Capítulo VI El cuaderno
Lo compró un jueves por la mañana, entre el supermercado y la farmacia.
No lo había planeado. Iba a comprar el jarabe de Leo —Leo llevaba tres días con tos, nada grave, la tos seca de noviembre que todos los niños del barrio parecían repartirse por turnos— y en el escaparate de la papelería que quedaba entre las dos tiendas había una caja de cuadernos de tapa dura apilados en distintos colores, y Clara entró sin haberlo decidido exactamente.
El que compró era azul oscuro. No el azul eléctrico de los cuadernos escolares: un azul que casi era negro, de tapa rígida, con las esquinas redondeadas y las páginas lisas en vez de rayadas.
Lo pagó junto al jarabe y lo metió en el fondo de la bolsa, debajo del jarabe, las vitaminas y el cartón de leche, queriendo que quedara cubierto por otras cosas.
En casa, lo guardó en el cajón de la mesilla de noche. El mismo cajón donde estaba el ticket de la máquina expendedora y el número de teléfono y el libro con el marcapáginas en la misma página de siempre.
Estuvo dos días sin abrirlo.
La primera entrada la escribió el sábado por la noche, cuando David dormía.
Tampoco hubo una decisión deliberada. Se despertó a las dos y cuarto —ese horario que su cuerpo ya conocía como el de las vigilias—, oyó la respiración regular de David y la calma cerrada de la casa, y sin saber exactamente cuándo había ocurrido se encontró sentada en el borde de la cama con el cuaderno abierto sobre las rodillas y el bolígrafo en la mano.
Estuvo un momento mirando la página en blanco.
Pensó que escribir volvía algo irreversible.
La escritura no tendría consecuencias prácticas inmediatas, pero admitía que había materia para una forma.
Mientras no hubiera cuaderno, la situación podía seguir siendo una suma de hechos sin sistema: la fibra azul, el jersey, el ticket, el número, la grabación en alemán.
Podían ser piezas sueltas; escritas en la misma página, dejaban de serlo.
Había personas que en momentos así llamaban a alguien.
Ella no era una de esas personas. Lo había aprendido muy pronto, antes de que pudiera formularlo como aprendizaje: que algunas personas sobreviven haciendo inventario en vez de pedir consuelo.
Su padre se llamaba Raúl y era militar y murió cuando ella tenía nueve años, y lo que quedó después fue silencio y procedimiento y la cara de su madre gestionando los formularios con una eficiencia que no dejaba espacio para nada más.
Quizás por eso Clara sabía hacer listas.
Quizás por eso el cuaderno le parecía más útil que una llamada.
Escribió la fecha: 11 de noviembre de 2026.
Luego escribió: Segunda ausencia. Martes, 11 de noviembre.
Se detuvo. Corrigió la fecha con un asterisco: la segunda ausencia había sido el martes anterior, no el once. Ya estaba equivocándose. Ya estaba empezando con un error.
Arrancó la página y empezó de nuevo.
Esta vez escribió solo hechos. Horas. Duración.
Jersey burdeos, sin etiqueta, talla M, procedencia desconocida.
Ticket: café solo, 17:43, código de establecimiento no identificado.
Llamada saliente: 17:51, cuatro minutos, número no guardado en contactos.
Respuesta: grabación en alemán, sin identificación.
Lo leyó.
Leyó su propia letra, inclinada y pequeña, más apretada de lo habitual. Tenía la sequedad de un informe y, al mismo tiempo, la proximidad de quien no puede tomar distancia de lo que está registrando.
Cerró el cuaderno. Lo metió de nuevo en el cajón.
Tardó mucho en dormirse.
Entre las traducciones de Clara, los informes médicos y las resoluciones de la baja de David —la prestación, el complemento del ayuntamiento, los oficios sellados que llegaban con una puntualidad impersonal— la casa seguía sosteniéndose con una dignidad cansada.
La semana que siguió fue, en su superficie, la más tranquila desde el alta.
David tuvo dos sesiones de fisioterapia y una con Lucía, y volvió de cada una de ellas con ese cansancio limpio del esfuerzo físico que era distinto al cansancio del miércoles o al cansancio de la segunda desaparición.
Comió bien. Durmió las horas. Por las tardes ayudaba a Clara en la cocina con una torpeza doméstica que era completamente suya —siempre había sido un hombre de pocas habilidades culinarias y mucha buena voluntad— y que a Clara le producía una ternura tan aguda que tenía bordes.
Leo lo llamaba ahora papá con naturalidad, sin el peso deliberado que había tenido las primeras veces.
Lo decía desde el otro lado de la habitación, como aviso, como interpelación, con esa economía de los niños que usan los nombres solo cuando los necesitan de verdad. Papá, el camión. Papá, esto. Papá, ven.
Una tarde, Clara los encontró en el suelo del salón, los dos tumbados boca arriba, con los brazos a los lados, sin hacer nada visible.
Leo había propuesto algo —algún juego cuya lógica interna solo él entendía del todo— y David lo había aceptado sin preguntar las reglas; ahora compartían una atención absurda y tranquila hacia el yeso del techo.
