Lady Penelope da siempre su paseo a las diez (Club Astarea 2) Capítulo 20
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Capítulo 20

A quella noche, The Magic, el que decían que era el teatro más hermoso de Londres, estaba lleno a rebosar.

Solía ocurrir siempre que sus dueños, lord Bramble Rosegarden y su esposa, organizaban una nueva puesta en escena, con gran dispendio de lujo y cuidado en cada detalle.

Esa familia —los Rosegarden eran seis hermanos, entre hombres y mujeres, y en tiempos habían copado los rumores y chismorreos de la alta sociedad— jamás hacía nada a medias, como bien sabían todos.

Los decorados, el vestuario, los efectos pensados para cada momento eran fabulosos, lo mejor que podía conseguirse con dinero. Los actores lo hacían de maravilla y no podían resultar más atractivos. La música sonaba soberbia, llevada a cabo por una orquesta que se esmeraba en cada nota.

Pero lady Penelope no estaba muy atenta a la obra. Ni siquiera el encuentro entre Romeo y Julieta —con aquel flechazo sublime, aquel amor arrebatador que arrastró a los dos jóvenes de Verona a su tragedia— había logrado distraerla.

En el intermedio, lord Greymark propuso no salir fuera —estaba claro que quería aprovechar ese momento para realizar su propuesta—, pero hizo que les trajeran unas copitas de champán.

Ella bebió un sorbo fijándose en el abanico que sobresalía en el palco de al lado.

Era de Nomy. La señal convenida para que supiera que estaban cerca.

Que no estaba sola.

—¿Le está gustando la obra? —preguntó lord Greymark. Ella sonrió con todo el entusiasmo que pudo simular.

—¡Oh, mucho, milord! Es un espectáculo maravilloso. Y esta historia de Shakespeare siempre ha sido una de mis favoritas.

—Me alegra saberlo. —Lord Greymark vació su copa de un trago y volvió a llenarla.

Ese hombre iba a acabar mal. Ya fuera en la cárcel o alcoholizado, no le auguraba un futuro muy largo—.

Tengo que reconocer que está cumpliendo con su palabra.

—Rio entre dientes—. Incluso en cuanto a lo de la charla agradable. Gracias.

Ella lo miró con anhelo.

—Oh. Es que espero que me regale a Goldie.

Lord Greymark lanzó una carcajada.

—Me gusta su sinceridad. Pero seguro que entiende que no puede ser. De hacerlo, ya no podría estar seguro de mantener su interés. ¿Verdad?

Lady Penelope lo estudió con cuidado.

—¿Qué quiere de mí, lord Greymark?

El hombre le clavó aquellos ojos horribles, y su sonrisa fue apagándose poco a poco hasta desaparecer.

—La quiero a usted —replicó. Adelantó una de sus manos, que llevaba todavía enguantadas en negro, como el corbatín, y acarició casi con delicadeza uno de los rizos que caían junto a la oreja derecha de lady Penelope.

Ella tuvo que hacer un esfuerzo sobrehumano para permanecer impasible y no apartarse—.

Siempre la he querido. Siempre la he deseado.

Y, además, el nuestro va a ser un matrimonio muy conveniente.

Ella parpadeó.

—No voy a casarme con usted.

—Oh, yo creo que sí lo hará. Porque, de otro modo, me ocuparé de hacerle la vida imposible. Empezando por ese perro pulgoso.

Lo miró sorprendida.

—¿De verdad cree que voy a casarme con usted por temor a que haga daño a un perro?

—A su perro. A su nueva fregona, esa tal Mary Ann... —Agitó la cabeza, divertido—. ¿Cómo se le ocurre llevársela a su casa? No me costó nada enterarme de dónde se escondía.

—No pensé que tuviera que esconderla.

—Ah, querida, ese es su error. Que no entiende la nueva situación. No comprende que debería temerme. Mucho.

Lady Penelope vaciló. Quizá por esa línea pudiera arrancarle de algún modo una confesión.

Sabía que los otros estaban escuchando atentamente desde su palco, pero el teatro estaba sacudido por un inmenso rumor de conversaciones.

Por si acaso les costaba oír, se levantó y, tras simular moverse agitada y contrita, se apoyó en la barandilla, justo junto a la pared que separaba los palcos.

—Sé que es usted capaz de cualquier cosa por obtener su objetivo —le dijo entonces. Él se acercó y se colocó enfrente. Como era más bajito, pese a que ella estaba apoyada, se miraron a la misma altura.

—No voy a negarlo. Reconozco que me ha costado tiempo y esfuerzo llegar a este momento.

En el pasado he sido... timorato. Me asustaba mi tío, le tenía pánico.

Él controló siempre mis finanzas y decidía cuándo y cómo dejarme al borde del precipicio.

—Apretó los labios, en una mueca amarga—.

Maldito viejo ruin y detestable. Maldito hijo de puta...

Nunca fui lo bastante bueno para sus expectativas.

Ella lo miró aturdida. Y algo triste, por el niño que fue una vez.

—Lo lamento.

Lord Greymark la miró con frialdad.

—Y ahora mi objetivo es usted —dijo, cambiando de tema—.

Hace mucho que decidí que fuera mi esposa, aunque reconozco que desde que su amiga y usted se mostraron tan desagradables en aquella ocasión —por la mente de lady Penelope cruzaron imágenes de la fiesta en la que Nomy se había enfrentado a él para que dejara de insistir en bailar con ella—, ahora tengo más ganas que nunca.

