Laguna (Tríptico Delbran 1) Capítulo IV El coste
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Capítulo IV El coste

La cita con la doctora Reyes fue el viernes por la tarde.

Reyes los recibió en su despacho del hospital, no en la sala de revisión habitual, y eso ya decía algo: la sala de revisión era para los controles rutinarios, para los ajustes del dispositivo, para la gestión ordinaria de una recuperación que iba bien.

El despacho era para las conversaciones que necesitaban sillas cómodas y una mesa entre médico y paciente y el tiempo suficiente para que las cosas pudieran decirse con cuidado.

Había una planta en la ventana que Clara no recordaba de otras veces.

Una planta pequeña y resistente, de hojas oscuras, que alguien debía de estar regando con regularidad porque tenía el aspecto de las cosas vivas que reciben cuidados.

Clara la miró un momento mientras Reyes abría el historial y pensó, sin querer, que era la clase de planta que sobrevive con poca luz.

—Lo que ocurrió el miércoles —empezó Reyes, con esa voz suya que era al mismo tiempo clínica y completamente humana— tiene un nombre, aunque el nombre no debe hacerlos sentir que tenemos todas las respuestas.

Lo llamamos episodio disociativo postcoma.

Es una respuesta conocida en pacientes con recuperación tardía tras daño talámico.

Explicó: el tálamo, que funcionaba como central de distribución de la consciencia, seguía en proceso de reorganización.

En algunos pacientes —no en todos, no de manera predecible— esa reorganización podía generar períodos en los que las funciones ejecutivas operaban de forma relativamente autónoma mientras la integración mnémica quedaba comprometida.

El individuo se movía, procesaba el entorno, tomaba decisiones básicas de navegación.

Pero la memoria declarativa —la que construía el relato de lo vivido— no se estaba registrando con normalidad.

—No es que David no estuviera consciente —dijo—. Es que una parte de la consciencia no estaba hablando con la otra.

David escuchó todo eso con la calma quieta que Clara había ya reconocía.

Tenía las manos sobre los muslos, los codos apoyados en las rodillas, y miraba a Reyes con una atención genuina, aunque desplazada: la de alguien que recibe información sobre sí mismo con una distancia que no acaba de pertenecerle.

—¿Va a seguir pasando? —preguntó David.

—Puede ocurrir —dijo Reyes—. Con el ajuste que vamos a hacer en los parámetros del estimulador, y añadiendo un estabilizador del sueño que ya debería haber introducido antes, las posibilidades disminuyen considerablemente. Pero no puedo decirles que desaparecen.

—¿Hay que internarlo? —preguntó Clara.

Reyes la miró.

—No. No hay indicación de eso en este momento. Lo que sí necesito es que me llamen de inmediato si ocurre otro episodio. No después. Durante. Y que intenten, si es posible, no dejar a David solo de noche durante las próximas semanas mientras el ajuste asienta.

Clara asintió. Tomó nota mentalmente de la frase: si es posible, no dejar a David solo de noche. Tenía la forma de las frases que dicen algo sin decirlo todo.

De vuelta a casa, David fue quieto en el asiento del copiloto durante los primeros diez minutos.

Clara conducía. Había insistido en conducir ella, con esa determinación nueva que se había instalado en su cuerpo desde el miércoles: la necesidad de tener las manos sobre algo que respondía. El coche respondía. La carretera respondía. Era suficiente.

—¿Sabes lo que más me asusta? —dijo David, cuando ya estaban cerca del barrio.

Clara esperó.

—No el hecho de que pase —dijo—. Lo que me asusta es no haberlo notado. No haber sentido que salía. No tener... —buscó la palabra— ningún borde de memoria donde empieza la laguna.

—Reyes dijo que eso es típico —dijo Clara.

—Ya. —Se detuvo un momento—. Pero eso no lo hace menos extraño.

Clara giró hacia la calle de casa y redujo la velocidad para buscar aparcamiento.

Había un hueco frente al número doce. Lo tomó con más concentración de la necesaria, usando la maniobra como excusa para no responder durante un momento, para no tener que decidir qué decirle a su marido sobre el miedo que él mismo le inspiraba.

—Lo sé —dijo, al final. Y aparcó.

