Laguna (Tríptico Delbran 1) Capítulo III La ausencia
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Capítulo III La ausencia

La cena del miércoles fue casi perfecta.

Clara usó esa palabra después, para sí misma, con la precisión incómoda de alguien que sabe que casi es el único adverbio honesto disponible.

Casi perfecta: el pollo que Leo comió sin protesta, la conversación baja entre David y ella sobre nada importante —el tiempo, el libro que ella había retomado, una serie que él quería ver—, el gesto de David recogiendo los platos sin que ella se lo pidiera, con esa lentitud todavía visible en sus movimientos, pero también con una voluntad de normalidad que le apretaba el pecho de una manera que no era exactamente dolor.

Leo se durmió a las ocho y media. David lo acostó.

Clara los escuchó desde la cocina: la voz baja de David leyendo el cuento de los animales que construían una casa —el cuento favorito de Leo esa semana, el que pedía cada noche con la insistencia de los niños pequeños que necesitan la repetición como forma de certeza—, y la voz de Leo haciendo las preguntas de siempre, ¿por qué el oso no tiene paraguas?

, ¿los conejos duermen con luz?, hasta que las preguntas se fueron espaciando y luego desaparecieron.

David salió de la habitación de Leo dejando la puerta entornada.

Se sentó junto a ella en el sofá con ese esfuerzo que seguía siendo visible y que ella se había propuesto no comentar porque a él le incomodaba que lo comentaran.

Se sentó y estuvo un rato quieto, y Clara, que estaba leyendo —o haciendo como que leía—, lo miró de reojo y pensó que tenía buen color esa noche.

Mejor que la semana anterior. La doctora Reyes había dicho en la última revisión que la recuperación motora seguía su curso, que los parámetros del dispositivo estaban estables, que había que seguir siendo pacientes pero que todo apuntaba en la dirección correcta.

Dirección correcta era otra de esas frases que Clara guardaba como amuletos de dudosa fiabilidad.

—¿Cómo tienes la cabeza? —preguntó ella, sin levantar los ojos del libro.

—Bien —dijo David. Y luego—: Algo pesada. El miércoles siempre es el día largo.

Los miércoles eran fisioterapia por la mañana y neuropsicología por la tarde.

Dos horas con la terapeuta Lucía, que era joven, competente y tenía la forma de hablar de alguien que no proyectaba esperanza o desesperanza frente a los pacientes, sino algo neutro y atento que Clara agradecía, pero que a veces la ponía nerviosa.

—Descansa —dijo Clara.

—Ahora —dijo él.

Pero no se levantó. Se quedó en el sofá mirando el techo durante un rato, y luego Clara sintió que su respiración cambiaba —más lenta, más profunda— y pensó que se había dormido, que el cansancio del miércoles lo había vencido allí mismo, y eso también le pareció normal, también le pareció parte de la textura de esta vida nueva que estaban construyendo con los materiales que tenían.

Apagó la lámpara de lectura y subió sola a la cama.

Se despertó a la una y cuarto.

La despertó la ausencia: el lado de David estaba frío.

Eso por sí solo no era inusual. David a veces se despertaba de noche y bajaba a la cocina, lo había hecho ya varias veces, había mencionado que le costaba mantener el sueño en bloques largos y que los médicos le habían dicho que era normal, que los ritmos circadianos tras coma prolongado tardan tiempo en restablecerse.

Clara se había acostumbrado a escuchar sus pasos en el pasillo y a volver a dormirse.

Esa noche no escuchó pasos.

Esperó un momento y la casa siguió inmóvil.

Se levantó, salió al pasillo, miró hacia el cuarto de baño: la puerta abierta, oscuridad adentro.

Bajó las escaleras. La cocina estaba vacía, con la luz del extractor todavía encendida —esa luz anaranjada que ella había dejado puesta y que David nunca apagaba—, pero David no estaba.

El sofá donde lo había dejado dormido estaba vacío, con el cojín todavía hundido en el lugar donde había estado su cabeza.

Recorrió la planta baja: el estudio, el baño de abajo, el pequeño cuarto que usaban como trastero y que había sido, antes, el cuarto de planchar. No encontró a nadie.

Volvió a la cocina y miró por la ventana hacia el jardín.

El jardín estaba oscuro y vacío.

Tomó el móvil de la encimera —lo cargaba allí por las noches, costumbre nueva— y llamó a David. Cinco tonos. Buzón de voz. Su propia voz grabada, extrañamente cotidiana: Hola, soy David, deja un mensaje.

Lo intentó dos veces más. Buzón de voz.

Salió al pasillo y miró el perchero. La chaqueta de David —la de lana gris que había empezado a usar desde que volvió a casa, distinta de las otras, nueva, comprada durante los primeros días de alta porque necesitaba ropa de su talla actual y Tomás había insistido en ir a comprarla— no estaba.

Las llaves de casa tampoco estaban en el cuenco de cerámica junto a la puerta.

La primera media hora la pasó convenciéndose de que había una explicación simple.

Insomnio, se decía. Salió a caminar. Le cuesta dormir, lo ha dicho, los médicos lo han dicho. Quizás necesitaba aire y no quiso despertarla. Quizás volvía en cualquier momento.

