Lady Penelope da siempre su paseo a las diez (Club Astarea 2) Capítulo 18
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Capítulo 18

S ir Justin la miró con los ojos muy abiertos. Luego, ahogó una risa seca.

—Estás loca. Completamente loca.

—No pueden hacer eso —lo apoyó el señor Kirkcallum—. Vulnerarían un buen número de leyes.

Nomy le quitó importancia con un gesto.

—Vamos... Eso solo debería preocuparnos si nos cogieran. Y, entonces, tampoco demasiado. ¡Al fin y al cabo, no tenemos intención de celebrar un ritual satánico, solo queremos conseguir pruebas científicas!

—Menudo par de locas estáis hechas. He dicho que no. Rotundamente no —insistió sir Justin—. No podéis entrar en una cripta a escondidas, a manipular el cadáver de un conde difunto. Parad ya, por favor, las dos.

—Perdone, sir Justin, pero me gustaría que me incluyese con ellas —dijo Blanche, desde su posición. Goldie se había dormido en su regazo, como abrazado a su vientre. Quizá oía el corazón del bebé.

Sir Justin suspiró.

—La consideraba más sensata, Blanche, pero ya veo que no. Muy bien, la incluyo, y les pido a las tres que dejen de plantear locuras delictivas. Tienen que parar. No trasgredan ciertas líneas.

—Pero ese hombre es... —empezó lady Penelope, y él la cortó.

—Lo sé, Penny. Sé lo que es y me da tanto coraje como a ti.

Pero, a veces, simplemente no se puede encarcelar al culpable.

¡No se puede! Se sabe quién ha cometido el delito, pero no se puede demostrar.

Muy triste, pero no queda otra. Y lord Greymark ya está muerto, no es como si pudiéramos salvarle la vida.

¿Qué más da si Trenton se sale con la suya?

—No lo entiendes —replicó lady Penelope—. La cuestión, Justin, es que, o interviene el club Astarea, o siempre quedará la posibilidad de que lord Trenton utilice a Mary Ann para imponer su voluntad.

—¿A qué te refieres?

—Ayer amenazó con matar a Goldie si no quedaba con él para cenar e ir al teatro mañana.

¿Qué crees que me propondrá luego? Hace tiempo que quiere establecer un acuerdo matrimonial entre nosotros, para unir nuestras tierras, dice.

En realidad, quiere poner sus repugnantes manos sobre mi dinero.

Y, si no me equivoco, no se contentará con amenazar solo al perro.

—No sabía que quería casarse contigo —masculló sir Justin de mal humor—. Aun así, una persona como él no puede imaginar que tú vayas a someterte por alguien del servicio.

—He ofrecido trabajo a Mary Ann. Voy a buscar también al señor Warren.

Créeme, los usará. Y si no lo hace por eso, lo hará si se le tuercen las cosas.

Pongamos que dentro de un par de meses encuentran alguna pista de algo, lo que sea.

No sé, que recuperan el cuerpo del francés en la sima y logran conectarlo con todo esto de algún modo, o cualquier cosa por el estilo. ¿Qué crees que hará?

Sir Justin hizo una mueca.

—Cargarle la culpa a la señorita Reynolds.

—Exacto. Como ves, son muchas las razones por las que no podemos simplemente dejarlo estar.

—Vale. Pero lo que propones para evitarlo es ir a profanar un cadáver.

—Bueno, lo cierto es que mi propuesta era más científica.

Para empezar, podríamos determinar de una vez si lo han asesinado de verdad o si todo se basa en una confusión.

Al fin y al cabo, Mary Ann no estaba presente y no sabemos nada con seguridad.

Pero si lo estrangularon o asfixiaron o apuñalaron habrá evidencias, ¿no? Y podríamos usarlas en su contra.

Todos se miraron muy serios.

—Eso es verdad —admitió sir Justin—. Sería interesante comprobarlo. Pero sigue sin convencerme la idea de actuar de semejante forma. Podríamos solicitar una exhumación por vía legal y...

—Eso llevaría mucho tiempo —replicó Nomy—.

Y sabes tan bien como yo que todo ese esfuerzo sería para nada.

Si vas a los tribunales, Trenton no tardará en enterarse, porque pretendes exhumar a su tío y le pedirán permiso, a menos que lo acuses directamente, algo a lo que no puedes arriesgarte sin pruebas.

Y hará lo que sea para ocultar toda huella.

Algo drástico, como quemar el cadáver o algo por el estilo.

—Eso es —asintió lady Penelope—. Y acusaría de nuevo a Mary Ann y su amante francés de la tropelía. —Negó con la cabeza—. Debemos ir. Esta noche.

—A mí me parece una gran idea —exclamó Nomy—.

¡Y, fijaos, va a ser la primera vez que quiera visitar a lord Greymark!

—Hizo caso omiso de las miradas de censura que le lanzaron los demás y siguió a lo suyo, dirigiéndose al socio de su hermano—: Usted podría ayudarnos mucho, Milton.

Antes de decantarse por las leyes, el señor Kirkcallum estudió Medicina con su padre adoptivo y sabe mucho de ciencia forense —explicó a sus amigas—.

¿Verdad, señor Kirkcallum? —Él la miró con cautela—.

¿No podría deducir del examen del cuerpo si lo han estrangulado o si ha muerto de un ataque?

El hombre hizo una mueca.

—Tanto como eso, sí. Puedo ver si hay trazas de un ataque o si definitivamente parece una muerte natural.

