Capítulo II La casa #2
David tardó un momento.
—Esto —dijo. Y luego, con la misma voz quieta—: El sonido de la casa. El tuyo.
Clara giró la cabeza para mirarlo. Él también la miró, y fue la primera vez en varios días que ella sintió que los ojos de él la encontraban a ella y no el espacio que ella ocupaba. Algo se alivió en su pecho con una violencia que casi le dolió.
—Yo pensaba en tu voz —dijo ella—. Todo el tiempo. Te hablaba.
—Lo sé.
—¿Lo sabes?
—Me lo dijo la doctora Reyes. Que estabas allí casi todos los días.
—Sí.
—No lo recuerdo —dijo David. Y era una afirmación sin bordes, sin tristeza particular, un hecho—. Pero me alegra saber que estabas.
Clara asintió. Extendió la mano sobre la colcha y encontró la de él, que estaba quieta sobre el abdomen, y los dedos de David respondieron: se cerraron alrededor de los suyos con una suavidad que era suya, que era reconocible, que había extrañado con una ferocidad que la había sorprendido incluso a ella, que pensaba que ya lo había extrañado todo.
Estuvieron así un rato.
—¿Cómo te sientes? —preguntó ella, porque la pregunta era inevitable, aunque no supiera exactamente qué respuesta quería.
—Extraño —dijo él—. Como alguien que ha leído mucho sobre un lugar y llega por fin y el lugar es el lugar, pero el cuerpo no sabe cómo estar en él todavía.
—¿El cuerpo o tú?
La respuesta tardó en llegar.
—Las dos cosas —dijo.
Fue una respuesta honesta. O sonó a honesta. Clara la guardó.
Había cosas en la casa que hablaban del tiempo perdido sin necesidad de ser señaladas.
La estantería del salón tenía libros que David no había leído porque los había comprado Clara durante esos años, sin intención de explicarse, simplemente porque seguía comprando libros como seguía comprando café y llevando a Leo al parque: con la terquedad de la rutina que es también una forma de no rendirse.
El armario de él tenía ropa nueva mezclada con la ropa vieja —Clara había ido comprando alguna prenda cada cierto tiempo, también sin explicación clara, también por terquedad—, y cuando David abrió el armario por primera vez se quedó mirándolo con esa calma suya nueva y luego dijo, casi para sí:
—Guardaste las chaquetas.
—No tiré nada tuyo —dijo Clara.
David tocó el filo de una manga. Una chaqueta de tweed marrón que había sido su favorita para los fines de semana fríos. Pasó los dedos por la tela.
—Gracias —dijo, y la voz fue la correcta, el gesto fue el correcto, y aun así Clara sintió por un momento que él estaba haciéndolo bien, que estaba siendo el hombre que sabía que tenía que ser en ese momento, y que eso era diferente a simplemente serlo.
Descartó el pensamiento antes de que pudiera instalarse. Tres años de duelo suspendido dejaban ese tipo de residuos: hipervigilancia, desconfianza del bien, incapacidad de recibir sin esperar el golpe. Era suyo, ese problema. No de David.
Leo empezó a acercarse a finales de la segunda semana.
Fue gradual, como son las cosas de los niños cuando los niños son cautelosos.
Primero fue entrar a la habitación donde David descansaba sin que Clara lo llevara: solo la apertura de la puerta, la cabeza asomada, la mirada rápida.
Luego fue sentarse en el suelo de esa habitación con sus cosas, en silencio, sin exigir nada. Luego fue el día que trajo un dibujo.
Era un rectángulo rojo con cuatro líneas debajo que podían ser ruedas o patas de animal y encima algo que podía ser una persona o una antena o simplemente el trazo instintivo de la mano de un niño de casi cuatro años. Leo se lo puso en el regazo a David sin decir nada y se quedó mirándolo.
David estudió el dibujo un momento.
—¿Qué es? —preguntó.
—Tú —dijo Leo.
—¿En qué?
—En tu cama del hospital. Con ruedas.
David volvió a mirar el dibujo. Lo giró ligeramente entre las manos. Había algo en la forma en que lo sostenía —algo muy preciso, muy quieto— que Clara no supo leer y no intentó.
—Está muy bien —dijo David. Y luego—: ¿Puedo guardarlo?
Leo asintió con la seriedad de quien cede algo valioso.
Esa noche, Clara encontró el dibujo doblado en cuatro sobre la mesilla de noche de David, debajo de las pastillas del control del dolor. Lo dejó donde estaba.
Reyes les había hablado de irregularidades esperables: lagunas de memoria a corto plazo, fatiga cognitiva, respuestas emocionales desincronizadas —no ausentes, sino tardías— por los cambios en las vías talámicas y sus conexiones límbicas.
No es que sienta menos, había aclarado. Es que el recorrido puede ser más largo.
Clara había anotado eso en el cuaderno donde llevaba un registro de las sesiones. El recorrido puede ser un poco más largo. Era una frase que la tranquilizaba y la inquietaba en proporciones exactamente iguales.
Una tarde, a finales de la segunda semana, estaban en el salón.
David había tenido fisioterapia esa mañana y arrastraba el cansancio de después: una quietud aumentada, los ojos un poco más lentos.
Leo dormía la siesta. La luz de noviembre entraba plana y dorada por la ventana y hacía que la habitación pareciera más inmóvil de lo que era.
Clara estaba ordenando papeles en la mesa del comedor cuando notó que David había dejado de moverse.
Se giró. Estaba sentado en el sillón, con la vista fija en el punto medio de la ventana. No en el jardín, no en el cristal: en el punto exacto donde la vista se pierde cuando la mente está en otro sitio. Los brazos en los reposabrazos. Perfectamente quieto.
—¿David?
Nada.
—David.
Levantó la vista hacia ella. La expresión llegó enseguida —reconocimiento, presencia, una sonrisa pequeña—, pero en el segundo anterior, cuando sus ojos todavía no habían llegado a su cara, Clara alcanzó a ver un espacio blanco, una falta de dolor y de confusión que le resultó más difícil de entender que cualquiera de las dos cosas.
—Perdona —dijo él—. Me fui un momento.
—¿Estás bien?
—Sí. —Y sonó a verdad—. A veces pasa. Reyes dice que es normal.
—¿Qué pasa exactamente?
David consideró la pregunta con esa pausa nueva que Clara ya comenzaba a esperar, como se espera el ruido de una lavadora cuando empieza a funcionar.
—No lo sé bien —dijo—. Es como cuando la pantalla de un ordenador se queda cargando. No estoy dormido. Solo... en espera.
Era una metáfora razonable. Era médicamente razonable. Clara asintió, se giró hacia sus papeles, y tardó un momento en continuar moviéndolos porque las manos no le respondían de inmediato.
Los abuelos volvieron el fin de semana siguiente.