Lady Penelope da siempre su paseo a las diez (Club Astarea 2) Capítulo 17
76%

Capítulo 17

—H asta hace nada, yo era una simple criada en Greymark Manor —dijo Mary Ann—.

Solo llevo dos meses allí, todavía me considero una recién llegada de la granja de mis padres.

Al principio, me dedicaba a limpiar las chimeneas, sacudir alfombras y lo que hiciera falta —titubeó—.

La cuestión es que, hace cosa de diez días, lord Trenton se me acercó mientras colgaba la colada.

No estaba alojado en la mansión, no iba a quedarse, me dijo.

Ni siquiera quiso entrar a saludar a su tío.

Solo quería pedirme un favor: que le regalase a milord un perrito, como si fuese cosa mía.

—¿Goldie? —preguntó Nomy.

—Sí. Lo llevaba con él en una cestita y me lo entregó.

Lady Penelope se mostró confusa.

—¿Eso significa que el regalo fue idea suya? ¿En serio?

—A mí también me sorprendió —afirmó Mary Ann—. Aunque yo era una recién llegada, ya me había percatado de que él apenas iba por Greymark Manor, solo para pedir dinero, y no era muy atento con su tío, la verdad.

—Me consta. —Y, sin embargo, había sido él quien le había regalado a Goldie. Lady Penelope agitó la cabeza, intentando entenderlo—. ¿Y por qué no se lo dio él directamente?

—Me dijo algo así como que no quería sensiblerías. Que le habían dicho que un animalito de compañía lo ayudaría mucho, pero que no quería que supiera que era cosa suya. Prefería que se lo diera yo.

—Qué hombre más raro.

—Sí. —Alzó ambas manos. En una tenía todavía el pañuelo de Otis—.

Pero, la verdad, tenía razón. Milord se entusiasmó con el perrito y me estaba tan agradecido que me ascendieron a doncella, y ahora soy la mano derecha de la señora Blanchard, el ama de llaves francesa de milord.

Lord Greymark me decía siempre que aprendiera a su lado, que yo sería su sustituta, algo que me hacía muchísima ilusión, ya pueden imaginarse.

Todo iba estupendamente. —Sus ojos se oscurecieron—. Pero, entonces...

—¿Qué pasó?

—El otro día, lord Trenton se presentó de improviso a la hora del té y tuvieron una enorme pelea, algo sobre unas deudas, lo de siempre.

Milord le dijo que estaba cansado de pagar sus vicios, que no lo haría más.

¡Estaba tan disgustado! «Es la única razón por la que me alegro de que mi hermana muriera tan joven», me dijo.

«Sé que ver el hombre en que se ha convertido su hijo la hubiera hecho muy infeliz».

—Qué triste —musitó Blanche, con las manos protegiendo su vientre.

—Sí, yo también pensé eso —convino apenada Mary Ann—. El caso es que lord Greymark se llevó tanto disgusto que tuvimos que llamar al médico. El doctor Meade le aconsejó que se acostase y que se quedase un par de días en cama. Que necesitaba tranquilidad.

—Sospecho que no la tuvo —dijo Nomy.

—Pues no... Por la noche, mientras yo le estaba dando un caldo, porque no quería cenar otra cosa, lord Trenton entró en el dormitorio. —Frunció el ceño, recordando—. Fue... todo fue muy extraño.

—¿En qué sentido? —preguntó sir Justin.

—Pues que... En todo momento tuve la impresión de que algo pasaba, aunque no conseguía entender qué, porque, en realidad, todo era normal.

El perrito saltaba feliz sobre la colcha, lord Trenton estaba más amable y atento que nunca...

Charló unos minutos con lord Greymark, tratando de quitar importancia a la discusión que habían tenido, y le pidió perdón. Los dos terminaron abrazándose...

—Uf —soltó Nomy, con expresión de miedo. Mary Ann la miró, suspiró y no la contradijo.

—Fue entonces cuando alegó que olía a cerrado y abrió la ventana. —Hizo un gesto de desconcierto—. No olía a cerrado, lo juro. Se había ventilado como siempre cuando limpiamos por la mañana, y milord solo había estado acostado desde el té. No era el dormitorio de un enfermo.

—Algo tramaba —masculló sir Justin.

—Sí, eso pienso, y eso pensé. Porque, a continuación, me dijo que él le daría el caldo, que me fuera.

Yo iba a obedecer, no me gustaba la idea, pero no quedaba más remedio...

Sin embargo, mientras rodeaba la cama, el viento agitó las cortinas y entró algo de frío, y milord me pidió que la cerrase, que ya se ventilaría en otro momento.

—Quizá quería matarlo de un enfriamiento... —sugirió Nomy.

—Sospecho que lo consideraría un sistema demasiado lento —dijo el señor Kirkcallum.

—No lo sé. Fui a hacerlo, a cerrar, pese a las protestas de lord Trenton, que insistía en que me fuera, y entonces vi que había un hombre abajo, entre los matorrales. Todavía había algo de luz del día, pero aun así no pude distinguirlo bien.

—¿No lo conocía?

—No lo sé. No lo veía bien, pero creo que no. No me resultó familiar.

—¿Y podría describirlo?

—Apenas, lo siento. Ya les digo que no lo veía bien. Solo me fijé en que llevaba unos pantalones rojos, muy rojos, y me dije que nadie en aquella casa usaba algo así, de modo que debía ser de fuer...