—¡Bien! —exclamó ella, y se puso en pie—. Entonces, en marcha.

—Oh, no, lo siento —replicó él, alzando ambas manos como para contenerla—. Yo no puedo ir, señorita Thompson. Hoy tengo... Beth... —Tras tanto intento inútil, acabó por encontrar la frase adecuada—. Me temo que debo asistir a una cena en casa de mi prometida, con sus padres.

El señor Kirkcallum estaba comprometido con una joven de buena familia, Beth Collins, hija de un boticario amigo de su padre adoptivo.

Llevaban ya muchos años de relación, puesto que la iniciaron incluso antes de irse él a Oxford.

Por lo que sabía a través de Nomy, debió haber sido una cosa más de acuerdo entre los padres que de interés entre los hijos, aunque las pocas veces que lady Penelope se había encontrado con ellos, la prometida del señor Kirkcallum se mostraba siempre muy afectuosa con él. En su opinión, ella sí que lo quería.

Lady Penelope y Nomy habían hablado muchas veces sobre si aquella muchacha estaría al tanto de los orígenes del señor Kirkcallum.

Nomy era de la opinión de que no, de que seguramente se lo habían ocultado.

Una cosa era ser un huérfano adoptado por un médico de prestigio reconocido y otra ser un chico de las calles, un raterillo acostumbrado a la mugre y al reverso criminal del mundo, adoptado cuando estaba a punto de terminar en la cárcel.

—Oh. —Nomy perdió buena parte de su entusiasmo. Lady Penelope se preguntó si no estaría decepcionada, y no era la primera vez que le daba la impresión de que su amiga estaba más interesada en el señor Kirkcallum de lo que quería admitir—. Claro, claro.

—Si pueden demorarlo a mañana... —sugirió él.

—Me temo que mañana es la cita con lord Trenton para el teatro —le recordó lady Penelope. Le hubiera gustado poder bromear, decir algo ingenioso, pero no se le ocurría nada—. Y me gustaría tenerlo todo resuelto para entonces.

—Eres una ilusa —le dijo sir Justin, cruzándose de brazos—. Ilusa si piensas que puedes solucionarlo para mañana. Y también ilusa si piensas que voy a permitir que vayas a ningún sitio con ese hombre.

—¡Justin! —protestó su hermana.

Lady Penelope agitó la cabeza.

—Te he dicho que le he dado mi palabra. —Al ver que iba a seguir protestando, se acuclilló a su lado y le puso una mano en la rodilla—. Justin... ¡Ay, Justin, tengo que ir! Es una cuestión de honor, y tú tienes que entenderlo.

Él parpadeó. Al cabo de unos segundos, asintió.

—Vale. Pero yo estaré cerca. Te seguiré a la cena y luego al teatro.

—Y yo también —le aseguró Nomy. Sir Justin suspiró, pero no se opuso.

—Podemos usar tu palco, está al lado del de Greymark —le dijo a ella—. El nuestro queda demasiado lejos.

—Justo al otro lado —le recordó Nomy. ¡Cuántas veces ellas dos se habían hecho gestos de lado a lado, sin prestar atención a la función de turno! Hasta aprendieron a mandarse mensajes con el lenguaje de los abanicos, y se divertían mucho.

—Así es —dijo sir Justin—. Os vería, pero me costaría llegar, de darse una urgencia. Prefiero solo escuchar, pero saber que sí puedo llegar a tiempo.

—Perfecto —asintió ella—. Usad el mío.

—Y ahora, ¿vamos a Greymark Manor? —preguntó Nomy.

Sir Justin sacudió la cabeza.

—No le veo sentido, la verdad. Sin Milton, no sé si merece la pena que vayamos. Es el único que podría descubrir algo realmente interesante, de haberlo.

—Vale, maldición —dijo el señor Kirkcallum, pasándose una mano por la cabeza—. ¿Podría su doncella llevar un mensaje, señoras?

—Desde luego —le dijo Nomy—. Puede pasar al despacho y escribirlo. Lo acompaño.

—Gracias, Milton —le dijo sir Justin mientras su socio y su hermana salían juntos del salón. El señor Kirkcallum se limitó a quitarle importancia con un gesto—. Y bien, Penny, ¿tienes algún plan? Al margen de ir, mirar e irnos.

—Algo. Iremos más tarde. Saldremos de aquí, dejaremos a Blanche en su casa y nos iremos a Finesword Manor. No quiero que mi abuelo se preocupe, y lo haría si no voy a cenar. Además, así dejaremos a Goldie allí.

—¿Y los demás? ¿Comeremos algo?

Lady Penelope rio.

—No seas tonto, cenaremos todos con él, le gustará.

Luego, sobre la medianoche, iremos a Greymark Manor.

Perkins puede esperarnos muy cerca, en la parte de atrás, donde el muro limita con el cementerio familiar.

Lo saltamos con la ayuda del propio vehículo y, si se complican las cosas, corremos y nos vamos.

Al ver que con eso concluía, sir Justin arqueó una ceja.

—Un gran plan, sin duda. Lo he entendido a la primera. Sobre todo, lo de «si se complican las cosas, corremos y nos vamos».

—Bah. Los planes más sencillos suelen ser los que mejor funcionan.

Él rio entre dientes.

—Me gustaría saber en qué estudio científico te has basado para llegar a semejante conclusión, pero sea, me embarcaré en esta locura.