A la una y cuarenta y cinco subió a comprobar que Leo dormía.

Dormía, con el oso apretado contra la mejilla y la boca entreabierta con esa expresión de rendición absoluta que solo tienen los niños dormidos.

Clara estuvo un momento en el umbral mirándolo, y sintió el pánico crecer, pero lo mantuvo por debajo del pecho, donde todavía podía controlarlo.

Bajó y se sentó en la cocina a esperar.

Llamó de nuevo a las dos. Buzón de voz.

A las dos y cuarto abrió la puerta de casa y miró la calle. Era una calle residencial y silenciosa, apenas iluminada por las farolas que daban esa luz amarilla de ciudad dormida. La acera estaba vacía; bajo los árboles pelados de noviembre no había ninguna figura reconocible.

Cerró la puerta.

Pensó en llamar a los padres de David. Eran las dos y veintitrés de la madrugada —había mirado el reloj de la cocina al cerrar— y la idea de despertar a Tomás e Irene con esto le producía algo que no era solo consideración: también miedo de confirmar en voz alta que había algo que confirmar.

Si se lo decía a alguien, si lo sacaba de su cabeza y lo ponía en palabras, se volvía otra cosa.

Seguía siendo, por ahora, una posibilidad administrable.

A las dos y media llamó a Irene.

Irene cogió al tercer tono con esa reacción de los mayores que duermen con el teléfono cerca porque a cierta edad ya saben que las llamadas nocturnas son siempre sobre algo.

—Clara —dijo, no como pregunta.

—¿Está David allí? —dijo Clara, y su propia voz le sonó extraña, demasiado controlada, la voz de alguien que está usando mucha energía en no sonar asustada.

Un silencio breve.

—No —dijo Irene—. ¿Qué ha pasado?

—No está en casa. Salió en algún momento, no sé cuándo, y no coge el teléfono.

Otro silencio. Clara escuchó al fondo la voz de Tomás, baja, preguntando algo, y la respuesta de Irene tapando el auricular.

—Vamos —dijo Irene.

—No hace falta que vengáis todavía —empezó Clara.

—Vamos —repitió Irene, y colgó.

Llegaron en veinte minutos, Tomás con el abrigo puesto encima del pijama y una expresión que Clara no le había visto antes —algo por debajo de la calma habitual, algo más parecido al miedo que admitía—, Irene con la bolsa de siempre, esa bolsa de tela que parecía contener siempre lo que hiciera falta, aunque en ese momento no hubiera nada que hacer con las manos.

Tomás salió a revisar el coche: el coche de David seguía aparcado en la plaza, intacto.

—Fue a pie —dijo Tomás cuando volvió a entrar. Lo dijo como un hecho, no como una deducción, porque Tomás prefería los hechos a las deducciones.

—O en taxi —dijo Irene.

Clara asintió. Miró su propio teléfono: tres llamadas perdidas de Irene mientras la esperaban y cuatro intentos fallidos de llamar a David. Las llamadas de Irene eran de los últimos veinte minutos. Las de David se extendían ya a lo largo de hora y media.

—Podría haber tenido un episodio —dijo Clara, y la palabra episodio era la que usaban los médicos para las crisis disociativas o neurológicas, y usarla era una forma de poner la situación dentro de un marco comprensible—.

La doctora Reyes habló de la posibilidad de confusión temporal, de desorientación, sobre todo en los primeros meses.

—Sí —dijo Irene.

—Pero también dijo que teníamos que llamar si ocurría algo así.

Tomás ya tenía el teléfono en la mano.

—Llamamos a urgencias o llamamos a Reyes primero —dijo, con esa manera suya de convertir el miedo en logística.

—A Reyes —dijo Clara—. Tiene un número de guardia.

La doctora Reyes respondió al segundo tono con la voz del que no estaba dormido o llevaba tan poco dormido que sonaba igual.

Escuchó, hizo tres preguntas precisas —¿cuánto tiempo lleva ausente, tiene historial previo de episodios similares, había mostrado señales de malestar durante la tarde?

— y dijo que de momento la primera medida era buscar en el entorno inmediato: David no tenía todavía la movilidad para alejarse kilómetros a pie, y la mayoría de episodios de desorientación postcoma se producían en un radio corto del domicilio.

Si en una hora no había novedades, urgencias.

Tomás salió a buscar a pie por el barrio.

Clara se quedó con Irene en la cocina, con el teléfono sobre la mesa entre las dos, esperando.

Leo se despertó a las tres menos cuarto.

Clara lo escuchó moverse en la habitación —ese ruido específico de niño que cambia de posición en la cama— y luego el silencio, y luego los pasos pequeños y decididos en el pasillo.

Apareció en el umbral de la cocina con el oso bajo el brazo y el pelo aplastado por el sueño, parpadeando contra la luz.

Miró a Irene. Miró a su madre.

—¿Por qué estáis despiertas? —preguntó.

—Estamos tomando un poco de agua —dijo Clara, con una voz limpia que le costó más que cualquier cosa en las últimas dos horas—. ¿Tienes sed?

Leo consideró esto.

—¿Dónde está papá?

Irene se levantó antes de que Clara pudiera responder y se agachó junto a Leo con esa eficiencia de abuela que sabe cuándo intervenir.