Los abuelos llegaron esa tarde con Leo, que había pasado los últimos dos días con sus abuelos mientras la situación se asentaba.

Leo entró por la puerta con su anorak azul y sus botas de agua —las mismas del día de la visita al hospital, había desarrollado una fidelidad inquebrantable a ese calzado— y se dirigió directamente hacia su padre, que estaba de pie en el pasillo, con una determinación que Clara interpretó como la forma que tenía Leo de gestionar la ausencia: no hablar de ella, sino cancelarla con presencia física.

—Papá —dijo Leo.

—Hola —dijo David, y se agachó con ese esfuerzo todavía visible y le puso las manos en los hombros y lo miró de cerca, con su manera de mirar a su hijo que era la que más se parecía al David anterior: una atención total, sin el cuarto de segundo de latencia, sin la economía de emoción que a veces lo habitaba—. ¿Cómo estás tú?

—Bien —dijo Leo—. La abuela me dejó hacer galletas.

—¿Cómo te han salido?

Leo consideró esto con seriedad.

—Irregulares —dijo.

David soltó una carcajada. No una carcajada grande, no de esas que llenan una habitación, sino una de esas carcajadas cortas y genuinas que ocurren cuando algo sorprende de verdad, y Clara, que estaba en el umbral de la cocina, lo escuchó y sintió algo en el pecho que era tan complicado que no tenía un nombre simple.

Lo amaba. Lo sentía con la ferocidad de quien ha estado a punto de perder a alguien, y ese amor era real, tan real como todo lo demás: la dirección murmurada en sueños, las zapatillas mojadas, la tierra en la suela que todavía no había mencionado a nadie.

Tomás la encontró en la cocina un momento después, mientras Irene se instalaba en el salón con Leo y David.

—¿Cómo fue? —preguntó Tomás. Se refería a la cita con Reyes.

—Dicen que es disociación —dijo Clara—. Ajustan la medicación para arreglarlo.

Tomás asintió. Sacó una silla y se sentó con esa deliberación suya, un cuerpo que ya no se movía con ligereza, pero conservaba una dignidad intacta.

—¿Tú lo crees? —preguntó.

—¿Que es disociación?

—Que lo van a arreglar.

La respuesta tardó en llegar.

—Quiero creerlo —dijo Clara.

Tomás asintió de nuevo. No añadió más. No era un hombre que presionara para obtener más de lo que se le ofrecía voluntariamente. Era un hombre que sabía escuchar los espacios entre las palabras, y en el espacio entre quiero creerlo y cualquier otra cosa había suficiente información para él.

Irene entró a buscar agua y les lanzó una mirada de reojo que lo contenía todo: ya hablaremos, ya sé que hay más, cuídate.

Clara llenó el hervidor.

Y pensó, un instante solo, que eso —esa mirada, ese gesto de Irene con el fular, la mano de Tomás en su brazo en el pasillo— era una forma de ser cuidada que ella no había tenido demasiado en la vida.

Su madre era precisa en la gestión de las cosas prácticas y ausente en casi todo lo demás.

Eso no lo pensó con amargura. Lo pensó como se piensa un hecho.

Esa noche, después de que los abuelos se fueran y Leo estuviera en la cama, David desplegó en el suelo del salón el tren de madera que Tomás había traído en una bolsa —un juguete antiguo de David de pequeño, conservado con el cuidado de los abuelos que guardan cosas esperando el momento—, y empezó a montar las vías con una concentración que Clara observó desde el sofá durante varios minutos antes de entender lo que estaba pasando.

Lo estaba preparando para Leo.

No para esa noche: Leo ya dormía. Lo estaba preparando para mañana por la mañana, porque Leo lo vería al bajar las escaleras y sería la primera cosa que encontrara, y David lo sabía, y ese saber era tan doméstico y tan tierno y tan completamente suyo que Clara tuvo que mirar hacia otro lado un momento.

—¿Cómo lo conectas? —preguntó ella, cuando tuvo la voz lista.

—Así. —David encajó dos piezas con un clic suave—. Hay un truco. Las piezas curvas siempre van antes de las rectas si quieres que el tren no descarrile en las curvas. Si pones recta-curva, descarrila. Si pones curva-recta, funciona.