—Sonrió de un modo que le provocó un lento escalofrío—.

Me va a encantar ser su esposo, lady Penelope.

Me va a encantar domarla como se merece. A conciencia.

Podía ofenderse por ese comentario. Podía escandalizarse. Y también podía aprovecharlo para buscar una fisura por la que llegar a la verdad. Escogió la última opción.

Adelantó una mano y la apoyó en el pecho del hombre.

—Parece usted distinto. Como si hubiese encontrado... no sé, una manera de lograrlo todo.

—Me siento más fuerte, sí. Ahora soy lord Greymark, y no por la herencia, sino porque me he hecho a mí mismo.

—¿Eso qué significa?

Él guardó silencio un par de segundos. Luego continuó:

—Esto es lo que haremos. Usted y yo anunciaremos esta semana nuestro compromiso y nos casaremos en tres meses, aunque quiero acostarme con usted antes. —Le miró el escote, sin ningún pudor—. De inmediato. Esta misma noche.

—¿Y a cambio?

—A cambio usted y todos sus seres queridos, perro sarnoso incluido, estarán libres de mis iras.

No bromeo, lady Penelope. No se confunda conmigo, no piense que puede tomarme a broma.

No soy el que era, ese del que se burlaba en las fiestas con la zorra de su amiga.

He... cambiado. He cruzado una línea, y ahora estoy en otro nivel, otra posición.

Si no se doblega, comenzarán las pérdidas.

—Hizo una mueca—. El perro. La fregona. Su abuelo. Su amiga. Su...

—¿Está amenazando de muerte a lord Finesword? —preguntó ella, asombrada—. ¿Y a la señorita Thompson?

Él se inclinó ligeramente hacia ella.

—Al puto mundo entero —afirmó. Se miraron desde muy cerca, durante unos segundos. Luego, sonrió con frialdad—. Pero, si me complace, le prometo que estarán a salvo.

Lady Penelope titubeó.

—¿Y cómo puedo saber que lo seguirán estando en un futuro?

—No puede saberlo. —Su expresión se llenó de regocijo—.

Eso es lo más gracioso de todo esto: yo tengo el poder y voy a seguir teniéndolo por siempre.

Y, desde aquí, voy a disfrutar de usted, lady Penelope.

Voy a serle sincero: al principio no le resultará muy grato.

Estoy demasiado enfadado. Voy a hacerle pagar sus ofensas, voy a castigarla, voy a dejarla tan sometida que no sabrá cuándo termina mi piel y cuándo comienza la suya.

—Lady Penelope tragó mentalmente saliva—.

Eso sí, si me complace, no me importará compartirlo todo con usted.

Pero para eso, antes tiene que pagar por lo hecho.

Qué hombre horrible... No estaba bien de la cabeza, eso resultaba obvio. Pero ¿cómo sacarlo de esa posición cómoda? ¿Cómo obligarlo a confesar? Bueno, nunca se le había dado mal la improvisación.

—¿Sabe lo que pienso? Que no deja de ser una fanfarronada.

Él perdió la sonrisa.

—¿Cómo...?

—Sí. Creo que sigue siendo el mismo hombre bajito y débil al que despreciaba su tío.

Pena que le diera el ataque, él sabía cómo tratarlo a usted.

¿Me viene ahora con amenazas solo porque a ese pobre anciano le falló el corazón y ahora ocupa su sitio por suerte?

—Rio con burla—. No sea ridículo. Creo que me arriesgaré.

—No se lo recomiendo. —Lady Penelope lo miró con desprecio y trató de apartarse, pero él la forzó para arrinconarla contra el balcón del palco.

Definitivamente, no había sido buena idea colocarse allí.

Si se empeñaba, no le costaría mucho empujarla para que cayera abajo.

Cierto que había mucha gente, lo que redundaría en muchos testigos.

Pero justo en ese momento se apagaron la mayor parte de las luces y volvió a hacerse el silencio.

¿Comenzaba ya el segundo acto? No lo parecía, la orquesta no comenzó a tocar—. No se le ocurra moverse.

—Quíteme las manos de encima.

—Se olvida de quién soy. Ignora lo que ahora soy. Y si me obliga a demostrárselo, será usted quien lo lamente.

—No tiene usted estómago para hacer semejante promesa.

—Lo cierto es que se equivoca. —Apoyó una mano en su mejilla y apenas presionó hacia atrás, pero ella sintió un conato de pánico.

El tacto del cuero negro del guante le resultó muy desagradable—.

Yo me hice a mí mismo. La suerte no tuvo nada que ver.

Yo conquisté el marquesado de Greymark con tanta efectividad como si lo hubiese invadido con un puñetero ejército.

Porque yo lo hice, yo maté a ese viejo miserable, aunque nadie podrá probarlo, nunca —le susurró al oído—.

Y le aseguro que mataré uno a uno a todos los que quiere, si no se doblega ante mí...

—¡Alto! —Oyó. La puerta del palco temblaba.

Alguien estaba intentando abrirla por la fuerza y lo consiguió, casi desencajándola de las bisagras.

Sir Justin entró en tromba, por el impulso.

Tras él aparecieron el señor Kirkcallum, el inspector Canterbary y el propio lord Bramble Rosegarden, seguido de dos policías de uniforme.

Y, tras todos ellos, cómo no, Eunomia Thompson—. ¡Trenton! ¡Apártese de ella!