Laguna (Tríptico Delbran 1) Capítulo XII El protocolo #2
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Capítulo XII El protocolo #2

—Delbran, por lo que puedo demostrar, pidió más granularidad en los datos. No solo evolución clínica global. Querían horarios, condiciones de aparición de los episodios, respuesta a estímulos concretos, patrones de sueño, ajustes del dispositivo, intervalos de latencia. Querían continuidad.

—¿Se lo disteis?

—Parte de esos datos se compartieron de forma anonimizada dentro de lo permitido por los documentos que firmasteis.

—No me estás contestando.

—No de la manera en que lo pidieron —dijo Reyes—. Al menos no desde mi unidad y no con mi autorización directa.

Clara oyó el espacio que quedaba dentro de la frase.

—Eso quiere decir que alguien pudo hacerlo.

—Eso quiere decir que hay una revisión interna desde hace seis meses.

La misma cifra que ya había oído, pero dentro de esa habitación cambió de peso. Seis meses. Antes del cuaderno. Antes de Ana Brun. Antes de que Clara supiera que lo que le ocurría a su marido podía estar siendo observado desde otros sitios con otros intereses.

—¿Una revisión de qué?

—De accesos a datos, comunicaciones con colaboradores externos, modificaciones de protocolo y criterios de seguimiento. También de algunos eventos no previstos en pacientes dados de alta.

—¿Eventos como las salidas de David?

—Sí.

—¿Cuántos pacientes?

Reyes bajó los ojos.

—No puedo darte nombres ni historias clínicas.

—No te he pedido nombres.

—Hay varios casos señalados. Pocos, pero más de uno. David es uno de los que más preocupan.

La frase quedó entre ellas con una claridad fría.

No el único. No un caso aislado. Uno de los que más preocupan.

Clara notó que el archivador le pesaba sobre las rodillas más que al entrar.

—¿Qué vio Delbran en esos estados?

—Eso pertenece a lo que sospecho, no a lo que sé.

—Dímelo así.

Reyes juntó las manos sobre la mesa, no como gesto solemne, sino como alguien que necesita impedir que se le muevan demasiado.

—Creo que vieron valor en la zona intermedia.

En pacientes que no están inconscientes, pero tampoco integran del todo lo que hacen.

Personas capaces de ejecutar, de desplazarse, de responder a una clave externa sencilla, con una memoria posterior rota o incompleta.

No sé para qué. No sé con qué alcance. No sé quién dentro de Delbran lo sabía ni cuánto se hizo fuera del protocolo.

—Pero crees que lo estudiaron.

—Sí.

—¿Y David?

Reyes no apartó la mirada.

—Creo que David no es solo un efecto secundario. Creo que alguien identificó en él un patrón útil.

A Clara se le enfrió la cara.

La palabra útil tenía algo indecente. David preparando la mochila de Leo. David riéndose porque las galletas habían salido irregulares. David diciendo no sé hasta dónde llego yo. Y debajo de todo eso, otra palabra: útil.

—¿Útil para qué?

—No lo sé entero.

—¿Para hacer daño?

—No puedo afirmarlo.

—¿Puede hacer daño en ese estado?

Esta vez Reyes no respondió deprisa, y Clara agradeció casi con rabia que no lo hiciera. La respuesta rápida habría sido una forma de defensa.

—Sí —dijo al fin—. Puede. No porque sea violento por definición ni porque esconda una intención.

Una persona capaz de actuar sin integrar del todo lo que actúa puede cruzar límites que despierta no cruzaría.

Si alguien le ofrece una secuencia en el momento correcto, quizá la complete sin comprenderla como decisión propia.

Y después no recordará lo suficiente para detenerse antes de la siguiente vez.

Clara sintió que algo se le cerraba en el pecho. La sorpresa habría sido más fácil. Aquello era la confirmación de una forma que llevaba semanas creciendo en la oscuridad.

—¿Alguien puede controlarlo?

—No como se controla una máquina. Este sistema no funciona a distancia de esa manera. No hay un botón externo que convierta a David en otra cosa. Si eso existiera, ya habríamos cerrado el ensayo y estaríamos en otro tipo de conversación.

—Entonces, ¿qué hay?

—Hay ventanas. Hay vulnerabilidad. Hay datos suficientes para anticipar cuándo es más probable que esas ventanas se abran.

Y puede haber claves externas: llamadas, direcciones, frases, lugares, repeticiones.

No lo sé demostrar con David todavía. Pero los registros me dicen que sus episodios tienen estructura.

Y la estructura es lo contrario de una casualidad limpia.

Clara pensó en el teléfono que David no había oído. En el bolsillo de la chaqueta. En el recibo. En las manos de él sobre la mesa de madrugada, palmas abajo, mirando un punto que no estaba del todo allí.

—¿Qué habéis visto en los registros? —preguntó.

