y luego—: Tenía esto en la mano.
—¿Lo sacaste del estudio?
El silencio volvió a abrirse.
—No recuerdo haberlo cogido.
Clara cruzó el pasillo. Se lo quitó de las manos con un gesto que pretendió que fuera casual, solo alguien recogiendo algo, y David lo soltó sin resistencia, como si el objeto no tuviera ninguna carga particular para él.
—Ven —dijo Clara—. Vuelve a la cama.
David fue.
Clara esperó hasta escuchar que su respiración se regularizaba de nuevo, que era cuestión de minutos, esa eficiencia extraña para encontrar el sueño.
Luego fue al estudio, puso el sobre en el cajón más bajo, buscó una llave que tenía en la caja de costura de cuando la casa era de los anteriores propietarios y que nunca había tenido función clara, y cerró el cajón con llave.
Volvió al dormitorio.
Se tumbó en el borde de su lado.
David dormía con esa respiración regular. El perfil de su cara en la oscuridad era el que había sido siempre.
Clara miraba el techo y pensaba en el sobre en las manos de David y en la expresión que había tenido: no de quien registra sin propósito, sino de quien evalúa lo que tiene delante como paso previo a una decisión.
La postura era la de alguien que completaba un protocolo.
Y lo que hacía más difícil de sostener esa imagen era que el protocolo no era ajeno a él: era suyo, era su cuerpo, eran sus manos con esa tensión mínima y ese cierre orientado hacia él.
No había entrado a la habitación de Leo.
Ese pensamiento llegó después de todo lo demás, más tarde de lo que debería, y cuando llegó lo hizo con un frío muy específico: no había entrado a la habitación de Leo, y Leo no estaba, y Clara no sabía si la ausencia de Leo era casualidad o si alguna parte de ella ya lo había sabido, ya había hecho ese cálculo antes de pedirle a Irene que se lo quedara.
No lo sabía.
Y no saber si lo había calculado o si había tenido suerte era peor que cualquiera de las dos respuestas.
Por la mañana David no mencionó nada del pasillo.
Clara tampoco.
Desayunaron en el mismo silencio de siempre: el café, la tostadora, la luz gris de diciembre entrando por la ventana de la cocina. David preguntó cómo había dormido ella. Clara dijo que bien. Él dijo que él también, con ese tono de quien informa un hecho sin preguntarse demasiado por los detalles.
Después del desayuno David fue a su sesión con Lucía.
Clara fue al estudio, sacó el cuaderno azul y escribió:
Jueves, 3:15. Pasillo. Tenía el sobre en las manos. Cierre orientado hacia él. Lo buscó. No recuerda haberlo cogido.
Se detuvo durante más tiempo.
Leo no estaba. No sé si eso fue suerte.
Cerró el cuaderno.
Antes de hacerlo abrió otra vez el cajón.
Sacó el sobre, extendió su contenido sobre la mesa y fotografió cada papel con una calma que no sintió.
El recibo, la captura del número alemán, la matrícula, la placa, la noticia de Zaragoza, las entradas del cuaderno negro.
Una a una. Sin ordenar la narración todavía.
Solo impedir que todo aquello volviera a depender de un sobre que David podía encontrar en mitad de la noche.
Después creó una carpeta sin nombre en la nube y subió las imágenes. La contraseña era ridícula, doméstica, una fecha que nadie ajeno a la casa tendría por qué conocer. Aun así, cuando terminó, Clara respiró de otra manera.
Por primera vez desde que había empezado a recoger pruebas, lo que sabía no estaba solo en la casa.
Volvió a guardar los originales, cerró el cajón con llave y apoyó la frente un instante contra la madera fría del escritorio.
Llamó a Reyes.