Laguna (Tríptico Delbran 1) Capítulo V El rastro
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Capítulo V El rastro

La segunda desaparición ocurrió un martes.

Ocurrió a media tarde, y eso lo hizo distinto.

Lo del miércoles anterior todavía podía refugiarse en la oscuridad, en esas horas en que el cuerpo hace cosas que la mente no supervisa del todo.

Esta vez sucedió en la franja de luz plana de noviembre que no es día completo ni atardecer todavía, cuando se supone que las personas están donde dicen estar.

Había sido un martes sin incidentes hasta las cuatro.

David había tenido fisioterapia por la mañana, había vuelto a casa a la una con el cansancio del miércoles trasplantado al martes —el cuerpo todavía asimilando los horarios del esfuerzo—, y había comido con Clara una sopa que ella había preparado sin premeditación, solo porque había sobras y porque el frío de noviembre pedía cosas calientes.

Leo estaba en casa de los abuelos: Irene lo recogía los martes a mediodía y lo devolvía antes de cenar, una rutina que había empezado como ayuda práctica y se había convertido en ritual.

Después de comer, David dijo que iba a descansar un rato.

Clara lo escuchó subir las escaleras. Escuchó los pasos cruzar el pasillo, la puerta del dormitorio cerrarse con suavidad.

Se quedó en la cocina recogiendo los platos, y pensó —con esa parte de ella que había empezado a funcionar como vigía sin haber decidido hacerlo— que el sueño de la tarde era bueno, que Reyes lo había recomendado, que el cansancio postcoma pedía sus horas y había que dárselas.

A las tres y media subió a recoger unas cosas del estudio.

El dormitorio estaba vacío.

La cama intacta, con la colcha sin arrugas del lado de David, que significaba que ni siquiera se había tumbado. La ventana cerrada. La habitación con ese olor quieto de los cuartos donde nadie ha estado en un rato.

Clara bajó. Revisó el baño, el estudio, el trastero. Salió al jardín pequeño que en noviembre era solo tierra oscura y las plantas de Tomás en sus tiestos.

Nada.

El coche seguía en la plaza. Las llaves de casa en el cuenco de cerámica. Solo la chaqueta de lana gris no estaba en el perchero.

Llamó al móvil de David.

Cinco tonos. Buzón de voz.

Esta vez no esperó dos horas para alarmarse.

Quería —con una intensidad desesperada— volver a ser la persona que esperaba dos horas antes de alarmarse, pero el cuerpo ya no se lo permitía. Conservaba su propia memoria, como con los monitores del hospital, pero la memoria del miércoles anterior era demasiado reciente.

Llamó a Irene. Le dijo que Leo podía quedarse hasta la hora de siempre, que no había ningún problema, que solo quería que lo supiera. Irene no preguntó nada, lo cual significaba que lo preguntaba todo en silencio.

Luego llamó al número de guardia de la doctora Reyes.

Reyes respondió en cuatro tonos. Escuchó.

Hizo las mismas tres preguntas de la vez anterior —duración, estado previo, señales de malestar— y añadió una cuarta: ¿cuánto tiempo llevaba ajustada la medicación nueva?

Cuatro días, dijo Clara. Reyes guardó silencio un momento, el silencio de los médicos cuando calculan algo que no quieren decir antes de calcularlo del todo.

—Si no regresa antes de dos horas, llámeme de nuevo —dijo Reyes—. Y si tiene algún número de contacto de emergencia con el hospital —se refería al protocolo que habían establecido en la última consulta—, actívelo.

—¿Debo llamar a la policía?

La respuesta tardó en llegar.

—No todavía. Estos episodios generalmente se resuelven en el entorno próximo. Pero si en dos horas no hay novedades, sí.

Clara colgó y se sentó en el sofá con el teléfono sobre las rodillas.

Fuera, la luz de noviembre seguía siendo esa luz plana e indiferente de las cuatro de la tarde que no promete nada.

Regresó a las siete y once.

Clara lo supo exactamente porque llevaba mirando el reloj de la cocina cada pocos minutos durante las últimas tres horas, con esa clase de atención que no sirve para nada práctico pero que ocupa las manos del miedo.

La llave en la cerradura. El clic. La puerta.

David entró.

Llevaba la chaqueta de lana gris. Eso era lo primero que Clara notó.

Lo segundo fue que llevaba también un jersey que ella no reconoció: un jersey de punto grueso, color burdeos, que no estaba en el armario de David, que Clara no había visto nunca.

