Lady Penelope da siempre su paseo a las diez (Club Astarea 2) Capítulo 20 #2
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Capítulo 20 #2

—Soy lord Greymark —replicó el otro. Sonrió, aunque de un modo helado—. ¿Qué ocurre, caballeros? La dama y yo solo hablábamos de nuestro próximo enlace. ¿No es cierto, querida?

—¿Próximo enlace? —Sir Justin lo agarró por un hombro y lo apartó con facilidad a un lado. Era mucho más alto que él, y mucho más fornido. Lord Greymark debió considerarlo, pero no se amedrentó.

—Dígaselo, lady Penelope. Y pídales que se vayan.

Era un criminal, sí. Y de ser otras las circunstancias, le hubiese temido, simplemente porque había perdido todo miedo a matar y estaba lo bastante loco como para hacerlo una y otra vez.

Pero algo había cambiado.

Lady Penelope se lo quedó mirando, mientras pensaba rápidamente. Crimen. Nariz rota. Sangre en las uñas...

Guantes negros.

—Quítese los guantes —ordenó, con el corazón latiendo con fuerza en su pecho.

—¿Qué? —Vio el sobresalto, el momento en que supo que lo habían descubierto. Que había perdido. Aun así, trató de evitarlo—. No diga tonterías. ¿Por qué iba a quitarme los guantes? Precisamente los llevo para honrar la memoria de mi tío.

—Los lleva para ocultar la evidencia de su crimen.

Mary Ann nos contó que, cuando usted salió del dormitorio de su tío, llevaba aferrada una de sus camisas.

Dada la mala relación que tenían, me sorprendió, pero no le di más importancia.

Luego, apareció con guantes negros... —Lo miró con expresión pétrea—.

Usó la camisa para ocultar las heridas que le había hecho su tío intentando defenderse. Y usa los guantes por lo mismo.

—Qué tontería.

—Quítese los guantes.

—¡No! —gritó Greymark—. ¡Estoy de luto! ¡Forman parte de mi luto! Él era como un padre para mí.

—Mentiroso... —gruñó sir Justin, avanzando de nuevo hacia él.

—Espere, sir Justin. —El inspector Canterbary se interpuso. Miró a lord Greymark casi con amabilidad—. Por favor, milord, háganos un favor a todos y quítese los guantes. Si no tiene nada que ocultar, no tendrá objeción a hacerlo.

El otro se irguió todo lo que pudo.

—Por supuesto que la tengo. Simplemente que quieran imponerme... ¡Eh! —gritó cuando el señor Kirkcallum lo sujetó por un brazo. Antes de que le diera tiempo a seguir gritando, sir Justin le arrancó el guante. El inspector no hizo ni el más mínimo gesto de pretender impedirlo.

La mano de lord Greymark quedó a la vista, con los arañazos terribles que la cubrían. Uno de ellos, más largo y mucho más profundo, estaba infectado y se veía rojizo y supurante.

—Me temo que tengo que detenerlo, lord Greymark —dijo el inspector. Hizo un gesto a los policías, que lo tomaron por los brazos—. Todavía hay mucha gente fuera, le sugiero que no monte un gran escándalo.

—¡No tienen ningún derecho!

—Eso tendrá que exponerlo ante un juez. Estimo que hay suficientes testigos como para asegurar una condena, sea la que sea.

El miró furioso alrededor.

—No me ocurrirá nada. ¡Soy lord Greymark!

Canterbary hizo un gesto para que se lo llevasen, pero lady Penelope avanzó un paso.

—Espere. En el bosque, me estaba observando, ¿verdad?

Cuando llegué. —Él no contestó, pero entrecerró los ojos y ella supo que la respuesta era afirmativa.

Había estado vigilándola, decidiendo qué hacer.

Porque quería ese enlace con ella, pero no podía permitir que lo descubriera en pleno crimen—.

¿Por qué esperó, por qué se quedó a recuperar el dinero?

—¿El dinero? —La miró como si hubiese vuelto a insultarla—. ¡Por favor, milady! Me importan poco trescientas libras, ahora soy rico. Lo que yo quería recuperar era el silbato.

El señor Kirkcallum arqueó una ceja.

—¿Se da cuenta de que está reconociendo la muerte del desconocido del bosque?

—¿Qué muerte? —se burló el otro—. Ni siquiera tienen cuerpo, ningún cadáver sobre el que...

—Me temo que en eso se equivoca —replicó el inspector—.

Ayer localizaron el cuerpo en la sima. Hay un caso de asesinato abierto y creo que usted ha hecho unas declaraciones que cualquier juez considerará incriminatorias.

Además, ha mencionado el silbato, lo que lo conecta con toda la trama inicial. Amigo mío, no es usted muy listo.

Lord Greymark crispó los dientes.

—¡Me da igual! ¡Cómo se atreven! ¡Soy lord Greymark! ¡En pocos días estaré libre y me ocuparé de todos ustedes! —Canterbary hizo un gesto y empezaron a llevárselo—. ¡De todos ustedes!

—Iré con él a Scotland Yard —le dijo el inspector a sir Justin—. No quiero que hable con nadie que pueda alterar nada antes de que lo procesen.