Clara los miró desde el pasillo y no entró. Retrocedió dos pasos y se apoyó en la pared del pasillo y cerró los ojos un momento.
Esa noche, cuando David dormía, abrió el cuaderno.
Escribió: Lunes. Miró el techo con Leo veinte minutos. Ninguna ausencia esta semana. Duerme bien. Cena normal. Fisio y Lucía. Llamadas: solo las habituales.
Y luego, tras demorarse un instante: Cuanto más normal está, más me cuesta.
No añadió nada más. Cerró el cuaderno.
La sesión de Lucía del miércoles fue de cincuenta minutos.
Clara esperaba en el banco del pasillo, que era su lugar habitual: un banco de madera con el respaldo demasiado recto que había tenido que soportar como una forma de penitencia voluntaria. Llevaba el libro, como siempre. Leía, como no siempre.
Lucía salió antes que David —David tardaba siempre unos minutos en recomponerse después de las sesiones, salía con esa expresión de esfuerzo reciente que Clara ya conocía— y se detuvo a hablar con ella brevemente, como hacía a veces.
No sobre el contenido de las sesiones: Lucía era muy precisa en lo que podía y no podía compartir. Pero hablaban del marco general.
—¿Cómo lo ve en casa? —preguntó Lucía.
—Esta semana mejor —dijo Clara—. Más presente.
Lucía asintió.
—Está trabajando bien —dijo, con esa formulación neutra de los terapeutas que dice mucho sin decir nada específico—. Hay cosas que le cuestan, pero hay voluntad real.
—¿Qué cosas le cuestan?
Tardó apenas un instante.
—Hablar de los huecos —dijo Lucía—. Cuando le pido que describa lo que recuerda de los episodios de ausencia, hay cierta...
—buscó la palabra con cuidado— resistencia.
No en el sentido de que no quiera hablar, sino de que el material no está disponible igual que otros recuerdos.
Esa zona parece tener una textura diferente.
—¿Eso es normal?
—Es consistente con lo que sabemos sobre la consolidación mnémica en contextos de alta actividad talámica —dijo Lucía, y luego añadió, con honestidad—: Aunque en este caso tenemos muy poca bibliografía comparable. Estamos trabajando en territorio que no tiene muchos mapas.
Clara asintió. Era la clase de respuesta que sonaba a explicación y no lo era del todo.
—¿Hay algo que yo deba hacer diferente en casa?
Lucía la miró con esa atención que tenía, que no era solo la atención clínica sino también algo más parecido a la curiosidad genuina por las personas.
—Seguir siendo quien es usted —dijo—. Eso es lo más útil.
David salió al pasillo en ese momento con su chaqueta bajo el brazo y esa expresión de esfuerzo reciente, y Lucía hizo esa transición suave de los profesionales que saben moverse entre conversaciones sin que se noten los bordes.
El hallazgo fue accidental, como casi todos los hallazgos que importan.
Era el jueves siguiente, al mediodía. David había ido a fisioterapia y Clara estaba en casa con Leo, que tenía el día libre del jardín de infancia por alguna gestión del centro, y que había decidido que ese día quería ver fotos.
No por ninguna razón concreta: Leo tenía una fase de fotos, una curiosidad nueva por las imágenes fijas que contrastaba con su habitual preferencia por los objetos en movimiento.
—Fotos de yo de pequeño —había dicho, con esa gramática en construcción que a Clara le resultaba simultáneamente encantadora y devastadora porque sabía que iba a desaparecer pronto.
—Las fotos de cuando eras pequeño están en el teléfono del papá —dijo Clara—. Las nuestras están en el mío.
Leo evaluó esta información.
—Las del papá —decidió.
Clara fue a por el móvil de David, que estaba cargando en la cocina. Lo desbloqueó con el código que David le había dado sin que ella lo pidiera, en los primeros días después del alta, con ese gesto sencillo que podía ser confianza o podía ser la ausencia de algo que custodiar.
Fue a la galería. Las fotos de Leo estaban organizadas por fechas, y Clara fue desplazándose hacia atrás buscando el primer año, las fotos del hospital de recién nacido, las que David había tomado con ese teléfono anterior cuyas fotos habían sido transferidas cuando Clara compró el nuevo.
Las encontró. Las fue pasando para Leo, que estaba a su lado con una concentración total: ese soy yo, esa eres tú, ese es el abuelo Tomás.
Y luego Clara se desplazó demasiado.
Fue hacia adelante en vez de hacia atrás, o hacia una carpeta distinta, no lo supo exactamente porque el gesto fue involuntario y torpe. Lo que apareció en pantalla no era Leo de bebé.
Era una fotografía tomada desde la calle.
Una fachada. Un edificio de cuatro o cinco plantas, de ladrillo oscuro, con una puerta de metal gris en la planta baja y tres escalones delante de la puerta.
No había ninguna señal visible, ningún letrero, ningún número de calle en el encuadre.
Era una foto funcional, sin composición, del tipo que uno toma para recordar una dirección.
La fecha en los metadatos: 10 de noviembre de 2026.
Las 17:38.