El tercero fue el zapato izquierdo, o más bien la parte del zapato izquierdo que correspondía al borde externo de la suela, que tenía una rozadura nueva, una abrasión del cuero que no había estado ahí esa mañana.

David la miró.

Su cara ya no tenía la calma de la vez anterior. Se acercaba más a la perplejidad: la expresión de alguien que intenta encontrar el borde de algo y no lo encuentra.

—¿Cuánto tiempo llevo fuera? —preguntó.

La pregunta era genuina.

—Más de tres horas —dijo Clara.

David miró su muñeca, donde no llevaba reloj —lo había dejado de usar desde el hospital; le molestaba en la muñeca del lado del dispositivo—, y luego buscó en la oscuridad de noviembre, al otro lado de la ventana, una confirmación imposible.

—Me senté en el banco —dijo—. En el parque de la esquina. Me senté un momento.

—¿En qué parque?

La respuesta tardó en llegar.

—En el de siempre.

El parque de siempre estaba a cuatro minutos a pie. Era un cuadrado de árboles y bancos grises que Clara usaba con Leo los fines de semana. No quedaba a más de trescientos metros.

David había estado tres horas a trescientos metros.

O no había estado en el parque.

—¿Cómo tienes el pie? —preguntó Clara, señalando la suela rozada.

David miró el zapato. Lo giró ligeramente hacia afuera para verlo mejor y luego lo devolvió a su posición con esa neutralidad de alguien que está registrando un dato antes de reaccionar a él.

—No lo sé —dijo—. No recuerdo haberme caído.

—¿El jersey?

David bajó la vista hacia su propio pecho. Pasó un segundo entero antes de que reaccionara —un segundo perceptible, con peso— y luego arrugó ligeramente el entrecejo con una expresión que Clara no supo leer con precisión: sorpresa, o algo que se parecía a la sorpresa.

—No sé de dónde es —dijo.

Lo dijo con una voz plana, sin excusa ni alarma excesiva, con el tono de una observación sobre el tiempo. Por eso Clara tuvo que ir a la cocina a por agua: necesitaba el grifo abierto, el vaso en la mano y los segundos que eso le daba para que la cara no la traicionara.

Llamaron a Reyes. Reyes vino.

Esta vez fue más breve. Revisó a David en el salón, con esa eficiencia suya que ya tenía algo de ritual: las preguntas de orientación, las respuestas motoras, el estado del dispositivo comprobado con el programador inalámbrico que llevaba siempre en la bolsa.

David respondió bien a todo. Sabía dónde estaba, sabía quién era, sabía el año.

Lo que no sabía era dónde había estado las últimas tres horas.

—El ajuste de medicación lleva muy pocos días activo —dijo Reyes, en un tono más cauteloso que la vez anterior, más despojado de las redondeces clínicas que lo explican todo—.

Puede que necesitemos revisar la dosificación.

Y necesito que venga mañana a primera hora para ver los registros del estimulador.

—¿Los registros dicen algo? —preguntó Clara.

—Dicen patrones de actividad —dijo Reyes—. Voy a necesitar revisarlos con tiempo.

Se quedó ahí. Y fue la primera vez que Clara notó que Reyes también estaba manejando algo para lo que todavía no tenía nombre.

El jersey burdeos estaba en la silla del recibidor. Reyes lo miró al salir, pero no preguntó nada sobre él.

Leo llegó a las ocho con Irene.

Irene entró, vio a David en el salón, y algo en su cara se reorganizó tan deprisa que Clara casi no lo captó. Luego Irene hizo lo que siempre hacía cuando había demasiado que procesar: se fue a la cocina a calentar la cena que había traído en un táper.

Leo se sentó junto a su padre en el sofá con el oso bajo el brazo y le contó, con ese detalle enciclopédico de los niños pequeños sobre sus propias actividades, que había construido una torre con los bloques de la abuela y que se había caído dos veces pero que la tercera había llegado hasta el techo casi.

—¿Hasta el techo? —dijo David.

—Casi —corrigió Leo, con honestidad.

—Eso sigue siendo mucho.

Leo asintió, satisfecho. Se acomodó contra el costado de su padre con esa naturalidad nueva que había ido ganando en las últimas semanas —el cuerpo de Leo aceptando que ese cuerpo adulto era seguro, o algo parecido—, y David le puso el brazo alrededor de los hombros con mucho cuidado, como siempre.

