Capítulo 19
H abía luna llena, y la silueta oscura de Greymark Manor resultaba más tétrica que romántica desde el camino del bosque que discurría por su parte trasera.
Tal como habían acordado, Perkins detuvo el coche junto al muro, en la zona más cercana al cementerio familiar, y sir Justin, Nomy, el señor Kirkcallum —que llevaba una lámpara que encenderían en el panteón, donde imaginaban que estaría todo muy oscuro— y lady Penelope treparon hasta su techo para alcanzar con mayor comodidad la parte alta del muro.
—¡Estas malditas faldas! —se quejó lady Penelope.
Estaba tratando de sujetarlas bajo un brazo, bien recogidas para evitar que fuesen un estorbo, pero, a la vez, deseaba mantener la decencia.
Con tanta luz era poco probable que pudiese evitar que los dos hombres viesen los pantaloncitos de encaje que llevaba debajo, pero tenía que intentarlo.
Sobre todo trataba de esconderse del señor Kirkcallum. ¡Qué vergüenza!
—Ya te dije que en estas salidas tendríamos que llevar pantalones —replicó Nomy, que iba más o menos como ella, aunque no parecía importarle lo más mínimo—. Estar así no tiene ningún sentido.
La luz de la luna iluminó en toda su grandeza el ceño de sir Justin.
—Si te veo con pantalones, Eunomia Thompson, te aseguro que te ataré a una silla en casa y no podrás volver a salir nunca.
—¡Eso lo dices porque a ti no te obligan a ir con estas frazadas de tela que pesan un infierno! —protestó ella—. ¡Harías bien en apoyar a tu hermana en vez de martirizarla!
—Callaos —les pidió lady Penelope, mientras bajaban al suelo con ayuda de uno de los mausoleos que habían sido construidos pegados al muro.
Sir Justin y el señor Kirkcallum habían bajado antes y así pudieron ayudarlas.
Como era una labor algo complicada, no fue que el señor Kirkcallum viera sus pantaloncitos, sino que hasta llegó a tocarlos al sujetarla para bajar.
Jamás se había sentido tan mortificada. Por suerte, estaba demasiado preocupada porque los descubriesen como para morirse de vergüenza allí mismo—. ¡Que nos van a oír!
—Bah. —Nomy se deslizó con mucha más elegancia, tuvo que admitirlo—. No habrá nadie por aquí. —Lanzó una risita—. Nadie vivo, me refiero.
—¡No digas eso!
—Uhhh, Pennyyyy. Vengo a darte un beso heladoooo.
—Calla, Nomy —ordenó sir Justin, molesto.
—Silencio —pidió el señor Kirkcallum. Todos callaron, tensos. Se oyó algo a lo lejos y el sonido del viento entre las lápidas—. Me pareció...
Lady Penelope se llevó una mano al corazón.
—No vuelva a hacer eso, por favor.
Él sonrió con disculpa.
—Lo siento. No fue mi intención asustarlas.
—A mí no me ha asustado —dijo Nomy. Él le lanzó una mirada extraña.
—No creo que nada pueda asustarla, señorita Thompson.
—Ya lo creo. Mi hermano. Y llámeme Nomy, se lo tengo dicho, Milton.
—Vamos. —Sir Justin lanzó una mirada de advertencia a su hermana y se dispuso a encabezar el grupo—. Atentos.
Lady Penelope recordaba haber asistido con su abuelo a una misa por el alma de lady Greymark, pocos años antes, y les había dibujado un plano de toda la zona mientras estaban en el club.
Había señalado con precisión dónde se encontraba el mausoleo en el que se conservaban los restos de la anciana, y en el que también iba a descansar lord Greymark, al menos así lo había dejado establecido.
Se dirigieron hacia allí todo lo sigilosamente de lo que fueron capaces, que no fue mucho en opinión del señor Kirkcallum.
Al llegar, se toparon con el primer obstáculo serio: la puerta estaba cerrada con llave.
Lady Penelope no había contado con aquello.
En su propio cementerio familiar no lo hacían, no tenía sentido.
Solo iba la familia a rezar, y era bueno que pudieran entrar y salir a su antojo.
Pero allí estaba cerrado. Seguramente lo había ordenado lord Trenton para evitar que nadie pudiera examinar el cuerpo. Qué tonta, debió haberlo pensado. Estuvo a punto de desalentarse, pero sir Justin y el señor Kirkcallum intercambiaron una mirada de entendimiento.
Este último hizo una mueca, examinó la cerradura y se volvió hacia las damas. Las estudió también con atención.
—¿Me permite ese alfiler de su sombrero, milady? —le preguntó a lady Penelope. Ella se mostró sorprendida.
—Oh, por supuesto, señor Kirkcallum —dijo ella. Lo sacó y se lo tendió.
—Muchas gracias. ¿Y usted, señorita Thompson, me dejaría un momento su broche?
Esta última dudó. Apoyó una mano protectora sobre la joya.
—Es que... es un recuerdo de mi madre.
—No se preocupe. Lo cuidaré como si fuese un recuerdo de la mía.
—Usted no conoció a la suya.
Él sonrió.
—Por eso esperaba que entendiera que voy a cuidarlo al máximo.
Nomy parpadeó, todavía desconfiada, pero lo soltó y se lo dio. Con ambas varillas metálicas, el señor Kirkcallum forcejeó con la cerradura y la abrió con un chasquido en pocos segundos.
—Asombroso —dijo lady Penelope, dando palmitas.
—Sin duda —coincidió Nomy—. Menos mal que ha consentido en venir, o ya tendríamos que habernos ido. Esa única puerta hubiera dado al traste con toda la expedición.
