Capítulo VII La distancia #2
—Tengo toda la camisa puesta —dijo Leo, con la satisfacción específica de los logros modestos pero propios.
—Sí.
—¿Estoy guapo?
Un segundo de silencio. Solo uno.
—Estás muy guapo —dijo David.
Clara colgó la camiseta en el tendedero y no entró a la habitación de Leo. Esperó en el pasillo hasta que los escuchó salir, y luego fue al baño y terminó de tender la ropa con las manos que no le temblaban pero que tampoco estaban del todo quietas.
La cita con Lucía fue el miércoles siguiente.
Clara llegó con David porque habían ido antes al control de rutina con Reyes —seguimiento estándar, revisión del estimulador con el programador inalámbrico, nada nuevo que anotar— y desde la clínica neurológica hasta el centro donde Lucía tenía su consulta había quince minutos en coche que era más práctico hacer juntos.
David entró a la sesión. Clara se quedó en la sala de espera con el libro y el café de la máquina que estaba malo pero que cumplía la función de tener algo caliente entre las manos.
Estuvo leyendo durante cuarenta minutos con una concentración razonable.
Fue cuando fue al baño cuando ocurrió.
Pasó por delante de la puerta de la consulta de Lucía al volver, y la puerta estaba entornada, y Clara no lo planeó, no redujo el paso deliberadamente, solo ocurrió que al pasar por delante escuchó un fragmento.
Apenas unos segundos. La voz de Lucía, que era baja y medida, diciendo algo que Clara no capturó del todo, y luego un silencio, y luego la voz de David respondiendo algo que tampoco captó.
Lo que sí captó fue el momento en que pasó junto a la mesa auxiliar del pasillo, donde Lucía dejaba a veces las carpetas entre sesiones. Había una carpeta entreabierta. Clara no la tocó. Pero el ángulo desde donde pasó le permitió ver, en la hoja superior, una línea subrayada con tinta azul.
Dos palabras y un signo demasiado separado.
Disociación ejecutiva ?
Siguió caminando.
Se sentó en la sala de espera. Abrió el libro en la página de siempre. No leyó nada durante los siguientes diez minutos.
Disociación ejecutiva era una expresión clínica que Clara podía buscar y que buscaría esa noche.
Antes incluso de conocer su significado preciso, ya había empezado a construirlo en algún lugar de la cabeza.
El signo de interrogación era más difícil de calcular: convertía la expresión en hipótesis, en posibilidad, en algo que Lucía todavía no quería afirmar, pero tampoco descartaba.
No sabía si la inquietaba más la pregunta o la prudencia de haberla dejado escrita así.
David salió de la sesión once minutos después con esa expresión habitual de esfuerzo reciente, y Clara cerró el libro y se levantó y le preguntó si quería tomar algo antes de volver a casa, y él dijo que sí, y fueron a la cafetería de la esquina, y Clara escuchó el relato de la sesión que David eligió compartir —fragmentario, como siempre, no por evasión sino porque así era como le llegaban las cosas— y asintió en los lugares apropiados y pensó en el signo de interrogación.
La conversación ocurrió el viernes por la noche.
Leo dormía. La casa estaba en esa quietud propia de las noches de semana cuando no hay que madrugar al día siguiente y la presión del horario se afloja un poco.
Estaban en la cama, los dos despiertos, con las lámparas apagadas, y era uno de esos silencios compartidos que no necesitan llenarse y que Clara había aprendido, en los primeros años de su relación, a distinguir de los silencios que sí necesitan llenarse.
Fue David quien habló.
—¿Puedo decirte algo que no sé si tiene sentido? —dijo.
—Sí —dijo Clara.
Clara esperó, con esa paciencia nueva que no era natural sino adquirida, la paciencia de quien sabe que algunas cosas necesitan el tiempo que necesitan.
—Hay momentos —dijo David, despacio, como alguien que está encontrando las palabras mientras las dice— en que siento que llego tarde.
—¿A qué?
—A mí mismo. —Se detuvo—. No sé si tiene sentido. A veces me encuentro ya haciendo algo. Ya habiendo respondido algo. Ya habiendo pensado algo. Y luego llego yo y lo que hay es el resultado, pero no el proceso.
Clara guardó silencio.
—Como cuando te despiertas y tienes la sensación de haber hecho algo mientras dormías, pero no recuerdas haberlo decidido. —Se detuvo de nuevo—. Pero despierto.
—¿Le has dicho esto a Lucía? —preguntó Clara.
—Algo parecido. —Esta vez el silencio fue más largo—.
Es difícil explicarlo porque no ocurre cuando estoy con vosotros.
Ocurre en los bordes, en la transición entre estar en un sitio y estar en otro.
Hay un momento en que el que llega no es exactamente el que se fue, y el que se fue no recuerda del todo que se fue.
Clara sintió entonces miedo y ternura a la vez, una apertura y una contracción que no conseguían anularse.
—¿Te asusta? —preguntó.
David tardó en responder.
—Sí —dijo. Y la honestidad de ese sí era completa, sin bordes, sin adornos—. Me asusta porque no puedo vigilarlo. No puedo decirme esto no va a volver a ocurrir porque no estoy ahí cuando ocurre. Solo estoy aquí.
Clara giró la cabeza hacia él en la oscuridad. Podía ver el perfil de su cara por la luz mínima que entraba de la calle: la línea de la nariz, el arco de la ceja, la mandíbula.
—¿Y qué quieres hacer? —preguntó.
—No sé. —Y luego—: Seguir. Eso es lo que quiero. Seguir aquí.
Era una respuesta humana, la de alguien que ha recuperado la vida después de tres años de no tenerla y no quiere renunciar a ella, ni siquiera cuando la vida incluye aquello que ocurre en los bordes.
Clara extendió la mano en la oscuridad y encontró la de él sobre la colcha. Los dedos de David respondieron, se cerraron alrededor de los suyos, y ella pensó que ese contacto era real, que el calor de su mano era real, que el miedo que él acababa de describir era real.
Y pensó también, con una claridad que no había pedido: que nada de eso lo hacía menos peligroso.
Esa claridad la sostuvo durante dos días.
El domingo, Leo amaneció con un poco de fiebre —nada alarmante, la fiebre baja de noviembre que complementaba la tos de semanas atrás—, y David se levantó antes que Clara a darle el desayuno porque Clara había tenido una noche mala y él lo sabía sin que ella se lo dijera.
Cuando Clara bajó, encontró a Leo en el sofá con una manta, el oso y la televisión puesta en bajo; David estaba sentado a su lado, con la mano en la frente del niño, haciendo ese gesto diagnóstico de los padres que miden la temperatura con la palma.