Clara los miró desde el umbral.

El jersey burdeos seguía en la silla del recibidor.

Aquella noche, después de que Irene se fuera y Leo durmiera, Clara esperó a que David se durmiera también —esa rendición rápida, esa respiración que se asentaba en menos de diez minutos— y luego fue al recibidor.

Cogió el jersey.

Era de punto grueso, talla M, sin etiqueta en el cuello —la etiqueta había sido cortada—, con el tacto áspero de la lana mezclada con acrílico que dura más que la lana pura.

El color burdeos era uniforme, sin desgaste, sin manchas visibles.

Olía levemente a exterior: frío, humedad, algo que podría haber sido tabaco de segunda mano o simplemente el olor de los sitios cerrados con poca ventilación.

En el bolsillo derecho no había nada.

En el bolsillo izquierdo había un ticket.

Clara lo sacó.

Era el ticket de una máquina expendedora: café solo, 0,80 euros, hora impresa en el margen superior derecho. Las 17:43. Un código de establecimiento que ella no reconoció: no era el hospital, no era ninguno de los sitios cercanos a casa.

Lo fotografió. Lo guardó en el cajón de la mesilla de noche de su lado, debajo del libro que seguía siendo el mismo libro con el marcapáginas en la misma página.

Luego fue al baño, abrió el grifo y esperó a que el agua saliera fría.

Al día siguiente, mientras David estaba en el hospital con Reyes revisando los registros del estimulador, Clara fue al móvil.

No lo había planeado exactamente. Estaba buscando una fotografía que David le había pedido el día anterior —una foto de Leo de pequeño que había en el carrete— cuando vio el historial de llamadas.

El historial de llamadas de David tenía seis entradas salientes en los últimos tres días. Cuatro eran a ella. Una era a Tomás, de dos días atrás. La sexta era un número que Clara no tenía guardado en sus contactos y que no reconoció.

La llamada había durado cuatro minutos.

Había sido realizada el martes, a las 17:51.

Ocho minutos después del café de la máquina expendedora.

Clara copió el número en un papel. Luego dejó el móvil exactamente donde lo había encontrado.

Esa tarde, mientras Leo dormía la siesta y la casa tenía esa quietud tensa de las casas con niños pequeños dormidos, Clara fue al cuarto de baño, cerró la puerta, abrió el grifo lo suficiente para que hubiera un sonido de fondo, y marcó el número.

Tres tonos.

Cuatro.

Al quinto, una grabación.

El buzón de voz no pertenecía a una persona: era una grabación genérica de servicio, sin nombre ni identificación, con una locución plana y utilitaria. Pero no en español. Clara tardó un segundo en identificarlo.

Alemán.

O algo que sonaba a alemán: esa cadencia, esas consonantes. No sonaba al alemán de una película ni al de un curso de idiomas, sino al de alguien que graba un mensaje práctico, sin adornos.

La señal sonó.

Clara colgó sin decir nada.

Se quedó sentada en el borde de la bañera durante un momento, con el teléfono en la mano, mirando el grifo abierto.

El número podía ser cualquier cosa. Un servicio de empresa con filiales en varios países. Un error al marcar. Alguien que David había conocido en rehabilitación y cuyo idioma ella simplemente desconocía. Podía ser todo eso y alguna cosa más que todavía no tenía forma.

El agua seguía corriendo.

Arriba, en su habitación, Leo dormía con el oso contra la mejilla.

En el hospital, David estaba sentado frente a la doctora Reyes mientras ella revisaba en la pantalla los registros del estimulador, buscando en los patrones de actividad eléctrica la forma de algo que los dos todavía no sabían nombrar.

Y Clara estaba en el baño con el grifo abierto y el número en la mano y el alemán de una grabación sin nombre dándole vueltas en la cabeza, pensando que había cuatro posibles explicaciones razonables y que ninguna de ellas la tranquilizaba, y pensando también —con esa parte de ella que llevaba semanas despertándose primero y durmiendo después— que la diferencia entre una explicación razonable y una verdad no era siempre tan grande como uno necesitaba que fuera.

Cerró el grifo.

Guardó el número junto al ticket de la máquina expendedora, en el cajón debajo del libro.

Ya había dos cosas en ese cajón.

No sabía todavía si eso era el principio de algo o solo la acumulación desordenada del miedo. Pero las guardó igual, con el mismo cuidado con el que se guardan las cosas que no se sabe todavía qué son, pero que se siente que no deberían perderse.