Laguna (Tríptico Delbran 1) Capítulo X La evidencia #2
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Capítulo X La evidencia #2

En la cara interna del antebrazo izquierdo apareció la herida.

La herida no era profunda: una laceración de unos cuatro centímetros, limpia en los bordes, ya cerrada por coagulación, pero sin atender. Los márgenes estaban enrojecidos. Había restos secos de sangre cerca de la muñeca.

Reyes se puso guantes. Limpió la zona con cuidado.

David miraba el techo.

—¿Cómo te hiciste esto? —preguntó Reyes.

—No sé.

—¿Te duele?

—Algo.

—¿Te mareas?

—No.

—¿Has vomitado? ¿Dolor de cabeza fuerte? ¿Has perdido visión en algún momento?

David negó con pequeños movimientos.

Reyes terminó la cura, cubrió la herida y ajustó el vendaje. Luego se quedó mirando el antebrazo un segundo más de lo necesario.

Clara lo vio.

—¿Hay que llevarlo al hospital? —preguntó.

—Por la herida, no necesariamente. Necesita vigilancia, descanso y revisión si aparece fiebre, dolor creciente o signos de infección. Neurológicamente está orientado ahora mismo. Sabe quién es, sabe dónde está, responde de forma coherente.

—Ha estado fuera casi dos días.

—Lo sé.

—Tiene sangre en la chaqueta.

—Lo sé, Clara.

Reyes se quitó los guantes y los metió en una bolsa pequeña.

—Entonces dilo.

Reyes miró a David. Luego a Tomás e Irene. Finalmente volvió a Clara.

—Delante de él, no.

David giró la cabeza.

—Estoy aquí —dijo.

La frase fue baja, pero no débil.

Reyes se acercó a la cama, porque durante la cura lo habían llevado al dormitorio para que pudiera tumbarse.

—Sí —dijo—. Y precisamente por eso necesito hablar con Clara fuera. Cuentas. Pero ahora estás agotado y herido y no sabemos cuánto recuerdas ni cuánto puedes procesar sin empeorar.

David no protestó. Cerró los ojos con una obediencia cansada que a Clara le rompió algo por dentro.

Salieron al pasillo.

Tomás se quedó con David. Irene fue a comprobar que Leo seguía dormido en la habitación de invitados, donde lo habían llevado para que no viera la cura.

En el pasillo, Reyes habló más bajo.

—Esto ya no es un episodio menor.

—Gracias —dijo Clara—. Eso ya lo sabía.

Reyes aceptó el golpe sin defenderse.

—No tengo una prueba de que haya hecho daño a nadie.

Tampoco tengo una prueba de que alguien le haya hecho daño a él, salvo esa herida.

La sangre de la chaqueta podría ser suya.

El viaje podría tener una explicación fragmentaria dentro del episodio.

La retirada de dinero, si la hay, podría ser suya.

Todo eso, por separado, todavía cabe dentro de un informe clínico.

—¿Y junto?

—Junto ya no me gusta.

Clara se apoyó contra la pared del pasillo. Desde allí veía la puerta entreabierta del dormitorio y una parte de la colcha.

—¿Qué harías tú?

—Hoy, ahora, lo mantendría en casa vigilado si tú puedes sostenerlo y si no hay signos neurológicos de alarma. Mañana quiero verlo en consulta, con registros completos. Y quiero hablar contigo sin él.

—¿Y policía?

Reyes no bajó la voz todavía más. La mantuvo firme.

—Si quieres hacerlo, te acompaño. Pero debes saber qué vas a poner sobre la mesa: un hombre con daño neurológico reciente, desaparecido, que vuelve herido, sin recordar, con indicios de desplazamiento.

Eso abrirá una vía que quizá sea necesaria, pero no va a empezar como tú imaginas.

Puede empezar como búsqueda de adulto vulnerable que ya ha regresado.

Puede acabar en un parte médico, en preguntas a David que no puede responder, en una posible valoración psiquiátrica o neurológica urgente, en exposición de datos del ensayo que todavía están bajo revisión.

Y si dices Valencia o Delbran sin algo más que un recibo o una sospecha, te van a pedir hechos.

—Tengo hechos.

—Tienes hechos incompletos. Muy graves. Pero incompletos.

Clara sintió una rabia clara, limpia, dirigida contra Reyes, contra David, contra el pasillo, contra el lenguaje entero.

—Eso suena a una forma elegante de decirme que me calle.

—No lo es. Es una forma torpe de decirte que guardes todo y no lo entregues mal. Si hay que abrir esa puerta, la abriremos con algo que no puedan cerrar en cinco minutos llamándolo confusión postcoma.

Clara guardó silencio.

Reyes añadió, más bajo:

—Y también es una forma de decirte que esta tarde David está en una cama, herido, sin saber dónde ha estado. Si ahora mismo entra otro sistema en esta casa, él no va a entrar en él como marido ni como padre. Va a entrar como problema.

Clara miró hacia el dormitorio.

David estaba tumbado de lado. Se le veía apenas el hombro bajo la manta. Su fragilidad no era de tamaño, pero ocupaba la habitación.

—Ya es un problema —dijo.

—Sí —respondió Reyes—. Pero todavía no sabemos qué clase de problema. Y nombrarlo demasiado pronto con el nombre equivocado puede hacer daño.

