Lady Penelope da siempre su paseo a las diez (Club Astarea 2) Capítulo 17 #2
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Capítulo 17 #2

Quizá ese día también, pero lo que no había estado era durmiendo, seguro. Debió regresar y entrar de vuelta en la mansión sin que nadie lo viera, se metió otra vez en la cama y simuló haber estado allí todo el tiempo.

Pero le había dado un rato. Y era el mayor sospechoso en aquel caso.

—Entiendo. Gracias, Mary Ann, ha sido todo muy revelador.

Se lo agradecemos mucho. Nos va a ayudar a conseguir que lord Trenton sea detenido —le dijo, con una sonrisa llena de entusiasmo; aunque algo más tarde, cuando Otis y Mary Ann ya se hubieron ido de vuelta a Finesword Manor, se puso en pie para estirar las piernas y reflexionar, algo que siempre la ayudaba.

Al ver que los caballeros también se levantaban, se apresuró a señalar los asientos—.

No, por favor, Nomy ya se lo ha pedido, no se levanten.

—Madre mía, otra vez —masculló Nomy, con el puro entre los dientes.

—Por favor, vuelvan a sentarse —pidió lady Penelope—. Estamos en el club Astarea. Aquí somos amigos y colegas. Somos iguales. Dejemos estos cumplidos para el exterior.

—Pero... —empezó sir Justin, incómodo. De hecho, mucho más que cuando se trataba de su hermana, más que nada porque, con ella, no solía hacer tantos cumplidos en su casa.

—Por favor... De otro modo me obligarán a mí a sentarme, y estas reuniones no van a funcionar.

Siéntense. —Los dos hombres se miraron y acabaron cediendo.

Se sentaron y ella caminó de un lado a otro, preocupada—.

No entiendo nada. No sé cómo encajar la mayor parte de las piezas.

Voy a intentar, no sé, darle un sentido. Decidme si es demasiado absurdo.

—Te lo diremos —convino sir Justin.

—Bien. Lord Greymark estaba enfermo del corazón. Su sobrino quería librarse de él, por la herencia, y el perrito fue una especie de arma. No sé cómo, pero se hace el muerto.

—Es un truco muy común —replicó el señor Kirkcallum—. De crío tenía un perro que sabía hacerlo y... —se interrumpió—. Bueno, no viene al caso.

Lady Penelope le sonrió.

—No. Pero gracias por confirmarlo. —Él le hizo una inclinación cortés en respuesta y ella continuó—: Lord Trenton lo buscó a posta o quizá lo descubrió por casualidad, creo más esto último, y se le ocurrió la idea.

Lo llevó a Greymark Manor para que su tío se encariñase y, en cuanto así ocurrió, lo usó para intentar provocarle ese ataque al corazón.

—Pero no funcionó, no fue suficiente —aportó Nomy—. De modo que echó de allí a Mary Ann y lo mató por sí mismo.

—¿Y cómo encaja en todo esto el hombre del pantalón rojo?

—preguntó lady Penelope, y levantó un dedo—.

Pues está claro: alguien tuvo que adiestrar al perrito.

El desconocido recibió un cobro inicial, con el que se compró unos buenos zapatos, y, más tarde, un segundo, ya cumplida toda la tarea.

Ahí... ya no podemos saber con certeza qué pasó.

Quizá pidió más dinero, con lo que lord Trenton comprendió que, o se libraba de él, o lo estaría extorsionando por siempre.

—Cierto... —Sir Justin se frotó la mandíbula—. Lo adiestró para hacerse el muerto... Pero ¿cómo le dio la orden? ¿Cómo sabía el perrito cuándo debía simular la muerte?

Un momento de silencio. El señor Kirkcallum alzó un dedo.

—La ventana. Ese hombre estaba empeñado en abrirla. La orden la daba el desconocido desde abajo y quería estar seguro de que el perro lo oía.

—Pero nadie dijo nada, no hubo voces, ni nada —apuntó Nomy—. Mary Ann lo hubiese oído.

—Cierto. Tiene que haber alguna cosa. No fue con una voz. De hecho, la señorita Reynolds ha dicho que se llevó una mano a la boca. Quizá algún artilugio de algún tipo, algo pequeño. Podría ser un silbato.

¡Un silbato!

—¡Oh, claro! —exclamó de pronto lady Penelope, y llamó con la campanilla, y también a voces—. ¡Kitty! ¡Kitty!

—¿Qué pasa? —preguntó Nomy, desconcertada.

—Encontré algo más, en el bolsillo del hombre de pantalón rojo. Estaba con el dinero... —La puerta se abrió y Kitty la miró sorprendida—. ¡Kitty, trae mi bolsito, por favor!

—En seguida, milady.

Ni un minuto tardó Kitty en llevárselo, y ella tardó otro segundo en vaciarlo sin mayor cuidado sobre la bandeja del té, que todavía seguía allí. Con sus tarjetas, su pañuelito perfumado y un par de tonterías más que le gustaba llevar, cayó el tubito de madera.

—En su momento no le concedí mayor atención —les explicó—. Sobre todo porque las trescientas libras eran algo muy... llamativo, y nos centramos en ellas. Pero estaba allí y... —Lo examinó—. ¡Sí! ¡Es un silbato!

—Vale, pero no sé si será eso lo que usaron... —Nomy frunció el ceño—. Mary Ann tampoco dijo que oyera un silbido.

—Cierto... Pero como apunta el señor Kirkcallum, lord Trenton se empeñó en abrir la ventana. Por algo debía ser. —Se llevó el silbato a los labios y sopló. No se oyó nada. Lo miró decepcionada—. Pues vaya... Debe estar roto.

—¡Mirad! —Nomy señaló hacia el perrito. Estaba caído de lado. Parecía muerto. Lady Penelope corrió hacia él y lo abrazó.

—¡Ay, Dios! ¡Goldie! ¡Goldie! —Nada, no reaccionaba. Permanecía totalmente quieto y no estaba segura de que respirase—. Pero ¿qué ha pasado?

Sir Justin ahogó una risa seca.

—Nada. Misterio resuelto. Hay sonidos que captan los animales y no nosotros, y ese silbato emite uno de ellos.

Uno con el que le han enseñado a hacerse el muerto.

Tenías razón, Penny, ese par de canallas prepararon el perro y se lo hicieron llegar al anciano y enfermo lord Greymark para provocarle un ataque.

—Ese era el plan —asintió Nomy—. Pero salió mal. No murió del ataque.

—¡No me importa el plan! —sollozó lady Penelope. ¿A quién podía importarle? Pobre Goldie, tan quietito—. ¡No reacciona!