Lady Penelope da siempre su paseo a las diez (Club Astarea 2) Epílogo
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Epílogo

E l vestido de boda de lady Penelope apareció dibujado en todos los periódicos de Londres, y todos y todas coincidían en que era maravilloso, si bien lo que más llamó la atención fue el precioso tocado —una especie de diadema tejida con tules y perlas, en la que se sujetaba el velo— elaborado en la Chapellerie de Madame Dupont pour dames élégantes.

La ceremonia y la fiesta se celebraron en Finesword Manor, donde el marqués no reparó en gastos para que se convirtiese en un evento inolvidable, y llevó a la novia al altar con un orgullo que suscitó numerosas sonrisas.

Se celebró a las diez. Muchos de los invitados nunca llegaron a saber la razón de haberse escogido esa hora, pero lady Penelope sentía que así debía hacerse.

Luego, tras un largo almuerzo, se inició el baile en los jardines, donde hacía tiempo que no se oía música ni tantas risas.

Lady Penelope bailó con su abuelo, con su marido, con distintos amigos —incluido Otis—, y terminó formando un círculo con Blanche y Nomy.

Las tres se escaparon corriendo, entre risas, y se escondieron tras unos setos.

—Me siento culpable —dijo Blanche—. Pobre Richard, lleva una hora cargando solo con Theresa.

Era el nombre de su hija, la versión inglesa en honor de su madre, Thérèse Dupont. El bebé de pocos meses era un encanto, calladita y afable como sus padres.

—Richard está feliz de tenerla para él —le dijo lady Penelope—. Y también Goldie.

Nomy rio.

—Sí, seguro que agradecen disfrutar de ella un ratito más, mientras nosotras celebramos una reunión improvisada del club Astarea.

—¿Ah, sí? —Lady Penelope la miró con una ceja arqueada—. ¿Y qué haces tú aquí? Deben ser casi las tres. ¿No vas a desaparecer?

Su cuñada hizo una muequita.

—No, tonta. Hoy es tu día. Ni se me ocurriría hacer algo así.

—Ya... —Blanche y lady Penelope intercambiaron una mirada y luego se centraron en ella—. ¿Adónde vas durante ese tiempo, Nomy? ¿Qué haces? ¿No nos lo vas a contar?

Nomy se mostró culpable y suspiró.

—Más adelante. Ahora es un secreto que no me pertenece.

Blanche y lady Penelope se miraron y asintieron.

—Vale. ¿Y dices que quieres una reunión? ¿Para qué?

—Ha salido ya la sentencia de lord Greymark... Bueno, de lord Trenton, porque se le ha retirado toda dignidad del otro título. Ha sido declarado culpable.

Lady Penelope asintió.

—¿Cuál es la condena?

Se temía lo peor. No le agradaba nada ese hombre, pero tampoco era partidaria de la pena de muerte.

En ella, el coste del error era demasiado alto.

Además, los ricos siempre se libraban, raro era el que terminaba en el cadalso.

Eso por no hablar de que una sociedad debería ser siempre mejor que cada uno de sus miembros.

Era lógico que alguien que hubiese perdido un ser querido quisiera venganza. Pero la sociedad en conjunto debía representar las mejores virtudes e inculcar en todos la idea de que matar a alguien era algo inaceptable, siempre y en todo caso.

A Nomy le pasaba igual, y por cómo la miró, estaba pensando en eso. Sonrió apenas.

—Lo han condenado a muerte. Pero, por supuesto, sus abogados han conseguido que la pena sea conmutada por su ingreso en un hospital mental.

Allí determinarán si puede llegar o no a salir algún día.

—Lady Penelope palideció. Eso era como decir que, en cuanto se calmara todo, se vería cuánto dinero le quedaba.

Si era lo suficiente como para salir, podían tenerlo rondando cerca en pocos meses—.

No te preocupes. Justin dice que se ocupará de que se quede allí dentro para siempre.

—Ah. Menos mal. —Entonces, reparó en el hecho—. ¿Justin lo sabe? —No le había dicho nada. Nomy sonrió y la besó en la mejilla.

—No quiere preocuparte. No en este día.

—No quería, no. —Se oyó la voz de sir Justin, apareciendo de improviso por un lado del seto—. Pero ya está aquí mi hermana pequeña para provocar otro desastre.

—Exagerado...

Blanche inició una retirada estratégica.

—Yo voy a buscar a Richard, que está solo con la niña y el perro.

—Y yo voy contigo —dijo Nomy—. Ya veré qué hago. Seguramente bailaré con alguien para celebrar que mi hermano mayor por fin ha sentado la cabeza.

—¡Ahora te toca a ti! —le dijo sir Justin, riendo. Ella bufó y se fue.

Lady Penelope y sir Justin se quedaron allí, sonrientes.

—Hola, esposa mía —le dijo él y ella dio palmaditas.

—Hola, esposo. ¿Querías decirme algo?

—Pues no sé. Que te quiero, quizá. —La envolvió en sus brazos—. Y aquí, a solas y bajo el cielo, te juro que voy a emplear cada segundo de mi vida en hacerte feliz.

Ella sonrió.

—Y yo te juro, a solas y bajo el cielo, que haré lo mismo.

—¿Vas a emplear cada segundo de tu vida en hacerte feliz?

Lady Penelope lanzó una carcajada.

—¡Sir Justin! ¡Estás bromeando!

Él rio también.

—Ya ha empezado a cambiarme, milady. Que tiemble el mundo.

Fue ella la que lo abrazó, y se fundieron en un beso que fue el preludio de una vida maravillosa.