Capítulo IX El contacto
Tardó una semana en encontrar el nombre de la enfermera.
La búsqueda fue torpe, lateral, hecha de fragmentos y retrocesos: una mañana revisando las cartas del ensayo en busca de firmas que no fueran las de Reyes, una tarde rastreando el directorio de personal de la unidad en la web del hospital, dos noches mirando perfiles de LinkedIn con la incomodidad de quien espía sin saber exactamente qué busca ni si tiene derecho a buscarlo.
Encontró el nombre en una carta de coordinación interna: Ana Brun, enfermera investigadora, Unidad de Neurología Experimental .
La carta era de dos años atrás, hablaba de la gestión de los datos de seguimiento de los participantes del estudio y tenía al margen, en bolígrafo, una nota que Clara no supo descifrar: un número de protocolo seguido de una abreviatura que podía ser cualquier cosa o nada.
El perfil de LinkedIn de Ana Brun llevaba sin actualizarse más de un año. Última posición declarada: enfermera investigadora, La Paz, Madrid. Sin más información pública.
Clara le escribió un mensaje.
Le costó cuatro versiones. La primera sonaba alarmada; la segunda, demasiado casual, casi falsa; la tercera se alargaba sin necesidad.
La cuarta decía simplemente que era la esposa de un paciente del ensayo de DBS de la unidad de Reyes, que tenía algunas preguntas sobre el seguimiento del estudio y que agradecería poder hablar con ella.
Lo envió, cerró el teléfono y consiguió no abrirlo durante una hora. Mirar la pantalla no iba a acelerar nada; lo sabía, y aun así le costó sostener esa mínima abstinencia.
Tardó tres días en responder Ana Brun.
La respuesta llegó un jueves por la tarde, mientras Leo dormía la siesta y David estaba en fisioterapia.
El mensaje era corto, más de lo que Clara había esperado: Hola, entendido. ¿Puede llamarme mañana entre las 12 y la 1? Mejor por teléfono que por escrito.
La preferencia por el teléfono ya significaba algo. Clara no sabía qué, pero lo anotó como dato.
Clara anotó la hora en el cuaderno.
Llamó el viernes a las doce y cuarto.
Leo estaba en casa de los abuelos. David tenía sesión con Lucía hasta la una y media. Durante esa hora la casa le pertenecía, y Clara la usó como usaba siempre las horas solas: con una concentración hecha de urgencia y de una culpa que prefería no mirar demasiado.
Entró en el baño, cerró la puerta y abrió el grifo.
Ana Brun respondió al segundo tono con una voz más joven de lo que Clara había imaginado y algo más tensa: la voz de alguien que ha decidido coger el teléfono, pero todavía no hasta dónde va a hablar.
—Soy Clara Ramos, soy la esposa de David Torres —dijo Clara.
—Sí, ya. ¿Cómo está su marido?
—Bien. Dentro de lo que cabe.
—Me alegra saber que salió adelante. —Se detuvo un momento—. ¿Está usted sola?
Clara tardó un segundo.
—Sí.
—¿Qué quería preguntarme?
La apertura no invitaba a una conversación tranquila. Ana Brun quería saber deprisa cuánto sabía la otra persona.
—Quería preguntarle —dijo Clara, buscando un tono que no sonara ni asustado ni neutro— si hubo algo en el ensayo que no se comunicara a las familias. Alguna anomalía. Algo que no encajara.
Silencio.
Un silencio con peso.
—¿Por qué me pregunta eso a mí? —dijo Ana Brun.
—Porque su nombre está en la documentación del estudio y porque ya no trabaja allí.
Otro silencio.
—¿Sabe usted por qué dejé de trabajar allí? —dijo Ana Brun.
—No.
—No. —Y en esa repetición había algo que podía ser alivio o podía ser precaución—. Mire, Clara. Yo ya no tengo ninguna relación con esa unidad.
—Lo sé.
—Lo que puedo decirle —Y aquí la voz bajó de tono, con esa textura de quien mide las sílabas— es que revise bien la documentación que le dieron. Todo. No solo el resumen del protocolo. Los apéndices también. Hay lenguaje que al principio no parece decir mucho.
—¿Qué tipo de lenguaje?
La respuesta tardó en llegar.
—Técnico —dijo Ana Brun—. El tipo de lenguaje que puede significar muchas cosas o una sola cosa, dependiendo del contexto. —Esta vez el silencio fue más largo—. No me llame más a este número, por favor.
Y colgó.
Clara se quedó de pie en el baño durante varios minutos con el teléfono en la mano y el grifo abierto.
Ana Brun había colgado. No había dicho nada que sonara a amenaza, ni a conspiración declarada, ni a gran revelación. Había dicho: revise la documentación. Los apéndices. El lenguaje técnico que puede significar muchas cosas o ninguna.
Y había dicho todo eso con la voz de alguien que ya ha tomado antes la decisión de no hablar y que acaba de hacer una excepción pequeña, contada, que tenía un coste que Clara no podía calcular desde su lado de la línea.
Pensó por un momento en llamar a Sara. Su hermana escucharía, incluso lloraría con ella al teléfono, pero Sara servía para el consuelo inmediato y no para nada que requiriera seguimiento.
