Lágrimas tontas (Serie multimillonarios Seaforth nº 9) SOÑANDO
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DAKOTA

DOS SEMANAS DESPUÉS…

Un sonido extraño me despertó de un sueño profundo.

El reloj de la mesita de noche marcaba las tres de la madrugada.

Dos pensamientos me asaltaron a la vez. Primero, era la primera vez que dormía tanto de un tirón desde que nació el bebé.

Y segundo, mi marido no estaba. Me incorporé y saqué las piernas de la cama despacio.

La incisión del vientre cicatrizaba bien, aunque aún me dolía un poco.

Me puse la bata que había dejado a los pies de la cama y fui hasta el cuarto del bebé.

Cassidy dormía en su cuna boca abajo, con las rodillas dobladas y el culito en pompa.

Abrazaba un mono de peluche. Le acaricié la espalda.

Gimoteó y se metió el pulgar en la boca.

A veces se despertaba gritando, atormentada por pesadillas.

Sus llantos me partían el alma, pero iban siendo menos frecuentes con el paso de los días. Esa noche parecía en paz.

Un golpe sordo y el crujido de las tablas del suelo me hicieron mirar hacia el pasillo.

Atravesé la oscuridad sin hacer ruido hasta el dormitorio de invitados.

Al abrir la puerta, encontré a Sam sentado en el balcón.

Solo llevaba el pantalón de su pijama de seda negra, con nuestro hijo apoyado en su pecho desnudo.

Formaban toda una estampa, mi marido viril y el frágil recién nacido.

Al otro lado de las paredes acristaladas del balcón, la luz de la luna centelleaba sobre la superficie del lago Laurel, y el suave chapoteo de las olas rompía el silencio nocturno.

En lugar de acercarme enseguida, me quedé oculta en la oscuridad para observar aquel momento entre padre e hijo.

Sam le hablaba con voz grave y serena, sus palabras reconfortantes pero inaudibles.

El pequeño Braden agarró con su puñito el dedo de Sam y miraba a su padre con absoluta fascinación.

Me aproximé para escuchar lo que decían.

—Eres un niño guapo —dijo Sam—. Vas a tener a todas las chicas detrás de ti, y van a querer una de dos cosas: tu polla o tu dinero. O las dos.

Los labios rosados de Braden chasquearon. Me invadió una oleada de emoción. Ver a mi grandullón con su hijo en brazos hizo que se me saltaran las lágrimas. Sam le acarició la naricilla respingona con un dedo.

—No seas tonto. Espera a la chica adecuada. Sabrás quién es en cuanto la veas. Merecerá la pena.

Braden gorjeó y parpadeó. En los últimos días, sus ojos habían adquirido un tono azul, parecido al mío.

Sam le acunó la cabecita redonda en la palma de una mano, puso la otra en el culito del bebé y lo alzó hasta tenerlo frente a frente.

Una fina pelusa de pelo brillaba a la luz de la luna. Iba a ser rubio, como Sam.

—Seguro que no lo sabes, pero me casé con tu madre no una, sino dos veces.

Así de enamorado estoy de ella, y me casaría una tercera si hiciera falta.

Cuando seas mayor, te lo contaré todo. Ese es el tipo de chica con la que tienes que casarte: alguien inteligente, que te ponga a prueba y te haga mejor persona.

Las comisuras de los labios de Sam se elevaron y sus rasgos afilados se dulcificaron.

—Nos lo vamos a pasar en grande: tú, Cassidy, tu madre y yo. Voy a llevaros por todo el mundo. Iréis a los mejores colegios. Y algún día podrás hacerte cargo del negocio familiar.

—Hablando como un auténtico Seaforth —dije.

Sam volvió la cabeza hacia mí de golpe. Una sonrisa tímida le curvó los labios.

—¿Y si quiere ser fontanero o mecánico?

—Puede ser lo que quiera. Son profesiones respetables.

—Te tomaré la palabra.

Salí de las sombras. La luz de la luna perfilaba los rasgos de Sam, resaltando su mandíbula cuadrada y su nariz recta.

—Ven aquí.

Su tono grave y autoritario me erizó el vello de los antebrazos y me encendió la piel.

—¿Nos estabas espiando?

—No.

—Mentirosa.

—Me desperté y no estabas —le aparté el pelo de la frente—. Estaba preocupada.

Me senté a su lado en la tumbona.

—El pequeñín estaba inquieto, y yo también. Temía que despertara a Cassidy, así que decidimos pasar un rato aquí fuera y disfrutar de esta noche tan bonita.

—Sí que es agradable, ¿verdad?

Me acurruqué más contra él y respiré hondo para llenarme los pulmones de aire fresco.

—Perfecto. Como tú —me rozó la oreja con la punta de la nariz.

Me reí.

—Ya. Los dos sabemos que eso no es verdad.

Uno de sus brazos fuertes me rodeó los hombros y me atrajo hacia él, mientras Braden descansaba en su regazo.

—Eres perfecta para mí.

—Ayer dijiste que era terca y cabezota.

Habíamos tenido una pequeña discusión por las vacaciones. Él le había pedido a Xavier y Layla que nos organizaran un viaje a Hawái, pero no conseguíamos ponernos de acuerdo en las fechas. Y solo pensar en dejar a los niños me daba un ataque de ansiedad.

—Lo eres, y no te querría de otra forma —me recorrió la mandíbula con los labios—. Vuelve a la cama. Descansa mientras puedas.

—¿Estás seguro?

Por mucho que quisiera quedarme con mis chicos, el sueño era un bien escaso, y la enorme cama me llamaba. Se me escapó un bostezo. Me desperecé y parpadeé para espantar el sueño.

—Me vendrían bien unas horas más.

—Claro que sí. Nosotros nos encargamos, ¿verdad, pequeñín?

La paternidad le sentaba de maravilla. Se había tomado un mes libre en la oficina para estar con nosotros y trabajaba desde casa, mientras Beckett y Rhett se ocupaban del día a día.

Cambiaba pañales sin rechistar. Por las mañanas, vestía y daba de comer a los niños mientras yo recuperaba horas de sueño.

Habíamos contratado a una niñera para que nos echara una mano durante el día, pero Sam prefería ocuparse de los niños todo lo posible.

No quería que los criara una desconocida.

—No me cabe la menor duda. ¿Hay algo que no sepas hacer? —bromeé.

Se lo pensó unos segundos con gesto serio.

—Cantar. Nunca he sabido cantar.

Nos reímos juntos. El sonido flotó en el aire de la noche, alegre y musical.

Sam me besó largo y tendido. El sabor a menta me cosquilleó en la lengua.

Cuando nos separamos, le tomé la cara entre las manos y le di un último beso.

Una felicidad demasiado perfecta para expresarla con palabras amenazaba con desbordarme como rayos de sol.

Aquel momento valía cada pizca de dolor que habíamos sufrido para llegar hasta allí.