Laguna (Tríptico Delbran 1) Capítulo VII La distancia #3
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Capítulo VII La distancia #3

—¿Cuánto tiene? —preguntó Clara.

—Treinta y siete ocho. Nada serio.

Leo levantó la vista hacia su madre con los ojos un poco brillantes de la fiebre y dijo:

—Me duele la cabeza.

—Ya sé, cariño.

—Papá me ha dado el jarabe.

—Bien.

—Y me ha traído agua con una pajita.

—¿Sí?

—Una pajita azul. —Leo procesó esto—. Solo tenemos azules.

Clara fue a la cocina, se hizo un café y se quedó junto a la encimera, mirando por la ventana el jardín de noviembre: la tierra, los tiestos de Tomás.

Pensó en la conversación del viernes, en la mano de David sobre la frente de Leo, en hay momentos en que siento que llego tarde a mí mismo.

No sabía cómo se vivía con el amor y el miedo orientados hacia la misma persona, pero ahí estaba, viviéndolo.

Fue esa tarde cuando le preguntó sobre el tratamiento.

Leo dormía la siesta de la fiebre, más larga que la habitual porque el cuerpo pedía horas. La casa tenía la calma suspendida de las enfermedades infantiles leves, con el olor a jarabe de fondo.

Estaban en la cocina. David releía algo en el móvil y Clara estaba terminando el café frío que había dejado a medias por la mañana, y la pregunta salió sin premeditación táctica, de la misma forma en que salían las preguntas importantes cuando llevaban demasiado tiempo esperando.

—¿Alguna vez has pensado en parar el tratamiento?

David levantó la vista del móvil.

—¿En parar el DBS?

—O en pausarlo. En cambiar algo. —Clara buscó las palabras con cuidado—. Si lo que describes, los huecos, si parte de eso pudiera ser una consecuencia del estimulador, o de la interacción con la medicación, ¿no tiene sentido revisarlo?

David la miró durante un momento con esa atención suya que a veces tenía dos capas: la visible, la de alguien que escucha y procesa, y otra por debajo que Clara ya notaba sin terminar de formularla.

—No quiero parar —dijo.

—¿Por qué?

—Porque si paro no sé qué queda.

La respuesta tenía una lógica evidente: la de alguien que ha regresado de un lugar del que casi no se regresa y teme que cualquier cambio en las condiciones del regreso deshaga algo fundamental.

Pero el tono no coincidía del todo con esa lógica.

Sonó más breve, más cerrado de lo habitual, como una decisión tomada en algún lugar y fijada allí sin verdadera deliberación.

Clara asintió. No discutió. Volvió a su café.

David bajó la vista al móvil.

Y en la distancia entre esos dos gestos —ella volviendo al café, él al móvil— apareció una grieta nueva, todavía sin forma de pelea ni de tensión visible, del tipo que no se cierra solo con voluntad porque no es voluntad lo que la ha abierto.

Esa noche, mientras David duchaba a Leo —Leo mejor, la fiebre bajada, el ánimo recuperado con esa velocidad que tienen los niños pequeños para pasar del decaimiento total a la energía total— Clara fue al dormitorio.

Abrió el cajón de la mesilla.

Sacó el cuaderno.

No escribió nada nuevo todavía. Solo lo abrió en la última página escrita y releyó las entradas de las últimas semanas: las horas, los estados de ánimo, la dirección que había identificado, el número de teléfono, el ticket.

La prosa apretada y sin adornos que era su propia letra convertida en registro.

Y luego escribió, debajo de la última entrada:

Dice que tiene miedo. Creo que es verdad.

Se detuvo un momento.

No quiere parar el tratamiento. Demasiado rápido. Demasiado firme.

Dejó un espacio en blanco.

No sé si lo que le pasa dentro de él y lo que le pasa fuera de él son la misma cosa o dos cosas distintas. Eso es lo más aterrador.

Cerró el cuaderno.

Desde el baño llegaba el sonido del agua y la voz de Leo explicando algo sobre el oso —el oso necesitaba un baño también, era una conversación recurrente que David siempre gestionaba con paciencia— y luego la voz de David respondiendo, baja, con esa cadencia suya de cuando hablaba con Leo, que era una cadencia distinta a todas las demás, más lenta, más atenta, más completamente él.

Clara guardó el cuaderno en el cajón.

Se quedó sentada en el borde de la cama un momento, con las manos sobre las rodillas.

La conversación del viernes le había dejado algo que no había podido escribir en el cuaderno porque no cabía en una frase corta: el sufrimiento de David era real, su miedo también, y nada de eso cambiaba lo que ella había encontrado en el cajón de la mesilla, ni el número de teléfono, ni la dirección de la fachada, ni la grabación en alemán.

Sostenerlo todo a la vez exigía una clase de fuerza que nadie le había enseñado.

Habría sido más sencillo que una parte fuera mentira.

El agua del baño se cerró. La voz de Leo, ya más alta, anunciando que el oso estaba limpio.

Clara se levantó, fue al pasillo, y esperó a que David abriera la puerta del baño con Leo envuelto en la toalla de los dinosaurios, y cuando lo vio salir así —el niño pequeño en brazos del padre, los dos mojados y tibios, Leo riéndose de algo que solo él sabía— sintió el amor con una precisión que dolía, que cortaba, que era perfectamente real.

Y, con la misma precisión, el miedo.

Los dos juntos, sin moverse de sitio.