Capítulo XIII El límite
La primera semana de diciembre tuvo tres días buenos.
Clara los contó sin anotarlos enseguida, por miedo a que ponerlos por escrito los gastara.
El martes, Leo volvió del jardín con una corona de cartulina torcida y una canción aprendida a medias sobre el invierno, y David pasó media hora ayudándolo a pegar una estrella que no quería pegarse al papel.
El miércoles, Tomás llevó una planta nueva para el balcón y se quedó el tiempo suficiente para discutir con Leo si las plantas duermen cuando nadie las mira.
El jueves no pasó nada especial, y no pasar nada especial había vuelto a convertirse, de una forma extraña y dolorosa, en una clase de lujo.
El viernes por la mañana, mientras David seguía arriba y la cafetera hacía ese ruido mínimo de agua y metal que Clara ya podía reconocer desde cualquier habitación de la casa, ella fue al estudio.
No encendió la luz.
La claridad gris de la mañana bastaba para distinguir el escritorio, las carpetas viejas, el cajón donde había ido guardando, con una disciplina que todavía le parecía ajena, las cosas aún sin nombre delante de nadie.
Abrió el cajón y sacó el cuaderno. Después, el recibo de Valencia, ya algo curvado por los pliegues.
La fotografía impresa de la fachada, revelada dos días antes en una tienda del barrio con la misma rutina con que se revela una foto de cumpleaños.
La copia de la página del protocolo donde figuraba la cláusula sobre evaluación traslacional.
Una hoja con fechas sueltas escritas de su mano. Atocha. Valencia. Delbran. Ventanas.
Lo extendió todo sobre la mesa.
Durante un rato no hizo nada más que mirarlo.
Hasta entonces cada objeto había tenido una coartada. El recibo podía ser un residuo inexplicable de una crisis. La fotografía, una rareza encontrada en el teléfono de David. La cláusula, una frase administrativa que tal vez sonaba peor de lo que era. El cuaderno, una forma de no volverse loca.
Juntos dejaban de parecer objetos dispersos.
No formaban una prueba completa. Clara lo sabía.
Había entendido en las últimas semanas que la verdad podía ser suficiente para destruir una vida y aun así no alcanzar la forma limpia de una prueba.
Pero aquello ya no podía seguir viviendo solo en su cabeza ni en un cajón donde cualquiera podía abrir buscando pilas, sellos o una factura antigua.
Sacó un sobre marrón del armario bajo, de los que usaban para guardar papeles de Hacienda.
Metió dentro el recibo, la fotografía, la copia del protocolo y dos hojas arrancadas de una libreta pequeña donde había pasado a limpio las fechas.
No metió el cuaderno. Todavía no. El cuaderno pertenecía a otra zona: demasiado suyo, demasiado inmediato.
Separarlo de la casa habría sido separarse también de la última forma de control que le quedaba.
Se quedó con el sobre entre las manos.
No escribió ningún nombre fuera. Ni el suyo.
Ni el de Reyes. Ni el de Tomás. Ni el de la policía.
La ausencia de destinatario lo hacía más inquietante y más honesto.
No estaba preparando una denuncia. No estaba acusando a nadie.
Estaba haciendo algo más básico y más irreversible: impedir que la verdad dependiera solo de su memoria.
Lo guardó en el cajón más bajo del escritorio, debajo de una carpeta de impuestos antiguos. Luego volvió a sacarlo.
Lo sostuvo otra vez.
El escondite era demasiado obvio precisamente porque pertenecía a la casa. Cualquier orden doméstico podía encontrarlo. Cualquier mano desorientada. Cualquier versión de David que no fuera del todo David.
Clara miró hacia la puerta del estudio.
En el piso de arriba sonó una tabla. David levantándose.
Guardó el sobre dentro de una carpeta escolar vieja de Leo, azul, con pegatinas de animales que empezaban a despegarse por las esquinas.
La puso en la parte alta del armario, entre cajas de ropa pequeña y manualidades de guardería.
No era un escondite inteligente; era un escondite de madre.
Por primera vez, eso le pareció una forma de inteligencia.
Cuando cerró el armario, sintió que algo había cambiado, aunque nadie pudiera verlo.
No lo hizo por valor; el valor habría tenido otra temperatura. Aquello se parecía más a haber dejado de obedecer a una esperanza.
David bajó diez minutos después, con el pelo todavía revuelto y la cara marcada por la almohada. Llevaba la camiseta gris de dormir y esa lentitud de las mañanas que ya se había vuelto parte de él sin dejar de parecerle nueva a Clara.
Desayunaron en la cocina.
Leo no estaba. Tomás e Irene lo habían recogido para llevarlo al jardín esa mañana, un favor ofrecido con demasiada naturalidad para no contener una pregunta. Sin el niño, la casa parecía más amplia y más expuesta; cada habitación perdía una excusa para seguir siendo normal.
David untó mantequilla en una tostada con una concentración excesiva. Luego dejó el cuchillo sobre el plato y miró a Clara.
—Has movido cosas en el estudio.
Clara levantó la vista.
—Sí.
—¿Papeles?
