Capítulo II La casa #3
Tomás trajo plantas para el balcón —algo que hacía siempre en otoño, un ritual que nadie le había pedido y que se había convertido, con el tiempo, en parte del calendario de la familia— e Irene llegó con una bolsa de tela llena de cosas pequeñas: unas galletas, un libro que había pensado que le gustaría a Leo, un fular para Clara que ella dijo que era demasiado bonito para ella y que Irene descartó con ese gesto suyo de quien ha criado dos hijos y sabe cuándo una persona necesita que le cuiden sin que se lo pidan.
Esa tarde, mientras Tomás y David estaban en el balcón —Tomás poniendo las plantas en sus tiestos, David sentado en la silla de exterior con el sol de tarde en la cara, hablando de algo que Clara no podía escuchar desde la cocina—, Irene se sentó frente a ella con la taza de té entre las manos y dijo, sin preámbulo:
—¿Estás durmiendo?
—Algo —dijo Clara.
—No es suficiente.
—Ya lo sé.
Irene la miró un momento con esa mirada de madre que no era realmente la madre de Clara, pero que había llegado a serlo de una forma lateral, sin pedirlo ni declararlo.
—¿Cómo está él? —preguntó Irene.
—Bien. —Y luego, porque Irene no era de las personas a quienes se les podían dar respuestas simples—: Bien dentro de lo que es esto. Que es nuevo para todos.
—¿Cómo está él contigo?
Clara pensó en la mano cerrada sobre la suya en la oscuridad. En la pregunta sobre el sonido de la casa. En el cuarto de segundo de latencia que ella había decidido llamar cansancio. En la pantalla que se queda cargando.
—Está intentando volver —dijo—. Lo noto.
—Eso es bueno.
—Sí.
Irene asintió. Giró la taza entre los dedos.
—Cuando Tomás volvió de... —empezó, y luego se detuvo.
Tomás había tenido un episodio cardíaco hacía doce años, una cosa que les había costado un verano y que había reordenado algo en ellos para siempre—.
Cuando volvió, tardó meses en parecerse de nuevo a sí mismo.
Después fue uno distinto que se le parecía mucho y era también bueno, solo distinto.
—Dejó la frase respirar—. A eso hay que acostumbrarse también.
Clara asintió. Se le formó un nudo en el pecho que no quiso nombrar.
—Lo sé —dijo.
Desde el balcón llegó la voz de Tomás diciendo algo sobre el sustrato, y la voz de David respondiéndole, y los dos sonidos mezclados en el aire frío de noviembre eran tan ordinarios, tan domésticos, que Clara cerró los ojos un segundo y los dejó entrar.
La última noche de ese fin de semana, ya solos, Clara se despertó a las dos y cuarto.
Lo sabía por el número del despertador, que miraba todavía con ese reflejo automático de las madres de niños pequeños y de las mujeres que han pasado demasiadas noches esperando que algo empeore o que algo mejore. 2:17, dijo el reloj.
David no estaba en la cama.
Tardó un segundo en calmarse —el primer instinto fue el de siempre, el de tres años, el de que algo había ido mal— y luego escuchó. No oyó angustia ni caída. La casa tenía la quietud cerrada de las madrugadas en las que solo hay una persona despierta.
Se levantó.
Encontró a David en la cocina. De pie frente a la ventana, con la luz del extractor encendida —esa luz anaranjada y baja que Clara usaba de noche para no despertar a Leo—, mirando hacia el jardín que estaba oscuro.
Llevaba puesto el pantalón de pijama y una camiseta, y estaba descalzo sobre el suelo frío de la cocina, con los brazos cruzados con suavidad sobre el pecho.
—David —dijo ella, en voz baja.
Se giró. Sin sobresalto, sin urgencia. Con esa calma que a estas alturas Clara ya reconocía como una de sus texturas nuevas.
—No podía dormir —dijo.
—¿Te duele algo?
—No.
Clara se acercó. Se puso junto a él frente a la ventana, mirando el jardín oscuro que no tenía nada particular que mirar. La luz anaranjada hacía que todo tuviera esa calidad entre cálida e irreal de las madrugadas.
—¿En qué pensabas? —preguntó.
La respuesta tardó apenas un par de segundos, suficientes para que Clara los notara.
—En nada concreto —dijo David—. Solo estaba aquí.
Clara asintió. Le puso una mano en la espalda, y él dejó que se la pusiera, y notó bajo la palma el calor de él, la vida inequívoca de él, el latido que llegaba de lejos, pero llegaba. Se quedaron así un momento.
Luego Clara lo miró de lado, sin querer que él lo notara, y vio que seguía frente a la ventana con una expresión que ya no supo descifrar.
No parecía tristeza ni insomnio ordinario; era una atención sostenida, precisa, dirigida hacia algo que ella no podía ver, hacia la oscuridad del jardín y su lenguaje inaccesible.
Se fue a la cama antes que él.
Tardó mucho en dormirse, con la oreja puesta a los sonidos de la casa, esperando escuchar sus pasos en el pasillo. Los escuchó veinte minutos después. La cama se movió. La respiración de David se regularizó casi de inmediato, con esa facilidad para caer en el sueño que también era nueva.
Clara se quedó mirando el techo con la luz apagada.
Solo estaba aquí, había dicho.
Era una respuesta razonable. La repitió en silencio hasta que por fin dejó de necesitar hacerlo.