—Sería poco probable. Casi todas las pruebas son de testigos. Y estoy seguro de que todos sabemos qué ocurrió y lo que ha dicho.

El inspector asintió y se fue, acompañado de lord Bramble Rosegarden, que pedía permiso para avisar y que se retomase la obra. Sir Justin hizo un gesto a su hermana y a su socio, y Nomy sonrió a lady Penelope y salió con el señor Kirkcallum.

—¿Estás bien?

—Sí. Y muy contenta.

—Estupendo. Entonces, ven conmigo. Todavía nos queda algo que hacer.

—La tomó de la mano, la sacó del palco, se abrieron paso por los pasillos, llenos de gente, y llamó a otra puerta.

Cuando le concedieron permiso, entró, llevándola con él—.

Milord, milady, disculpen, tengo algo muy importante que decirles.

Lady Penelope abrió mucho los ojos al ver al duque de Wendell y su esposa, sentados cómodamente en su espléndido palco. Ambos los miraron desconcertados. Al reconocerla, la expresión de lady Wendell se ensombreció.

Sir Justin se dio cuenta, pero siguió hablando:

—Tengo que comunicarle, milord, que dada su negativa a mi matrimonio con lady Penelope, he decidido renunc...

—Ha sido tan amable como para traerme aquí y darme la oportunidad de pedir nuevamente disculpas —lo interrumpió ella, alarmada.

Los duques arquearon las cejas con desconcierto.

Ella les dedicó una profunda reverencia, y luego se dirigió a lady Wendell—: Lo que hice, milady, fue un error imperdonable, como le dije cuando nos vimos, pero aun así apelo a su buen corazón para buscar el modo de disculparme.

Pero también quería suplicarle algo más...

Lady Wendell la miró incrédula.

—¿Quiere pedirme algo?

—Así es. —Se mordió el labio—. Sir Justin me ha hecho partícipe de sus aspiraciones en política, pero, milady, yo no estoy preparada para algo así.

Ser la esposa de alguien tan influyente en la sociedad supera con mucho mis capacidades.

Por eso quería... quería pedirle el favor de que, si le es posible y le parece apropiado, me instruyera.

Necesitaría su ayuda y su consejo, milady.

¿Podría contar con su amabilidad, y aprender a su lado?

¡Prometo hacer cuanto usted considere oportuno!

La expresión de la duquesa había cambiado del enojo a la cautela y luego a cierta complacencia. Sonrió ligeramente.

—¿Va a mostrarse aplicada y humilde, lady Penelope?

—Y tremendamente agradecida, lady Wendell.

—Entonces, supongo que no puedo negarme. Pocas somos las que llegamos preparadas a un puesto como este. Yo también cometí más de un error en su momento. —Miró a su marido—. Esposo, creo que esta joven sí que podría llegar a estar a la altura de nuestras expectativas.

—Es posible. Y me congratula, porque nos va a evitar un buen número de problemas. —Le tendió la mano a sir Justin, que titubeó. Solo tras mirar a lady Penelope y sentir su apoyo, la estrechó—. Nos vemos el lunes en mi despacho, sir Justin. A las nueve en punto.

—Gracias, milord. Milady...

Salieron fuera. Los pasillos ya estaban casi despejados.

—¿Qué ha sido eso? —preguntó sir Justin—. Iba a presentar mi renuncia.

—Lo sé.

—Lo haré ahora mismo, si lo deseas. No me importa volver y quedar en ridículo. No me importa nada esa carrera política.

—No, ni se te ocurra. Eso está bien y estoy segura de que lady Wendell y yo terminaremos siendo buenas amigas. Ahora tú y yo vamos a negociar.

—¿Negociar?

—Sí. Una buena amiga me indicó que tenemos que encontrar un camino común o separarnos. Yo te quiero, Justin, y quiero compartir contigo el resto de mis días.

—Y yo te quiero, Penny. Mucho. Lo sabes.

—Sí. Por eso tenemos que seguir ese camino común.

Y no es tan difícil, si lo piensas bien.

Yo seré la esposa que necesitas en tus aspiraciones políticas, y tú me apoyarás en mis intereses profesionales.

Seré la anfitriona en tus comidas y tu acompañante en tus eventos.

Y tú asistirás conmigo a mis conferencias y charlaremos juntos sobre Herodoto.

—Mientras no le pongas el nombre a ninguno de nuestros hijos o hijas... —Lady Penelope rio con ganas—. Pero ¿estás completamente segura? ¿Vas a poder soportar a lady Wendell?

—Desde luego que sí. Es verdad que tengo que aprender a ser la esposa de un hombre público, Justin. Y voy a tener que agradecerle ese aprendizaje.

—Sí, pero... Tenías razón, ocupar ese puesto es algo que va a convertirte en poco más que algo decorativo en mi vida.

—Por favor, Justin. —Lady Penelope sonrió—.

Te aseguro que no va a ser así. Voy a aprender a comportarme en esos ambientes y a ser la esposa perfecta, pero también soy una Dama Selecta.

¿Crees que no voy a usar mi influencia para ir provocando pequeños cambios que mejoren la situación de otras que vayan estando en mi situación?

Mi función, mi función última, es ir mejorando el futuro de todas las mujeres.

Él se echó a reír y la besó.