La pregunta no tenía acusación. Tampoco inocencia. David la dijo como alguien que encuentra una corriente de aire en una habitación cerrada y sabe que hay una ventana abierta, aunque no la vea.
—Sí —respondió ella.
David asintió despacio.
—¿Cosas mías?
Clara pensó en el recibo de Valencia, en la fotografía de la fachada, en la copia del protocolo, en el cuaderno. Pensó en el sobre escondido entre dibujos antiguos de Leo, en la infancia custodiando lo que los adultos no sabían dónde poner.
—Cosas nuestras —dijo.
La respuesta hizo que David bajara la mirada hacia la mesa. Durante un momento solo se oyó el zumbido leve de la nevera y un coche pasando por la calle mojada.
—¿Puedo preguntarte algo? —dijo él.
Clara apoyó la taza.
—Sí.
David no levantó la voz.
—¿Tienes miedo de mí?
No lo dijo como reproche. Tampoco como queja. La pregunta salió con una llaneza tan limpia que por un instante Clara tuvo la impresión de que llevaba mucho tiempo sentada entre ellos y que lo único nuevo era que por fin había ocupado una frase.
Ella miró sus manos. La derecha estaba cerca de la taza.
La izquierda, apoyada en el borde de la mesa.
La misma mano que había visto descansar sobre la cabeza de Leo en el hospital con una ternura casi dolorosa.
La misma mano que a veces se cerraba durante los episodios, obedeciendo a una instrucción que nadie más escuchaba.
Pensó en la respuesta fácil. Pensó en la respuesta cruel. Pensó en todas las formas de mentir por compasión y en todas las formas de herir por limpieza.
—A veces —dijo.
David cerró los ojos un instante. Al abrirlos, no había sorpresa.
—Gracias.
La gratitud le dolió más que cualquier reproche.
—No me des las gracias por eso.
—Sí —dijo él—. Tengo que hacerlo.
—No quiero tenerte miedo.
—Ya lo sé.
—Y no quiero convertirte en eso.
David la miró.
—¿En qué?
Clara no respondió enseguida. La primera palabra fue peligro. No la dijo. La otra fue paciente. Tampoco. Había una tercera, más oscura, que no se permitió formular.
—En alguien de quien tengo que protegernos —dijo al fin.
David recibió la frase sin apartarse. No físicamente. No de otra manera.
—Si llega ese momento, necesito que lo hagas.
Clara sintió una contracción breve en el pecho.
—No lo digas como si fuera sencillo.
—No lo digo así.
—Hablas como alguien que ya lo ha pensado.
David miró hacia la ventana. La lluvia se había quedado suspendida en el cristal en líneas finas, casi inmóviles.
—Lo he pensado.
Clara se quedó quieta.
—¿Qué has pensado exactamente?
—Que hay momentos en los que tú sabes más de mí que yo. Y que, si en esos momentos esperas a que yo te confirme algo, quizá sea tarde.
En su voz no había dramatismo, y eso era lo peor. David no se estaba castigando ni pedía absolución. Intentaba poner orden en una realidad que también lo excedía.
—Reyes habló conmigo —dijo Clara.
—Lo sé.
—¿Lo sabes?
—No me lo dijo. Lo supe por cómo me mirabas después.
Clara apartó la vista.
—Dijo que no eres el único.
La cara de David no cambió de manera visible. Sin embargo, algo en ella perdió peso: una parte de él parecía haber esperado que el miedo tuviera al fin una forma fuera de su propio cuerpo.
—Eso explica algo —dijo.
—¿Qué explica?
David movió la taza unos milímetros sobre la mesa. La cerámica raspó la madera con un sonido pequeño.
—Que no se siente todo roto por dentro. A veces lo roto encuentra una dirección. No sé decirlo mejor.
Clara notó frío en la espalda.
—¿Una dirección?
—No un lugar. No siempre. Más bien una forma de ir.
La frase le pareció demasiado precisa y demasiado inútil a la vez.
—¿Lo recuerdas?
David negó.
—No como recuerdo. Como después de haber soñado algo y saber que el sueño tenía una lógica mientras estabas dentro, aunque al despertar solo quede una sensación.
Clara pensó en el sobre del armario. En la fotografía de la fachada. En el recibo.
—¿Y esa lógica es tuya?
David tardó en contestar.
—A veces sí. A veces no llego a tiempo para saberlo.
La respuesta abrió algo entre ellos que no se podía cerrar con una frase de consuelo. Clara quiso tocarle la mano y no lo hizo. David vio el gesto detenido. No le pidió que lo completara.
—Si alguna vez decides llevarte a Leo unas noches a casa de mis padres —dijo—, no te lo voy a reprochar.
Clara miró hacia el pasillo.
En la habitación de Leo estaban las zapatillas pequeñas mal alineadas junto a la cama, un dinosaurio de plástico debajo de la silla, el jersey verde que se negaba a ponerse porque decía que picaba, aunque no picaba.
Todo lo que pertenecía al niño seguía allí con una confianza que ya no se correspondía con la casa.
—No he decidido eso —dijo.
—Lo sé.
—Pero lo has pensado tú también.
—Sí.