Capítulo VII La distancia
Hubo cuatro días buenos seguidos.
Clara los contó. No en el cuaderno —el cuaderno era para las anomalías, para los bordes irregulares de las cosas— sino en la parte de su cabeza que llevaba meses llevando una contabilidad silenciosa del tiempo: días sin ausencias, días sin silencios imposibles, días en que David era reconociblemente él y la casa era reconociblemente casa.
Había noches en que Clara deseaba tocarlo más allá del gesto de consuelo y, precisamente por eso, no lo hacía.
Cuatro días. Del lunes al jueves de la tercera semana de noviembre.
El lunes fue fisioterapia por la mañana y una tarde tranquila en casa con Leo.
El martes fue la compra, que hicieron los dos porque David había pedido venir — quiero hacer cosas normales , había dicho, con una sencillez que le dolió a Clara de una manera que no supo ubicar— y que se había extendido más de lo necesario porque Leo venía también y Leo en un supermercado era una expedición de las que requieren paciencia y cierta estrategia.
El miércoles, Irene y Tomás vinieron a cenar.
El jueves no pasó nada concreto, y no pasar nada concreto era, a esas alturas, algo que Clara reconocía como una forma de bien.
Aquella noche Leo se durmió pronto.
Había pedido el cuento del árbol grande y se había quedado dormido antes del final, con una mano todavía encima de la colcha, como si hubiera querido retener una última pregunta y el sueño se le hubiera adelantado.
Clara le apartó el pelo de la frente, le recolocó el oso junto a la mejilla y dejó la puerta entornada con el hueco exacto que siempre dejaba, ni abierta del todo ni cerrada del todo, para poder oírlo si llamaba y para que él, si se despertaba, no sintiera la habitación completamente separada del resto de la casa.
Abajo, en la cocina, David estaba llenando un vaso de agua.
Clara lo oyó antes de verlo: el cristal contra el fregadero, el grifo, luego el silencio breve que seguía a los gestos cuando uno está solo y no necesita fingir continuidad entre una cosa y la siguiente.
Bajó solo a apagar una luz que había dejado encendida y lo encontró de espaldas, con el vaso en la mano y la camiseta gris pegada un poco a la espalda por el calor de la casa.
—¿No subes? —preguntó.
David se giró. Tenía esa cara cansada de las noches en que el día le había pesado más de lo normal, pero no parecía mal. Solo lento.
—Ahora —dijo.
Clara asintió y volvió arriba.
Se metió en la cama con la lámpara de su lado todavía encendida.
No abrió el libro que había dejado sobre la mesilla.
Se quedó mirando la pared, escuchando cómo David subía la escalera despacio, una mano en la barandilla, el pequeño retraso del pie derecho que seguía estando ahí incluso en los días buenos.
Entró en el dormitorio sin hacer ruido. Se quitó la camiseta.
Dejó el vaso sobre la mesilla. Después apagó la lámpara y la oscuridad de la habitación se cerró en torno a los dos con esa familiaridad nueva que todavía no terminaba de ser una costumbre.
El colchón cedió cuando él se tumbó.
Durante unos segundos no pasó nada. Clara oía la respiración de David, aún un poco alta por la subida de la escalera, y el zumbido lejano de la nevera abajo, y el paso de un coche por la calle de detrás.
Le parecía extraño que la casa pudiera seguir sonando igual en noches como esa, cuando bastaba estirar una mano para tocar la prueba de que todo había cambiado y, al mismo tiempo, no lo suficiente.
Fue ella quien se volvió primero.
No lo hizo como quien busca consuelo. Esa noche no.
Se giró hacia él y dejó la mano sobre su brazo, encima de la sábana, durante un segundo apenas, antes de subir hasta el hombro y acercarse más.
David respondió también volviéndose. Su mano le encontró la cintura por encima del camisón y se quedó allí, caliente, reconociéndola.
Clara levantó la cara y lo besó.
El beso fue suave al principio. Reconocible.
La boca de David seguía siendo la suya: el modo en que apenas inclinaba la cabeza, la respiración contenida un instante antes de entrar del todo en el gesto, la cautela tierna con la que siempre había empezado.
Clara sintió el alivio antes de permitirse pensarlo.
No era solo ternura. Tampoco era solo nostalgia.
Era el cuerpo recordando un camino que había creído cerrado.
Le puso la mano en el pecho. Notó el calor debajo de la camiseta, el latido respondiendo.
David la atrajo un poco más hacia sí, y entonces el beso cambió.
No mucho. Lo suficiente. La mano de él descendió por su espalda con una seguridad antigua, y Clara cerró los ojos al reconocer en ese gesto no al paciente, ni al hombre al que había ayudado a vestirse, ni al cuerpo que había vigilado durante semanas, sino a su marido.
Sintió contra su vientre la respuesta del cuerpo de David, clara, casi dolorosamente normal.
Durante unos segundos creyó que podían.
Creyó que la cama podía dejar de ser hospital, espera, turnos de sueño, miedo a despertarlo o a no despertarlo. Que podía volver a ser una cama de los dos. Que el cuerpo de David podía volver a acercarse al suyo sin pedir permiso a todo lo que había pasado entre medias.
