Capítulo XII El protocolo #3
Clara abrió por fin el archivador. Sacó la copia de la cláusula y la dejó sobre la mesa, orientada hacia Reyes. No la empujó. Solo la dejó allí.
—Esto —dijo—. ¿Lo firmé sin entenderlo?
Reyes miró la hoja.
—Lo firmaste entendiendo lo que una familia podía entender en ese momento.
—Eso tampoco es una respuesta.
—Sí —dijo Reyes—. Lo firmaste sin entender todo lo que podía llegar a significar.
Clara se quedó mirando la hoja. Su propia marca de subrayador amarillo cruzaba la expresión entidades colaboradoras. Era un color demasiado alegre para aquella frase.
—¿Y tú? —preguntó—. ¿Tú lo entendiste?
Reyes tardó en contestar.
—No al principio.
—¿Y ahora?
—Ahora entiendo más de lo que puedo probar.
—Esa frase te protege mucho.
—Lo sé.
Clara volvió a guardar la hoja en el archivador.
La conversación, de algún modo, había cambiado de lugar. Ya no estaba en el despacho. Estaba en la casa, en el sofá, en la mochila de Leo, en la respiración de David al dormir. Estaba en una zona concreta de la noche donde Clara ya no podía limitarse a escuchar si había pasos en el pasillo.
—Quiero que me digas una cosa sin lenguaje de hospital —dijo.
Reyes esperó.
—Lo que veo en David. Esa frialdad a veces. Esa demora. Esa forma de estar y no estar. ¿Eso es David o es el aparato?
Reyes no respondió con rapidez, y esa lentitud fue la única forma de respeto que Clara podía aceptar en ese momento.
—Es David funcionando a través de una arquitectura dañada y sostenida artificialmente —dijo—.
El aparato no inventa a David. Tampoco lo deja intacto.
Le permite estar aquí a un precio que todavía no medimos bien.
Pero lo que ves en él no invalida que David siga siendo David. Eso complica todo, pero es importante.
Clara sintió que la frase entraba despacio, sin consolarla.
—Eso ya lo sé —dijo.
—Sí —respondió Reyes—. Creo que por eso has aguantado tanto.
Clara cerró el archivador.
Al levantarse, notó las piernas ligeramente rígidas. Había estado sentada menos de una hora, pero su cuerpo tenía la fatiga de las conversaciones que no terminan cuando una sale de la habitación.
—¿Le vas a decir todo esto a él?
—Le diré lo que tenga que saber para decidir sobre sí mismo.
—¿Decidir qué?
Reyes no apartó la mirada.
—Todavía no estamos ahí.
Clara casi sonrió, pero no había nada de alegría en el gesto.
—Otra vez.
—Sí —dijo Reyes—. Otra vez. Hay partes a las que todavía no hemos llegado. Pero esta no es una forma de apartarte. Lo que te he dicho hoy ya no puede volver a no saberse.
Clara se quedó en la puerta con el archivador contra el cuerpo.
—¿Delbran sabe que hay revisión?
—Sí.
—¿Y sabe que tú estás hablando conmigo?
Reyes se levantó también. Por primera vez desde que Clara había entrado, pareció menos médica que persona cansada.
—No.
La respuesta fue breve. Bastó.
Clara salió al pasillo con la carpeta apretada contra el cuerpo. Tardó en ir al coche. Se quedó bajo el alero exterior, viendo la lluvia caer en el patio del hospital, dejando que el frío le despejara la cara.
No salía con una explicación completa, sino con algo más útil y más difícil de llevar: una forma.
David seguía siendo David, pero no siempre con todas sus partes comunicándose al mismo tiempo.
Delbran no lo había convertido en otra cosa, pero alguien había visto en esas ventanas un valor que no pertenecía a la medicina.
Reyes no tenía el mapa entero. Había llegado tarde. Y sabía lo suficiente para tener miedo.
Y Clara ya no podía fingir que observar bastaba.
Volvió a casa a media tarde.
David estaba dormido en el sofá con el libro caído sobre el pecho. Tenía una mano abierta, palma arriba, sobre el cojín, igual que si hubiera soltado algo un segundo antes de dormirse; o quizá la mano seguía esperando un gesto que no había llegado.
Clara se quedó en el umbral del salón.
Durante unos segundos lo miró como lo había mirado tantas veces en el hospital: comprobando que respiraba, contando sin contar, buscando en la quietud una señal de permanencia.
Después lo miró de otra forma. No peor. No con menos amor.
Pero con una capa nueva encima del amor, una capa práctica, dolorosa, que le obligaba a preguntarse dónde estaba Leo, dónde estaban las llaves, dónde estaba el teléfono, qué hora era, cuánto había dormido David, qué día de la semana tocaba fisioterapia.
La casa seguía siendo la casa.
Precisamente por eso era peligrosa.
Dejó el archivador en el estudio. Fue a la cocina. Preparó café sin querer café. Abrió el cuaderno.
Escribió:
Reyes confirmó revisión interna. Seis meses.
No es solo recuperación irregular.
Ventanas: conducta preservada, memoria incompleta, rutas posibles.
Dispositivo facilita. No ordena.
Delbran pidió más detalle del seguimiento. Horarios, estímulos, parámetros, continuidad.
No sabe alcance. Sospecha uso externo de las ventanas.
Leo no debe quedar en medio.
Se quedó con el bolígrafo suspendido sobre la página.
Luego añadió:
David sigue siendo David. Eso no lo hace más fácil.
Cerró el cuaderno.
Fue al salón. Se sentó en la otra punta del sofá, sin despertarlo, y miró la lluvia detrás del cristal hasta que llegó la hora de recoger a Leo.