Capítulo X La evidencia
La tercera desaparición duró casi dos días.
Empezó un viernes por la noche, cuando Clara se despertó, encontró frío el lado de David y la quietud de la casa dejó de servirle de consuelo.
Terminó el domingo al mediodía: un taxi se detuvo frente a la puerta y David bajó del asiento trasero con la ropa del viernes y el aspecto de alguien que había pasado la noche en un lugar ajeno al sueño.
Entre esos dos momentos, Clara pasó por todas las fases que ya conocía.
La llamada a Irene. La llamada a Reyes. El móvil de David sin respuesta.
Leo, que percibía el clima de la casa sin nombrarlo y que el sábado por la mañana le preguntó si papá estaba en el hospital otra vez.
Tomás, que vino sin que nadie se lo pidiera y se quedó sentado en la cocina con el periódico abierto por la misma página durante horas.
Esta vez Clara esperó de otra manera.
El miedo seguía allí, pero ahora venía acompañado de una frialdad nueva, más peligrosa: la sorpresa se había consumido en episodios anteriores y dejaba una zona blanca donde las cosas empezaban a colocarse solas.
A las diez de la mañana del sábado volvió a llamar a David.
Buzón de voz.
A las once buscó en los hospitales cercanos. Lo hizo desde la cocina, con Irene sentada frente a ella y Tomás junto a la ventana. Dijo el nombre completo de David tres veces a tres personas distintas. Ninguna lo tenía registrado.
A mediodía llamó a Reyes.
Reyes contestó con una rapidez que a Clara le habría parecido tranquilizadora en otra vida.
—Sigue sin aparecer —dijo Clara.
Reyes no preguntó si estaba segura. Ya no estaban en esa fase.
—Voy para allá —dijo.
Llegó el sábado por la tarde.
Traía el programador inalámbrico y una carpeta fina que no abrió delante de todos.
Pidió ver el cargador del dispositivo, preguntó por el sueño de David los días anteriores, por la fisioterapia del viernes, por cualquier llamada extraña, por mensajes, por cambios de conducta.
Clara contestó con precisión. Irene añadió dos cosas pequeñas que había observado.
Tomás habló poco; se quedó de pie detrás de la silla de Clara, con los brazos cruzados, intentando hacer de pared.
Reyes revisó los registros del dispositivo en silencio.
La pantalla del programador iluminaba su cara desde abajo. Clara no miraba la pantalla porque no habría entendido los gráficos ni las cifras, pero sí miraba a Reyes. Ya entendía en ella aquel segundo lenguaje: el que no estaba en las palabras.
—Hay actividad atípica en varios intervalos —dijo Reyes al fin—. Necesito descargar los datos completos y analizarlos con calma.
—¿Atípica cómo?
—No es una descarga anómala ni un fallo simple del generador. Es una combinación de sueño fragmentado, cambios de respuesta y ventanas de estimulación que no me gusta ver juntas.
—¿Ventanas?
Reyes cerró el programador.
—Momentos de vulnerabilidad. No puedo decir más sin mirar la secuencia completa.
Clara sintió que algo dentro de ella rechazaba la frase entera. Sonaba clínica, y David llevaba desaparecido desde la noche anterior.
—¿Debería llamar a la policía?
Reyes levantó la mirada. Por primera vez desde que había entrado, su expresión dejó ver una incomodidad ajena a la gestión médica: una incomodidad más baja, más humana.
—Si quieres hacerlo, hazlo —dijo—. No voy a pedirte que no llames.
La respuesta no alivió nada.
—Eso no es una respuesta.
—Lo sé.
—Entonces respóndeme pensando en tu marido.
Reyes dejó el programador sobre la mesa de la cocina. Afuera llovía con una constancia fina que hacía que el cristal pareciera sucio.
—Si llamas ahora, lo que tienes es un adulto vulnerable, con antecedentes neurológicos complejos, ausente desde hace menos de veinticuatro horas y sin rastro concreto.
Eso basta para pedir ayuda, y si esta noche no aparece, hay que hacerlo.
Yo misma prepararé un informe clínico para que no lo traten como una ausencia voluntaria sin más.
Pero ahora mismo no tenemos una dirección, ni una matrícula, ni una amenaza identificada, ni una prueba de delito.
—Tengo a mi marido desaparecido.
—Sí.
—Y tú tienes registros que no te gustan.
—Sí.
—Entonces no me digas que no tengo nada.
—Todavía no tienes una forma de nombrar lo que está pasando —dijo Reyes—. Y eso es distinto.
La frase quedó sobre la mesa con una dureza limpia.
Clara miró a Irene. Irene tenía las manos cerradas alrededor de una taza que ya debía de estar fría. Tomás seguía junto a la ventana, pero su mandíbula se había endurecido.
—¿Y si le ha pasado algo? —preguntó Irene.
Reyes volvió hacia ella la cara.
—Entonces cada minuto importa. Por eso no voy a decir que esperemos sin hacer nada.
Voy a mandar los datos al equipo de guardia del ensayo.
Voy a pedir que revisen si ha habido contacto con alguno de los centros asociados.
Clara, tú comprueba movimientos bancarios y tarjetas.
Tomás, si puedes, baja otra vez al garaje, mira si falta algo además de la chaqueta.
Irene, quédate con Leo cuando despierte.