Buscó su boca otra vez, con más hambre y menos cuidado.
David respondió. Eso fue lo que más le dolería después: que respondió.
Le besó el cuello, la mejilla, la comisura de la boca.
Sus dedos se cerraron un poco sobre la tela del camisón y Clara sintió, con una mezcla de deseo y vértigo, que él también estaba intentando volver por ahí.
No por las palabras. No por los informes.
No por la gratitud de seguir vivos. Por el cuerpo.
Pero entonces algo se desajustó.
No fue una retirada brusca. No fue rechazo.
David siguió allí, pegado a ella, respirando contra su piel.
Su mano seguía en su cintura, pero había dejado de moverse.
El beso continuaba, aunque con una atención extraña, demasiado aplicada, como si él estuviera repitiendo una secuencia que conocía y al mismo tiempo necesitara comprobar cada paso antes de darlo.
Clara tardó un momento en entender qué la estaba enfriando.
No era falta de deseo. No del todo. Había deseo, o el recuerdo del deseo, o una voluntad honesta de alcanzarlo. Pero algo llegaba tarde. Algo en David respondía bien y, aun así, no terminaba de estar en el mismo sitio que ella.
Se apartó apenas.
—David —susurró.
Él abrió los ojos en la oscuridad. Clara no pudo verlos del todo, solo la línea de su cara y la boca entreabierta. Estaba allí. La miraba. Pero había en él una concentración triste, casi dolorosa, como si intentara sujetar con las dos manos algo que se le escapaba por dentro.
—Estoy… —empezó.
No terminó.
Clara le tocó la mejilla. David cerró los ojos un instante, apoyó la frente en la suya y respiró hondo. Luego le dio un beso corto, pequeño, casi una disculpa.
—Espera —dijo.
La palabra no sonó a negativa. Sonó a alguien que necesitaba alcanzarse antes de seguir.
Clara soltó despacio la tela de su camiseta.
—No pasa nada.
La frase salió demasiado rápida. Demasiado útil.
David se quedó quieto un segundo más. Después se tumbó boca arriba, con una mano sobre el pecho y la otra a un lado, abierta sobre la sábana. Clara permaneció de costado, mirándolo en la penumbra, hasta que el cuerpo de él dejó de parecerle una promesa y volvió a parecerle un cuerpo cansado.
Se tumbó también.
Entre los dos quedó una distancia pequeña, perfectamente salvable, y ninguno de los dos la cruzó. Desde la habitación de Leo no llegaba ningún sonido. La casa estaba quieta otra vez, con esa quietud doméstica que no tenía nada de dramático y, por eso mismo, lo empeoraba.
Al cabo de un rato, David habló.
—Perdona.
Clara mantuvo los ojos abiertos en la oscuridad.
—No —dijo—. No pidas perdón.
Quiso decir algo más. No supo qué. Estiró la mano por encima de la sábana hasta encontrar la de él. David la dejó allí. Le cerró los dedos alrededor con suavidad, como si ese gesto siguiera siendo sencillo, como si al menos ese recorrido entre un cuerpo y otro todavía pudiera hacerse sin perderse.
Se quedaron así hasta dormirse.
A la mañana siguiente, cuando Clara abrió los ojos, David ya no estaba en la cama.
Por debajo de la puerta llegaba la luz de la cocina y el sonido del cajón de los cubiertos.
Se quedó inmóvil unos segundos, con la mano todavía en el lugar donde había estado la de él durante la noche, y comprendió que lo que más dolía no era que algo hubiera fallado.
Lo que dolía era que, durante unos segundos, había creído que no iba a fallar.
El viernes por la tarde, mientras secaba la ropa en el tendedero del baño —una de esas tareas domésticas que tienen el beneficio de requerir las manos y dejar la mente en un estado de semiactividad que no era pensar ni era descansar—, escuchó a David y a Leo en la habitación de Leo y se quedó quieta un momento con la camiseta de Leo en la mano.
Era una conversación pequeña.
Era Leo pidiéndole a David ayuda con los botones de una camisa.
Leo había decidido ese día que quería ponerse la camisa azul de los cumpleaños —una camisa con botones pequeños que Irene le había comprado y que Leo adoraba por razones propias y misteriosas— y los botones eran demasiado pequeños para sus dedos todavía torpes, y Clara normalmente lo ayudaba, pero David estaba más cerca.
Lo que Clara escuchó fue esto:
—Así, con los dos dedos. No con uno.
—Con uno no puedo.
—Con dos tampoco al principio. Pero mira.
Silencio. El sonido de una tela siendo manipulada.
—Ese ya está.
—¿Y ese?
—Ese también.
—¿Y el de arriba?
—El de arriba siempre es el más difícil porque es el más pequeño.
Un silencio más largo. Clara imaginó los dedos de David sobre el botón más pequeño, esa concentración nueva que ponía en los gestos manuales, la precisión que le había devuelto la fisioterapia pero que todavía tenía algo de deliberado.
—Ya —dijo Leo.
—Ya —confirmó David.