Laguna (Tríptico Delbran 1) Capítulo VI El cuaderno #2
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Capítulo VI El cuaderno #2

El martes de la segunda desaparición. Cinco minutos antes del ticket del café.

Clara se quedó mirando la imagen. Leo preguntó algo, pero ella no lo escuchó del todo.

—¿Qué es eso? —repitió Leo.

—Una casa —dijo Clara.

—¿De quién?

—No sé.

Leo perdió interés. Se fue al suelo con el oso.

Clara pasó a la imagen siguiente. No había más: era la última foto en esa carpeta que el sistema había generado de forma automática. Hizo una captura de pantalla. La envió a su propio teléfono. Borró el mensaje de los enviados. Volvió a la galería normal. Le mostró a Leo más fotos de bebé.

Leo señaló una en la que salía con una cara de sorpresa absoluta.

—Ese soy yo haciendo una cara —dijo.

—Sí —dijo Clara.

—Qué cara.

—Una cara muy grande —dijo Clara, y la voz le salió limpia.

Esa tarde buscó el edificio.

Usó la búsqueda visual del teléfono, esa función que identifica lugares por imagen, sin demasiada expectativa.

Le devolvió una zona de la ciudad en menos de un minuto: una calle a unos veinte minutos a pie de casa, en una zona que Clara conocía de forma vaga y sin motivo particular, de esas zonas de ciudad que uno cruza sin detenerse.

Comprobó la fachada en el mapa. No había rótulo visible, solo la puerta de metal y los tres escalones.

Anotó la dirección en el cuaderno.

La escribió con la misma letra apretada y sin adornos que usaba para las horas y los tickets. Solo la calle y el número. No añadió ningún comentario, ninguna hipótesis, ninguna valoración. Solo la dirección, como un hecho más entre los hechos.

Luego estuvo sentada en el borde de la cama durante un rato con el cuaderno cerrado sobre las rodillas.

Pensó en ir. La dirección estaba a veinte minutos. Podía acercarse cualquier tarde mientras Leo estaba con Irene o en el jardín, mirar la fachada desde la acera y saber si era lo que parecía en la foto o solo un edificio cualquiera entre tantos.

No fue.

Ir significaba dar un paso que todavía no estaba segura de querer dar. Mientras la dirección fuera una anotación en el cuaderno, podía seguir siendo solo una dirección; una vez que la visitara, sería otra cosa.

Guardó el cuaderno en el cajón.

Esa noche David hizo la cena.

Aún no ocurría a menudo —las noches largas lo agotaban y Clara había asumido la mayor parte de las comidas sin discutirlo—, pero aquel jueves lo hizo. Cocinaba con una concentración torpe que convertía la cena en una actividad de riesgo y, a la vez, en algo entrañable.

Hizo pasta. La pasta quedó bien. Leo comió dos platos, que era su forma de expresar la aprobación máxima, y David le revolvió el pelo después del segundo plato con ese gesto que ya era automático, ya era parte del vocabulario físico entre ellos, y Leo no protestó.

Después de cenar fregaron juntos. David lavaba, Clara secaba, con esa división del trabajo doméstico que se había instalado sola en los primeros años de casados y había vuelto ahora sin que nadie la propusiera, por simple memoria de los cuerpos.

—¿Sabes lo que me dijo Leo hoy? —dijo David, pasándole un plato.

—¿Qué?

—Que quiere un perro.

—Leo siempre quiere un perro.

—Me lo dijo con mucha seriedad. Me dijo que un perro pequeño no ocuparía mucho.

—Un perro pequeño ocupa exactamente lo mismo que uno grande en lo que a responsabilidad se refiere —dijo Clara.

—Eso le dije yo.

—¿Y?

—Me dijo que eso no era verdad porque los perros pequeños comen menos.

Clara sonrió. Una sonrisa pequeña, que salió antes de que pudiera decidir si quería dejarla salir, y que se quedó en su cara un momento mientras secaba el plato.

David la miró de lado.

—Te he echado de menos —dijo. No con melancolía: con esa sencillez de las cosas que se dicen cuando son simples y ciertas.

—¿Cuándo? —preguntó ella, porque la pregunta era ambigua y lo sabía y lo necesitaba así.

—Siempre —dijo él—. Los tres años. Y ahora también, aunque estemos aquí.

Clara dejó el plato en el escurridor.

—¿Cómo puedes echarme de menos si estás aquí? —preguntó.

David no respondió de inmediato. Fregó otro plato con esa concentración que ponía en las cosas manuales, esa atención al gesto concreto que podía ser su carácter o podía ser algo más nuevo, y luego dijo:

—A veces siento que hay partes de mí que no están aquí del todo. Y esas partes no pueden echarte de menos. Pero el resto sí.

Era una cosa humana de decir, propia de alguien que intentaba nombrar lo que sentía, aunque lo que sentía no se dejara ordenar fácilmente.

Clara tomó el plato siguiente y lo secó.

—Lo sé —dijo.

Y era verdad, aunque en esa cocina la verdad no simplificara nada.

Esa noche, mientras David dormía, Clara no abrió el cuaderno.

Estuvo tumbada mirando el techo con los ojos abiertos, escuchando la respiración de él, y pensó en la dirección que había anotado esa tarde y en el momento en el que había decidido no ir.

El cuaderno hacía algo que ella no había anticipado: no solo registraba a David. También la registraba a ella. Cada entrada tenía la hora en que la había escrito, y leídas una detrás de otra componían el mapa de sus noches en vela, de sus miedos con horario.

Quizás eso era lo más honesto del cuaderno: que no podía anotar a David sin dejarse escrita también a sí misma. La observación volvía sobre ella, aunque él no lo supiera.

Pensó en la pasta de la cena. En Leo comiendo dos platos. En a veces siento que hay partes de mí que no están aquí del todo.

Pensó en la fotografía de la fachada, en los tres escalones, en la puerta de metal.

Pensó en el cuaderno azul oscuro que casi era negro, en el cajón de la mesilla, debajo del libro.

Pensó que había empezado a vivir en dos capas y aún no sabía cómo conservar una sin que la otra acabara destruyéndola.

La respiración de David era regular.

La casa estaba quieta.

Clara cerró los ojos y esperó al sueño con la misma paciencia con la que esperaba ahora todas las cosas importantes: sin certeza, sin prisa, con los sentidos puestos en el sonido mínimo de algo que podría cambiar en cualquier momento.