Y si al anochecer no sabemos nada, llamamos a emergencias con informe clínico.
Clara oyó el plural. Llamamos .
No llegaba a prohibición ni a liberación; servía para mantenerlo dentro de un círculo donde David aún era paciente antes que expediente, marido antes que nombre comunicado a una centralita.
Eso no bastaba.
Y, sin embargo, Clara se agarró a ello durante unas horas más, porque era lo único que tenía que no exigía convertir la ausencia de David en algo irreversible.
A las seis comprobó la cuenta bancaria desde el móvil.
No vio nada extraño. El último movimiento visible era del jueves.
A las ocho llamó otra vez a David. A las diez volvió a mirar hospitales.
A medianoche Leo se despertó y preguntó si papá estaba perdido.
Clara le dijo que papá estaba fuera y que estaban buscándolo. No pudo decir más. No pudo decir menos.
Durmió media hora en el sofá, sentada, con el teléfono en la mano.
El domingo amaneció gris.
A las nueve, Reyes llamó.
—Si no aparece antes de mediodía, formalizamos la comunicación —dijo—. No espero más.
Clara agradeció que no usara la palabra denuncia. Necesitaba tres horas más antes de permitir que otra institución entrara en la casa y empezara a nombrar lo que ella todavía sostenía sin nombre.
El taxi llegó a las doce y diecisiete.
Clara estaba en la cocina cuando escuchó el coche detenerse. Fue primero a la ventana porque necesitaba ese segundo entre ver y tener delante. El vehículo quedó parado frente a la puerta. La luz del día, sucia por la lluvia, caía sobre el techo negro del taxi. La puerta trasera se abrió.
David bajó.
Llevaba la misma ropa del viernes. La chaqueta gris, los pantalones oscuros, el jersey que Clara le había visto puesto antes de subir ella a la cama dos noches atrás.
A simple vista el cuerpo parecía entero, pero su manera de sostenerse no pertenecía al cansancio normal: cada movimiento llegaba desde muy lejos.
Pagó al taxista. El taxista le dio algo, quizá cambio, quizá un recibo. David lo guardó sin mirarlo. El coche se fue.
David se quedó en la acera mirando la fachada de la casa.
Parecía haber llegado al lugar correcto sin saber del todo desde dónde. Eso fue lo que más daño le hizo a Clara.
Tomás se levantó del sofá cuando oyó la puerta. Irene salió de la cocina con el paño todavía en las manos. Clara abrió antes de que David llamara.
Él entró.
Los miró a los tres con la cara pálida y los ojos demasiado limpios. No tenía la perplejidad de otras veces. Tampoco culpabilidad. Traía una quietud más honda, la de quien vuelve de un sitio donde ha dejado algo, aunque no recuerde qué.
—Estoy bien —dijo.
Fue lo primero que dijo. Nadie le había preguntado.
Irene dio un paso hacia él y se detuvo a mitad del pasillo. Miró la chaqueta, el pelo húmedo, las manos.
—Siéntate —dijo.
David obedeció. Se sentó en la silla del pasillo con las manos sobre las rodillas y la vista baja. Tomás se quedó a un lado, rígido, usando toda su fuerza en no hacer demasiadas preguntas a la vez.
Clara no se acercó enseguida.
Había una mancha oscura en el cuello derecho de la chaqueta. Del tamaño de una moneda. Seca. La tela la absorbía mal, dejando un borde más irregular que el de una simple salpicadura de barro.
—¿Dónde estabas? —preguntó Tomás.
David alzó la vista hacia él.
—No lo sé.
—¿Cómo has vuelto?
—En taxi.
—Eso ya lo hemos visto.
David bajó los ojos hacia sus manos.
—Le dije mi dirección.
—¿Desde dónde?
David tardó en contestar, y en ese tiempo Clara tuvo la impresión exacta de que la respuesta no estaba escondida, sino rota.
—No lo sé —dijo—. Había mucha luz.
Irene hizo un gesto pequeño con la boca, un gesto de quien traga algo que quema.
—¿Recuerdas algo? —preguntó Clara.
David miró hacia ella. La encontró. Durante un segundo fue él. El marido que la reconocía, el hombre que había vuelto del hospital, el padre de Leo. Luego esa presencia se cubrió de cansancio.
—Fragmentos —dijo—. Una carretera. Luz artificial. Fluorescentes. Frío. Una mano. No sé si era la mía.
Nadie respondió.
No hizo falta. Aquellas palabras no explicaban nada, pero tenían materia: fluorescentes, frío, una mano. No tranquilizaban; quedaban pegadas.
Reyes llegó a la una y media.
Esta vez traía también una bolsa médica con material de curas. Entró sin quitarse el abrigo, saludó a Tomás e Irene con una inclinación breve de cabeza y se acercó a David con una concentración que a Clara le pareció útil y casi insoportable.
—David, necesito revisarte.
Él asintió.
La mancha en el cuello de la chaqueta era sangre seca.
Reyes la examinó sin hacer ningún comentario delante de él.
Le pidió que se quitara la chaqueta y el jersey.
David obedecía despacio, con una docilidad que no tenía nada de infantil y por eso resultaba más triste: la docilidad de alguien que ha comprendido que su cuerpo se ha convertido en un lugar del que otros deben sacar información.