La frase no absolvía a nadie. Tampoco resolvía nada. Pero tenía una verdad incómoda, y Clara la reconoció, aunque no quisiera.

La policía. El hospital. El comité. El ensayo.

Los registros. Las preguntas. David sentado bajo una luz blanca intentando responder dónde estuvo, qué hizo, por qué llevaba sangre, de quién era, por qué había ido a Valencia si había ido.

David diciendo no sé una y otra vez hasta que el no sé dejara de sonar a síntoma y empezara a sonar a defensa.

Clara no estaba lista para entregar a David a esa transformación.

No todavía.

No con Leo dormido al fondo del pasillo y el oso en alguna parte de la casa.

Tomás e Irene se fueron a media tarde.

Tomás abrazó a Clara en el pasillo con esa economía de gestos que era su lenguaje. Esa vez el gesto contenía algo nuevo: no solo preocupación, sino el miedo de quien ha llegado al límite de lo que puede seguir llamando accidente.

—Llámanos —dijo.

—Sí.

—A cualquier hora.

Clara asintió.

Irene le apretó las manos. A veces su silencio era más preciso que cualquier frase. Antes de salir miró hacia la habitación donde dormía David y luego hacia la habitación donde Leo había empezado a moverse en la siesta. Su cara sostuvo las dos direcciones al mismo tiempo.

Cuando se quedaron solos, la casa no recuperó la normalidad. Solo recuperó el volumen bajo.

Leo seguía dormido.

David estaba en la cama con instrucciones de descansar. Clara fue a verlo. Lo encontró tumbado boca arriba, con los ojos cerrados, pero no dormido. La respiración era demasiado consciente, demasiado regular, la respiración de alguien que está intentando no pensar.

Se sentó en el borde de la cama.

—¿Qué recuerdas del viernes por la mañana?

David abrió los ojos y miró el techo.

—Fisio. La comida. El sofá.

—¿Y después?

Él tragó saliva.

—Después hay un borde. Y luego el taxi.

—¿Sabes de dónde venías?

David giró un poco la cara hacia ella. Le costaba mirarla y, al mismo tiempo, no parecía querer evitarla. El gesto contenía ambas cosas.

—Le pregunté al taxista.

—¿Qué te dijo?

—Que me había recogido en Atocha.

Clara procesó la palabra despacio.

Atocha.

La estación.

El tren.

La posibilidad de una distancia que ya no cabía en el barrio, ni en la noche, ni en las caminatas desorientadas que Reyes había explicado al principio con tanta prudencia.

—¿Tienes el ticket del taxi?

David cerró los ojos.

—No lo busqué.

—¿Pagaste tú?

—Creo que sí.

—¿Con tarjeta?

—No sé.

—¿Efectivo?

David respiró hondo, obligado por la pregunta a mover una pieza inmóvil.

—No sé, Clara.

El modo en que dijo su nombre la desarmó durante un segundo. Había vergüenza, no irritación; una vergüenza cansada, casi corporal.

Clara le tocó la mano. La tocó antes de decidir si debía hacerlo.

—Descansa.

Se levantó.

La chaqueta de David estaba en la silla del dormitorio. Clara la cogió y la llevó al baño. Cerró la puerta.

No sintió que estuviera registrando a un sospechoso. Eso habría sido más sencillo de odiar. Sintió que estaba registrando a su marido, y precisamente por eso el gesto tenía algo insoportable.

Los bolsillos exteriores estaban vacíos.

El bolsillo interior izquierdo también.

En el bolsillo interior derecho encontró un papel doblado en cuatro.

Lo abrió.

Era un recibo de cajero automático. Una sucursal bancaria de Valencia. La operación: reintegro en efectivo de trescientos euros. La cuenta: la cuenta corriente compartida de Clara y David. Sábado, 22:47.

Clara miró el recibo durante un tiempo que no supo medir.

Valencia.

Sábado, 22:47.

Trescientos euros.

Ya no se trataba de una mancha que podía ser barro, ni de una mirada rara, ni de una frase dicha en sueños, ni del retraso mínimo de una emoción.

Era papel térmico. Una hora. Una ciudad. Una cuenta compartida. Un movimiento que el banco había aceptado, registrado y devuelto al mundo con tinta gris.

Lo dobló. Lo metió en su propio bolsillo. Sacó el teléfono y lo fotografió. Guardó la foto en la carpeta junto con la fotografía de la fachada y la hoja del archivador.

Después se quedó en el baño sin moverse.

El impulso de llamar a alguien fue físico. A Reyes. A Tomás. A la policía. A cualquier voz que pudiera entrar desde fuera y decirle qué forma tenía aquello.

Pero el recibo, por sí solo, decía una cosa y no decía la otra.

Decía que David había estado en Valencia o que alguien había usado su tarjeta allí.

Decía que había retirado dinero o que alguien lo había hecho con su PIN.

Decía sábado por la noche. No decía qué había pasado antes.

No decía qué había pasado después. No decía de quién era la sangre.

No decía qué había hecho David con sus manos.

Y David estaba al otro lado de la puerta, dormido o fingiendo dormir, con una herida vendada y un vacío donde deberían estar casi dos días de su vida.