—Un placer, señoras —dijo él, divertido—. Aunque estoy seguro de que se las hubieran apañado de alguna forma, incluso sin mí.
—Yo no lo tengo tan claro —insistió Nomy. Sir Justin, a un lado, miró a su socio con simpatía, pero no dijo nada.
Entraron en la cripta, que olía a cerrado y a humedad, y donde el señor Kirkcallum encendió la lámpara.
La luz iluminó en dorado los ataúdes de piedra y convirtió en pura negrura todo lo que quedaba más allá de su alcance.
En las paredes había textos, frases de la Biblia y recordatorios de hombres y mujeres olvidados más allá de ese lugar.
Lady Penelope sintió un escalofrío y de un modo instintivo se movió a la derecha, donde un segundo antes estaba Nomy. Buscó su mano y entrelazó sus dedos. Solo entonces se dio cuenta de que no era su mano, sino la de un hombre. Miró hacia allí y vio el rostro grave de sir Justin.
—Tranquila —le susurró, y apretó los dedos apenas, para confortarla—. No te separes de mí.
Ella asintió, a la vez animada y excitada por la situación. Los tres jóvenes se movieron siguiendo la estela del señor Kirkcallum, que pasaba la lámpara por los sarcófagos de piedra buscando el nombre del último marqués de Greymark.
—Aquí —llamó Nomy. Estaba junto a un ataúd de aspecto más reciente, situado en la plataforma central. Lo habían puesto, lógicamente, junto al de su esposa, comprendió lady Penelope. Todos lo miraron—. Y ahora, ¿qué?
—Tenemos que abrirlo, claro está —dijo ella. Sir Justin y el señor Kirkcallum intercambiaron una mirada.
—Para que digan nada del sexo débil —bufó sir Justin.
—Pues sí. —El señor Kirkcallum suspiró—. Yo, la verdad, no tengo ninguna gana de girar esa tapa.
—Ni yo.
—Vamos, caballeros, adelante, y no se preocupen —dijo Nomy con tono cantarín—. Nosotras los defenderemos si se levanta el difunto.
—¡Nomy! —Su hermano le frunció el ceño—. Te tengo dicho que no seas irreverente.
—Oh, te aseguro que el señor conde tuvo más reverencias de las que se merecía en vida. ¡Menudo viejo gruñón!
—Si ahora se levanta, va a ser divertido ver su cara, señorita Thompson —le advirtió el señor Kirkcallum.
Ella abrió mucho los ojos.
—Ni lo mencione.
—Vamos —la interrumpió su hermano—. Ya que hay que hacerlo, mejor ponerse a ello cuanto antes.
—Señaló la cabecera del ataúd de piedra—.
Empujemos por ahí, Milton, girando de lado.
Mucho cuidado. Si se nos cae, hará tal ruido que alertará a todo el mundo de aquí a Escocia.
Eso por no hablar de que podría aplastarnos un pie y dejarnos cojos para siempre.
—Una expectativa nada halagüeña, sin duda —replicó el otro.
—Pues no... —Al ver que lady Penelope iba a ayudar, negó con la cabeza—. No, por favor, Penny. No es necesario que...
—Claro que sí. Haz el favor de dejar sitio.
—¡Eso! —la apoyó Nomy, uniéndose al grupo—. No seremos tan fuertes, pero algo ayudaremos.
Los dos jóvenes intercambiaron sendas miradas con ceja arqueada incluida y se encogieron de hombros. Entre los cuatro empezaron a empujar en la misma dirección, y sin duda se notó la participación de las dos muchachas, porque, incluso así, el esfuerzo fue enorme.
—Esto pesa como una tonelada —gruñó el señor Kirkcallum.
—Como una maldita tonelada y media —asintió lady Penelope.
—¡Penny! —jadeó sir Justin.
—¿Qué? —preguntó Nomy, casi sin aliento—. ¡Tiene razón!
Al final, consiguieron girar la tapa lo suficiente como para ver sin problemas la mitad superior del cuerpo del difunto conde de Greymark, que estaba cubierto por una tela blanca, un sudario.
Del interior del ataúd les llegó un aroma dulzón, intenso y repulsivo, que hizo que lady Penelope se llevase una mano al estómago. Olía a podredumbre.
—Uf —dijo—. Qué espanto...
—Es terrible, sí... —coincidió Nomy.
—Apartaos —les ordenó sir Justin—. Vamos, alejaos de aquí. No tiene sentido que tengáis que soportar esto.
—Ni hablar —se negó lady Penelope—. Aquí hemos venido juntos. Y por sugerencia mía. No voy a apartarme ahora.
—Mira que eres terca —le dijo sir Justin. Se miraron, y ambos supieron que eran muy semejantes. Se sonrieron.
—Voy a retirar el velo —advirtió el señor Kirkcallum—. No debería mirar, señorita Thompson.
—No me diga lo que tengo que hacer cuando ni siquiera me llama por mi nombre, como le pido, y... ¡Oh, Dios mío!
El rostro del conde estaba gris, de un tono estremecedor.
Lady Penelope renunció a seguir haciéndose la valiente y se apartó a un lado, intentando buscar un aire que no estuviera cargado de muerte y descomposición.
Jadeó, apoyada en uno de los ataúdes que quedaban más a la entrada.
Cada vez sentía el estómago más y más revuelto.
—Si van a vomitar, mejor apártense a un lado —les pidió el señor Kirkcallum, tocando con delicadeza el puente de la nariz de lord Greymark—. No quiero que me salpiquen los zapatos.