—Patrones de activación en franjas donde después aparecen lagunas.

Variaciones de sueño los días previos. Microepisodios que, aislados, parecían fatiga o ausencia.

Cambios en la respuesta afectiva: no ausencia de emoción, sino retraso, selección extraña de prioridades, capacidad de decir la frase adecuada sin que sepamos cuánto de esa frase está pasando por la parte de él que decide. Y una cosa más.

Clara esperó.

Reyes miró la carpeta, pero no la abrió de nuevo.

—En algunos episodios, David no parece perder orientación. La cambia. No vaga sin rumbo. Eso es lo que más nos preocupa.

—¿Va a algún sitio?

—A veces.

—¿A sitios que conoce?

—No siempre.

La lluvia seguía cayendo sobre el patio. En otra situación, Clara habría pensado que la consulta olía a café frío y calefacción antigua. Ahora solo podía pensar en el mapa invisible que acababan de poner sobre David: franjas, ventanas, rutas, claves.

—¿Por qué no me lo dijisteis antes?

Reyes aceptó la pregunta sin moverse.

—Porque al principio la explicación clínica parecía suficiente.

Porque todos queríamos que la explicación clínica fuera suficiente.

Porque cuando dejó de serlo, entraron abogados, comité de seguridad, protección de datos, patrocinadores, informes preliminares.

Y porque yo tardé demasiado en reconocer que esperar a tener una explicación completa también podía ser una forma de abandonar a las familias.

Clara sintió un impulso seco de levantarse. No lo hizo.

—¿Eso es una disculpa?

—No sé si tengo derecho a pedirte que la recibas como tal.

—No te he preguntado eso.

Reyes bajó la cabeza.

—Sí. Lo es.

Clara miró el archivador sobre sus rodillas. Allí dentro estaban los papeles que ella había firmado. Su nombre. La fecha. La letra pequeña. Todo lo que entonces había parecido el precio administrativo de una esperanza imposible.

—¿Está en peligro? —preguntó.

—Sí.

La respuesta llegó sin envoltorio, y por eso fue peor.

—¿Por Delbran?

—Por lo que le pasa. Por quien pueda estar aprovechándolo. Por nosotros si seguimos llegando tarde. Y por el hecho de que David es suficientemente consciente para sufrirlo, pero quizá no siempre suficientemente consciente para impedirlo.

Clara cerró los ojos un segundo.

Leo preguntando si su padre iba a morirse otra vez. Leo poniendo el oso sobre la cama del hospital. Leo diciendo papá desde la otra punta de la casa.

—¿Y Leo?

Reyes no suavizó la cara.

—No quiero que conviertas a David en un peligro delante de tu hijo.

No quiero eso porque no sería justo y porque tampoco sería exacto.

Pero hasta que sepamos más, Leo no debería ser la persona que despierte a David en mitad de un episodio, ni la persona que lo siga por la casa, ni la persona que se quede sola con él si tú no estás cerca.

La frase no elevó la voz. No necesitaba hacerlo.

Clara abrió los ojos.

—Estás diciendo que no lo deje solo con su hijo.

—Estoy diciendo que no dejes a Leo en medio de algo que ni los adultos estamos entendiendo a tiempo.

Clara asintió una vez. El gesto salió pequeño, casi invisible.

—¿Y qué debería hacer yo?

Reyes miró hacia la ventana. La lluvia había empezado a formar pequeñas líneas en el cristal, caminos delgados que se juntaban y se separaban.

—No esperar a que el siguiente episodio termine para contarlo.

Si ocurre, llama mientras ocurre. A mí y a urgencias si no puedes contener la situación.

No intentes seguirlo sola. No lo confrontes si parece ausente.

Guarda copias de lo que tengas fuera de casa.

Y habla con alguien de confianza, Clara.

No puedes ser al mismo tiempo esposa, testigo, cuidadora y archivo.

Clara pensó en Tomás. En Irene. En la mano de Irene sobre su mejilla, en la forma en que Tomás convertía el miedo en logística.

—¿Y David? —preguntó.

—Hablaré con él.

—¿Cuándo?

—Pronto. Quería hablar primero contigo porque necesitaba que entendieras el mapa antes de tener que sostener su reacción.

—Él ya sabe algo.

Reyes la miró.

—¿Qué sabe?

Clara recordó la voz de David en la noche. No sé hasta dónde llego yo. Recordó que lo había dicho sin dramatismo, casi con pudor, y que eso había sido lo más terrible.

—No lo sé —dijo—. Pero sabe que hay zonas donde no llega.

La expresión de Reyes cambió de una manera mínima. Suficiente.

—Eso encaja —dijo.

—No digas eso.

—Perdona.

—No quiero que mi marido encaje en nada.

Reyes recibió la frase como se reciben las cosas que merecen doler.

—Lo sé.