Lo sabía con la certeza de quien lleva años sabiendo dónde están los límites de cada persona.
Descartó la idea antes de que terminara de formarse.
Fue al archivador esa misma tarde.
Había cuatro secciones. La primera la había leído bien en los meses del hospital. Las otras tres las había revisado por encima, con la atención media de quien no tiene formación clínica y está demasiado agotada para adquirirla sobre la marcha. Ahora buscó los apéndices.
El apéndice D se titulaba Protocolo de estimulación: parámetros de activación y ventanas de modulación. Seis páginas con el sello del comité ético y tres firmas, una de las cuales era Reyes.
Encontró varios párrafos que podían ser cualquier cosa.
Lenguaje de protocolo: ventanas de activación talámica, variabilidad en la respuesta ejecutiva, modulación de la integración mnémica.
Encontró una nota al pie en la quinta página que hacía referencia a un estudio no publicado del instituto de Ginebra, del que no había más información en el documento.
Encontró una tabla con parámetros de estimulación en la que una de las columnas tenía un encabezado que no entendió del todo: índice de disociación funcional, con valores numéricos en un rango que no sabía cómo interpretar.
No encontró ninguna frase que dijera lo que temía que dijera.
O encontró muchas frases que podían decirlo y no podía saber si lo decían.
Esa era la diferencia, y era una diferencia que la dejó más inquieta que si hubiera encontrado algo claro: la sensación de que el documento estaba lleno de un lenguaje que tenía una opacidad intencional y que esa opacidad era informativa en sí misma, aunque no supiera todavía cómo leerla.
Guardó el archivador.
Fue a la cocina y se hizo un café que esta vez sí bebió, de pie, mirando el jardín, pensando en lenguaje que puede significar muchas cosas o ninguna y en el índice de disociación funcional con sus valores en una tabla que no sabía descifrar.
Más tarde, cuando recogió a Leo en casa de los abuelos, los pensamientos aún rumiaban mientras caminaban de vuelta.
El niño venía con el oso y con un dibujo que había hecho en casa de la abuela: dos figuras de palo, una grande y una pequeña, debajo de algo que podría ser un árbol o una nube o las dos cosas a la vez.
Clara sacó el móvil sin detenerse. Quería fijar la frase exacta de Ana Brun antes de que se gastara entre el ruido de la tarde: el tipo de lenguaje que puede significar muchas cosas o una sola, dependiendo del contexto.
Había escrito la mitad cuando Leo tiró de su mano.
—Míralo —dijo, levantando el dibujo entre los dos.
Clara guardó el móvil con la frase incompleta. La recuperaría de memoria más tarde, o no la recuperaría del todo.
—¿Qué es? —preguntó, mientras seguían caminando.
Leo miró el dibujo.
—Un árbol —dijo—. Pero con lluvia. El árbol nos tapa.
Clara miró el dibujo. Las dos figuras de palo debajo del árbol. La figura grande con algo que podía ser un brazo extendido hacia la pequeña.
—Es para papá —dijo Leo.
Clara le apretó la mano. Leo caminó a su lado con esa concentración suya de llevar algo importante.
Cuando llegaron a casa, David estaba en el salón con el libro sobre el regazo, aunque no parecía estar leyendo. Levantó la vista cuando entraron.
Leo le fue directo con el dibujo extendido.
—Para ti —dijo.
David lo cogió. Lo miró con esa atención real, no técnica, la que era genuinamente suya.
—¿Quiénes son? —preguntó.
—Tú y yo. El árbol tapa la lluvia.
—¿Quién lo dice?
—El árbol —dijo Leo—. Los árboles no necesitan paraguas porque son el paraguas.
David asintió, con una seriedad que correspondía exactamente a la del razonamiento. Dobló el dibujo con cuidado y lo guardó en la página del libro donde estaba leyendo.
Clara lo observó desde el pasillo: ese hombre doblando el dibujo de su hijo con cuidado, guardándolo como un marcapáginas, con la misma ternura real de siempre.
Pensó en el apéndice D. Pensó en el índice de disociación funcional y sus valores sin contexto.
Pensó en lenguaje que puede significar muchas cosas o una sola.
Fue a la cocina a preparar la cena.
Esa noche, después de que Leo durmiera, David le dijo que la quería.
No como apertura a algo: lo dijo de la forma en que se dicen las cosas que son tan ciertas que ya no necesitan ocasión. Estaban en el sofá, ella con el libro, él con la televisión en silencio, y él se giró y dijo:
—¿Sabes que te quiero mucho?
Asintió con una media sonrisa.
—Muchísimo —puntualizó él. Y se volvió hacia la televisión. Era exactamente la forma en que lo habría dicho siempre.
—Yo te quiero más —respondió Clara al fin, intentando sonar juguetona.
Volvió al libro. Pensó en el dibujo guardado entre las páginas. Pensó en el oso bajo la lluvia y el árbol que tapaba. Pensó en Ana Brun y en lo que Ana Brun había decidido no decir.
Siguió leyendo.
La casa siguió siendo lo que era.
Y eso, a estas alturas, era lo más difícil de sostener.