—¿Cómo sabes eso?

—Me lo enseñó mi padre. —Se detuvo un momento—. Con este mismo tren.

Clara lo miró. Él estaba con la cabeza inclinada sobre las vías, probando la curva con el dedo, y había en esa imagen algo que era simultáneamente simple y devastador: un hombre montando un tren para su hijo en el suelo de su salón, con la misma lógica que le había enseñado su padre, y esa cadena de transmisión intacta después de tres años de coma y todo lo demás.

—David —dijo.

Él levantó la vista.

—Te quiero —dijo ella, porque era lo que había que decir y porque era verdad y porque a veces las dos cosas coinciden y cuando coinciden hay que aprovecharlas.

David la miró un momento. Y luego sonrió, con esa sonrisa que era la suya, la que llegaba primero a los ojos y luego a la boca, y dijo:

—Yo también.

Terminó de montar el tren sin prisa. Clara se quedó en el sofá leyendo, o haciendo como que leía, escuchando los clics suaves de las piezas encajando.

Se fue a la cama antes que él.

Eran las once y cuarto. Dejó la lámpara de su mesilla encendida, como siempre, y se quedó mirando el techo mientras escuchaba los sonidos de la planta baja: el clic final de una pieza del tren, el ruido de la cocina, el agua corriendo un momento, los pasos de David en la escalera.

Él entró en el dormitorio y se desvistió con la misma lentitud de siempre. Clara cerró los ojos, no porque quisiera dormir sino porque necesitaba un momento en que él no pudiera verle la cara.

Escuchó la cama hundirse bajo su peso. La lámpara de la mesilla se apagó.

Oscuridad.

La respiración de David se hizo regular casi enseguida, con esa facilidad nueva para encontrar el sueño que los médicos llamaban esperable y que a Clara le seguía pareciendo extraña, una rendición demasiado rápida.

Esperó hasta que la respiración se asentó completamente. Luego se levantó.

Fue al armario. El lado de David: la chaqueta de lana gris colgada donde la había dejado él al llegar, los zapatos de calle en el suelo, la ropa doblada.

Encima del estante, la bolsa de plástico donde Clara había guardado la ropa que David llevaba puesta la noche del miércoles.

Se la había dado la enfermera de urgencias cuando Reyes lo había revisado, y ella la había cogido maquinalmente y la había metido en el armario porque en ese momento había cosas más urgentes en las que pensar.

La cogió ahora.

Fue al baño. Cerró la puerta. Encendió la luz.

Abrió la bolsa.

El pantalón primero: nada. Los calcetines: húmedos todavía a pesar de los días, con una mancha de barro seco en la zona del tobillo izquierdo. Las zapatillas de casa: las suelas con esa humedad ya seca que había notado la noche del miércoles.

Y luego la camiseta.

La camiseta era la que David llevaba puesta cuando se durmió en el sofá: una camiseta gris de algodón que Clara conocía perfectamente, que había lavado docenas de veces, que no tenía nada particular.

Excepto que en el puño derecho —en la tela del puño, donde la manga termina en muñeca— había algo que ella al principio no identificó.

Lo acercó a la luz.

Era una fibra. Una fibra de tela, enredada en el hilo del puño, de un color azul marino que no correspondía a ninguna prenda de la casa.

Demasiado gruesa para ser lana, demasiado rígida para ser algodón ordinario.

La clase de fibra que venía de algo con estructura: un abrigo, una mochila, una correa, una tela técnica.

Clara la miró durante un tiempo que no supo medir.

Luego sacó el teléfono, hizo una fotografía, volvió a meter todo en la bolsa, apagó la luz y fue a la cama.

David dormía. La fibra azul estaba en su teléfono.

Tardó mucho en dormirse, con la oreja pegada al silencio de la casa, contando la respiración de su marido como había contado los monitores del hospital, con esa misma mezcla de amor y vigilancia que llevaba tres años siendo lo mismo.

Mañana, pensó, Leo bajaría las escaleras y vería el tren en el suelo del salón.

La fibra azul seguía guardada en una bolsa pequeña, inútil y concreta.

Mañana sería un día normal.

Eso era lo que tenía que seguir siendo.