Laguna (Tríptico Delbran 1) Capítulo III La ausencia #2
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Capítulo III La ausencia #2

—Papá salió un ratito —dijo—. ¿Qué te parece si la abuela te lleva de vuelta a la cama y te cuenta el cuento del oso que tenía una casa?

Leo la miró. Miró a Clara por encima del hombro de Irene.

—¿Papá va a volver? —preguntó.

—Sí —dijo Clara.

No dudó. Lo dijo como certeza, no como deseo, porque en ese momento necesitaba que Leo lo creyera. Y para que lo creyera, ella tenía que decirlo con la firmeza de quien lo sabe.

Leo asintió. Se dejó llevar de la mano por Irene hacia el pasillo, y Clara escuchó sus pasos subir la escalera, y luego la voz baja de Irene empezando el cuento, y se quedó sola en la cocina con la luz anaranjada del extractor y el teléfono sobre la mesa y el silencio de la casa que era tan denso que casi tenía peso.

David llegó a las tres y veintidós.

Clara escuchó la llave en la cerradura —ese sonido preciso, ese clic de metal contra metal que había escuchado miles de veces sin prestarle atención y que en ese momento le subió el corazón a la garganta de una manera que no era alivio sino algo más complicado— y se levantó de la silla antes de que la puerta se abriera.

David entró.

Llevaba la chaqueta de lana gris. Llevaba los zapatos de casa —las zapatillas de suela de goma que usaba dentro, no los zapatos de calle— y eso fue lo primero que ella notó, que no se había puesto zapatos al salir o que había salido con las zapatillas puestas sin notarlo.

Las zapatillas tenían manchas de humedad en las punteras, igual que si hubiera caminado por hierba mojada o por aceras con charcos.

Tenía frío. Lo notó en su cara cuando se acercó: el frío de alguien que ha estado fuera durante horas en noviembre.

—David —dijo ella, y su voz salió demasiado quieta, casi sin inflexión, porque había gastado toda la energía disponible en esperar y no le quedaba nada para el momento en que terminaba la espera.

David la miró.

Su cara no traía la expresión de alguien que sabe que ha hecho algo que requiere explicación.

Había en ella una presencia incompleta, parecida a la de un ordenador que termina de cargarse mientras alguna aplicación sigue inicializándose en segundo plano.

Sus ojos la encontraron, la reconocieron, y el alivio —su alivio, el de él, al verla— llegó un instante después de lo que debería.

—Estaba fuera —dijo.

—Lo sé —dijo Clara.

Tomás entró por la puerta todavía abierta treinta segundos después, con la respiración acelerada del que ha estado caminando deprisa, y se detuvo al ver a David en el pasillo.

Algo se reorganizó en su cara con una velocidad que solo los hombres que han aprendido a reaccionar muy deprisa son capaces de conseguir.

—David —dijo.

—Papá —dijo David, y en esas sílabas había algo que sí sonó a él, algo que sí tenía el peso correcto.

Tomás le puso una mano en el hombro. No añadió más.

Irene bajó cuando escuchó las voces. Se detuvo en el último escalón, los miró a todos, y luego fue directamente a la cocina a poner agua a calentar porque era lo que hacía Irene cuando no había nada más concreto que hacer y necesitaba tener las manos en algo.

Se sentaron los cuatro a la mesa, en una escena que intentaba parecer razonable a esa hora.

Clara observó a David. Tenía las manos sobre la mesa, palmas abajo, y miraba un punto entre sus propias manos y el borde de la mesa.

No había angustia ni culpa visibles en él; más que nada parecía cansado, y no solo físicamente: un cansancio que venía de adentro, de algún lugar que no tenía nombre clínico todavía.

—¿Dónde has estado? —preguntó Clara. La voz le salió estable. A eso se había adaptado en los últimos meses: a sostener algo en la superficie mientras por dentro ocurría otra cosa.

David levantó la vista hacia ella.

—Salí a caminar —dijo—. No podía dormir.

—¿Y el teléfono?

La respuesta tardó en llegar.

—No lo llevaba.

—Sí lo llevabas —dijo Clara—. Está en tu chaqueta.

David miró su chaqueta, que todavía llevaba puesta. Metió la mano en el bolsillo y sacó el teléfono. Lo miró con la extrañeza de quien encuentra un objeto fuera de lugar.

—Ah —dijo.

—Te he llamado muchas veces.

—No lo oí.

Tomás y Clara intercambiaron una mirada por encima de la mesa. Fue rápida, casi imperceptible, pero fue.

—David —dijo Tomás—, ¿sabes cuánto tiempo has estado fuera?

David lo miró y pensó. En ese retraso mínimo antes de responder, Clara vio algo que le heló el estómago: no estaba calculando; realmente no lo sabía.

—Un rato —dijo—. No sé exactamente.

—Más de dos horas —dijo Clara.

David asintió lentamente, asimilando aquella información como nueva.

La doctora Reyes llegó a las cuatro y cuarto.

Llegó con la misma eficiencia de la madrugada anterior —el pelo recogido esta vez, la cara sin maquillaje, ese aspecto de médico que trabaja con lo que hay—, hizo salir a Tomás e Irene al salón con una amabilidad que no admitía discusión, y se quedó sola con David y Clara en la cocina.

