Capítulo VIII El vínculo
Buscó la calle.
Llevaba varios días dándole vueltas a la dirección que había anotado en el cuaderno —la que había encontrado con la búsqueda visual del teléfono, a partir de la fotografía en el móvil de David— y una tarde, mientras Leo estaba en el jardín de infancia y David descansaba después de fisioterapia, la escribió en el buscador sin un plan claro.
Quería saber qué había allí: qué tipo de zona era, si encajaba con algo, si aquel edificio de ladrillo oscuro, puerta metálica y tres escalones pertenecía a alguna clase de explicación o seguía siendo solo una imagen suelta.
Primero apareció el mapa: una zona industrial en reconversión, al sur de la ciudad, con naves, almacenes y alguna oficina nueva entre estructuras más viejas. Nada hablaba por sí solo.
Siguió mirando. Buscó el nombre de la calle junto con el número, por si aparecía algo con más contexto: una empresa registrada en esa dirección, un aviso municipal, cualquier rastro que le diera textura al edificio.
Entre entradas del registro de empresas y una referencia de Google Maps, apareció una noticia de un periódico regional de Valencia fechada diez días atrás.
La noticia trataba de una nave en un polígono industrial de Rascanya, en Valencia. Había llegado hasta sus resultados por una palabra del texto que coincidía con el término usado en la búsqueda: el nombre de una empresa.
La leyó sin saber todavía por qué se detenía en ella.
Hombre hallado inconsciente en zona industrial del barrio de Rascanya. La policía investiga las circunstancias.
La nota era escueta, de esas noticias de sucesos que todavía no tienen suficiente materia para llenar un párrafo: un hombre de mediana edad, encontrado por un vigilante de seguridad cerca de un almacén en el polígono de Rascanya, en estado de inconsciencia.
Sin documentación encima. Sin signos externos de violencia, aunque se mencionaban lesiones menores en el antebrazo derecho .
La policía estudiaba si había terceras personas implicadas. La identidad no había sido revelada.
Fecha del hallazgo: el martes anterior.
El martes de la segunda desaparición.
Clara lo leyó dos veces. Luego fue a buscar el cuaderno.
La entrada de ese martes: la segunda ausencia, las horas, el jersey burdeos, el ticket, la llamada en alemán. David fuera desde las cuatro de la tarde hasta las siete y once. El parque de la esquina convertido en otra cosa.
Valencia estaba a una hora y cuarenta en tren de alta velocidad.
El ticket era de las cinco y cuarenta y tres.
El margen cabía. Matemáticamente cabía, y todavía no era una conclusión: solo una constatación geométrica, algo que podía no significar nada y que, sin embargo, se quedó dentro de ella con la terquedad de las cosas que no se desinstalan.
Lo que la había llevado a la noticia era el nombre de la empresa vinculada a la nave. En el cuarto párrafo, entre detalles logísticos: la nave pertenece a un grupo de distribución denominado Delbran, con sede registrada en Ámsterdam.
Delbran.
Clara buscó el nombre. Una empresa de logística con operaciones en varios países del sur de Europa, estructura distribuida entre matrices en Países Bajos y Alemania. Web corporativa discreta y genérica. Número de contacto con prefijo alemán.
Lo comparó con el número del historial de llamadas de David.
Los números no coincidían. Los últimos cuatro dígitos diferían. Podía tratarse de un departamento distinto, de una rama, de una coincidencia entre dos líneas alemanas del mismo operador. Nada se sostenía solo.
Cerró el teléfono.
Más tarde, ese mismo día, apareció en el archivador.
No lo buscaba de forma directa. Revisaba los documentos del ensayo clínico en busca del nombre de Ana Brun, la enfermera investigadora que había visto en una carta de coordinación y que había empezado a rastrear en LinkedIn con la torpeza de quien entra en un terreno que no conoce.
Pasando páginas ya vistas otras veces, llegó al listado de instituciones colaboradoras del ensayo.
Ya había pasado por allí. No había leído hasta el fondo.
Cinco centros: el hospital de Reyes, dos hospitales universitarios, un instituto de Ginebra. Al pie del listado, sin logo, en una tipografía más pequeña que el resto:
Fundación Delbran para la Investigación Biotecnológica.
Clara leyó el nombre dos veces.
Se guardó el nombre. No había nadie ante quien pronunciarlo. Leo dormía. David llevaba un rato callado en el salón, con el libro sobre el regazo y esa quietud de las tardes largas.
Guardó el archivador, fue a la cocina y encendió el hervidor, aunque no quisiera café. Necesitaba que las manos hicieran algo concreto mientras el resto de ella encontraba sitio para lo que acababa de leer.
La Fundación Delbran financiaba el ensayo en el que David había participado.
La empresa Delbran tenía una nave en Valencia donde habían encontrado a un hombre inconsciente el mismo martes de la segunda desaparición.
El número de teléfono al que David había llamado durante esa ausencia tenía el mismo prefijo que el número de contacto de la web corporativa, aunque no era el mismo número.
Tres datos. Clara los sostuvo, uno por uno, sin unirlos todavía, igual que quien tiene tres piezas que quizá pertenecen al mismo rompecabezas o a tres distintos, y sabe que encajarlas antes de tiempo también puede ser una forma de error.
El hervidor hirvió.
Clara preparó el café y no lo bebió.
Esa noche David cocinó tortilla.
La tortilla quedó razonablemente bien, aunque Leo tuvo el mismo problema de siempre: la textura le parecía demasiado blanda, una opinión gastronómica que sostenía con total convicción desde los dos años.
La negociación terminó con Leo comiendo la mitad y declarando que la otra mitad era para el oso.
—El oso no come tortilla —dijo David.
—El oso come de todo —dijo Leo, con la firmeza de quien conoce mejor que nadie los hábitos alimenticios de su oso.
David lo miró. Luego miró a Clara. En esa mirada compartida, por encima de la cabeza del niño, hubo una complicidad tan familiar y tan suya que Clara tuvo que bajar los ojos al plato.
El archivador estaba en su sitio, en la habitación, con el listado de instituciones colaboradoras en la segunda sección.
Guardó silencio.
Esa noche, mientras David dormía, abrió el cuaderno.
Escribió el nombre. Escribió la noticia. Escribió la fecha, la hora y la coincidencia geométrica que todavía no alcanzaba a ser una conclusión.
Luego escribió: No sé si estoy viendo algo o si estoy construyendo algo. No sé si hay diferencia ya.
Cerró el cuaderno.
La respiración de David era regular.
Afuera, la ciudad era lo que siempre: ruido bajo, luz difusa, el sonido esporádico de un coche que pasaba. Clara miraba el techo y pensaba en el listado de instituciones, en la tipografía pequeña al pie de la página, en la hoja que había tenido delante meses antes sin leerla del todo.
Lo más difícil no era lo que había encontrado.
Era el tiempo que llevaba mirando sin ver.