Examinó a David con la minuciosidad de quien busca señales concretas: respuestas motoras, coherencia del discurso, orientación temporal.

David respondió correctamente a la mayoría de las preguntas —sabía su nombre, sabía el año, sabía que estaba en su casa—, pero cuando la doctora Reyes le preguntó qué recordaba de las últimas horas, la respuesta fue fragmentaria de una manera genuina, no evasiva, y por eso mismo difícil de escuchar.

—Recuerdo el sofá —dijo David—. Y luego frío. Y una calle.

—¿Qué calle?

—No sé. Había una gasolinera. Recuerdo las luces de la gasolinera.

—¿Fuiste a la gasolinera?

—Creo que pasé por delante.

—¿Recuerdas hacia dónde caminabas?

El silencio se alargó.

—No —dijo David—. No recuerdo haber decidido ir a ningún sitio. Solo recuerdo estar en distintos sitios.

La doctora Reyes anotó algo en su libreta con la cara de los clínicos que procesan información sin mostrar todavía lo que esa información les sugiere.

—¿Tienes dolor de cabeza?

—Sí. Desde que llegué.

—¿Antes de llegar?

—No recuerdo.

Reyes le explicó, con calma, que lo que había ocurrido era compatible con un episodio disociativo postcoma.

Que los mecanismos de regulación del tálamo, todavía en proceso de estabilización, podían generar en ciertos pacientes períodos de funcionamiento automático: el individuo se mueve, procesa el entorno, pero la memoria declarativa no se está registrando con normalidad.

Que el DBS no causaba estos episodios per se, pero que la reorganización neurológica en curso podía propiciarlos.

Que lo importante era ajustar la medicación y el seguimiento.

—¿Va a volver a ocurrir? —preguntó Clara.

—Puede ocurrir —dijo la doctora Reyes—. Estadísticamente, en la mayoría de los casos estos episodios remiten. Pero tenemos que monitorizarlo. Y si ocurre otro, hay que llamarme de inmediato.

Se detuvo antes de continuar.

—¿Hay algo que lo haya podido precipitar? ¿Estrés, falta de sueño, algún estímulo desencadenante?

Clara pensó en la cena casi perfecta. En el cuento de Leo. En la respiración de David haciéndose más lenta en el sofá.

—Estaba cansado —dijo—. El miércoles es el día largo.

La doctora Reyes asintió y anotó algo más.

Los padres de David se fueron poco antes de las cinco.

Tomás le apretó el brazo a Clara en el pasillo con la misma economía de gestos que había usado siempre, ese lenguaje táctil suyo que decía cosas que no encontraban palabras, e Irene le dio un beso en la mejilla y le dijo en voz muy baja, solo para ella: Llámame mañana. No era una sugerencia.

Clara subió con David.

Él se desvistió con esa lentitud que tenía siempre, los movimientos metódicos y cansados, y se metió en la cama sin decir nada.

Clara estuvo un momento en el baño, con el agua del grifo abierta, mirándose en el espejo sin ver exactamente lo que miraba, y luego cerró el grifo y apagó la luz y volvió al dormitorio.

David ya tenía los ojos cerrados.

Ella se quedó de pie junto a la cama, mirándolo dormir.

La respiración era regular. El perfil de su cara en la oscuridad era el que había sido siempre: la nariz recta, la mandíbula, el arco de la ceja. Tres años de memorizar ese perfil a la luz verde de los monitores y ahora allí estaba, en su cama, vivo, real, tibio bajo las sábanas.

Se metió en la cama. Extendió la mano hacia él, como hacía a veces cuando necesitaba el contacto sin necesitar el lenguaje, y sus dedos encontraron el brazo de David. Él no se movió, pero tampoco se retiró, y Clara se quedó así, con la mano sobre su brazo, escuchando su respiración.

Tardó mucho en dormirse. Quizás una hora. Quizás más.

A las seis y cuarenta se despertó de golpe, sin saber por qué, con esa lucidez brusca de los sueños que se cortan.

Se incorporó.

David dormía, pero estaba hablando.

No parecía un sueño agitado: el cuerpo seguía inmóvil, la cara sin angustia. Conservaba esa quietud de siempre, esa respiración regular, pero de entre sus labios salía un murmullo continuo y bajo, casi inaudible. Clara se inclinó hacia él, aguantando la respiración.

Durante un segundo escuchó con toda la claridad posible.

Era una dirección. Un número y un nombre de calle que no reconoció, dicho con la entonación plana y uniforme de alguien que está repitiendo de memoria algo que no entiende, de la misma forma en que uno repite en sueños un número de teléfono que sabe que tiene que recordar al despertar.

Luego el murmullo se disolvió y David siguió durmiendo sin rastro de lo ocurrido.

Clara se quedó sentada en la cama, inmóvil, con la dirección todavía en el oído.

No buscó papel ni intentó retenerla de otro modo.

Permaneció allí, escuchando la respiración de su marido, y comprendió —con una nitidez que no tenía nada de repentino, que llevaba semanas formándose en algún lugar muy quieto de ella— que el miedo que había tenido siempre había sido el miedo de perderlo.

Este era diferente.

Este era el miedo de no saber todavía lo que había encontrado.