—¡Pantalones rojos! —exclamó lady Penelope y se volvió hacia sir Justin, cuyos ojos brillaron de emoción. Por fin estaban avanzando hacia algún lado.

—¿Qué ocurre? —preguntó Otis, con alarma.

—El hombre asesinado en el bosque llevaba pantalones rojos —le explico ella. Supusimos que pertenecía a algún uniforme militar, pero no sé de cuál. El capitán Forbes nos dijo que lo usaban los franceses, pero no estaba seguro de si algún regimiento inglés lo tenía también.

—¿Y qué hacía allí? —preguntó sir Justin—. ¿Pudo verlo?

—Sí, bueno... No lo sé. Miraba hacia la mansión, hacia la ventana. Y se llevó una mano a la boca, no sé si tenía algo... Intenté ver más, agudizar la vista, pero entonces oí el grito y me volví. ¡Y el perrito estaba caído sobre la cama, muy quieto!

Lady Penelope frunció el ceño.

—¿Cómo caído?

—Pues... caído. Había estado jugando por toda la cama, buscando posición...

Es que le gustaba dormir con milord, y a milord le encantaba tenerlo allí, decía que le daba mucho cariño.

Pero de pronto estaba caído de lado, con la boquita abierta.

Yo... —Mary Ann había palidecido—. Pensé que estaba muerto.

Nomy abrió mucho los ojos.

—¡Qué horror, criaturita!

—Sí. No podía creerlo, pero fue lo que pensé, y sé que milord también lo creyó, porque se puso muy blanco, se llevó una mano al pecho y empezó a boquear, como si le estuviera dando un ataque.

Creí que se moría también, por la impresión.

—Ahogó un jadeo, los ojos llenos de lágrimas—.

Quise... quise ayudarlo, pero lord Trenton se interpuso.

Cogió al perrito, me lo estampó en los brazos y me empujó hacia la puerta.

Detrás, milord empezó a gritar que ayudaran a Goldie, que lo salvasen.

Estaba pálido, pero me pareció que había superado la primera impresión.

¡Hasta estaba levantándose! Gritaba que llamasen de inmediato al doctor Meade para atender a Goldie, y buscaba sus zapatillas cuando lord Trenton me echó fuera y cerró.

Guardó silencio. Todos la observaron con gravedad.

—¿Y entonces?

—Entonces oí... No sé. Algo que parecía un forcejeo, golpes...

—Agitó la cabeza con desaliento—. Dejé de prestar atención porque empezaron a llegar los criados, encabezados por el señor Warren y la señora Blanchard, lamentándose a gritos en su mezcla de inglés y francés...

Y, de pronto, el perrito reaccionó entre mis brazos. ¡Qué alivio enorme sentí!

—No me extraña —asintió Blanche.

—Debió ser terrible... —musitó lady Penelope, y buscó con la vista a Goldie, que estaba peleándose con la borla de una cortina. En poco tiempo le había cogido mucho cariño, si le pasase cualquier cosa...

Y ella no estaba enferma del corazón, como le había ocurrido al pobre lord Greymark.

—El señor Warren llamó a la puerta, pero todavía pasaron varios minutos hasta que se abrió —prosiguió Mary Ann—.

Entonces, salió lord Trenton, pálido, aferrado entre lágrimas a la camisa que había llevado ese día su tío y diciendo que milord había sufrido un ataque y había muerto.

Nadie se sorprendió, pero yo sabía que algo raro había pasado.

Milord no había muerto de un ataque, yo lo vi, se había llevado un susto, un enorme disgusto ante la posibilidad de que Goldie se hubiese muerto, pero había podido superarlo.

Así que lo busqué más tarde y se lo pregunté.

—¿Y qué le dijo? —indagó Nomy.

Mary Ann miró de reojo a Otis.

—Que era... que era una chica muy bonita y que podía tener un futuro brillante a su lado.

Pero que si hablaba del tema, me despediría y le diría a todo el mundo que había robado en la mansión y que luego, al verme descubierta, había intentado seducirlo para que me perdonase.

Y que al no querer acostarse conmigo, yo me había enfadado y que por eso estaba dispuesta a decir cualquier cosa con tal de perjudicarlo.

—Canalla... —gruñó Otis—. Le retorcería con gusto el pescuezo.

—No, por favor —le pidió ella, asustada—. Vamos a dejarlo estar. Si tú le haces algo, te mandará a la cárcel. Lady Penelope se ocupará. El club Astarea se ocupará. ¿Verdad? —preguntó, aunque era una súplica—. ¡Tiene que haber un modo de castigar a ese hombre!

Fue Nomy la que respondió, con una sonrisa.

—Sin duda. No se preocupe, Mary Ann, ese canalla terminará con los huesos en la cárcel.

—Así será, se lo prometo. —Lady Penelope sonrió—. Una última pregunta, Mary Ann... ¿A qué hora fue el funeral de lord Greymark?

—¿Eh? Oh, pues a mediodía.

A mediodía. Lady Penelope sintió un conato de esperanza. ¡Sí, claro que sí! Le habría dado tiempo más que suficiente para matar al hombre en el bosque a las diez de la mañana, arrojarlo en la sima a las once como mucho y volver.

—Y antes, ¿estaba lord Trenton por allí? ¿Lo vieron en algún momento?

—No, no. Precisamente lo hicimos tan tarde porque estaba durmiendo. Bajó despeinado y ojeroso justo cuando el cura decía que tenía que irse, que, si no aparecía de inmediato, no habría funeral. —Se encogió de hombros—. Todos supusimos que había estado bebiendo hasta tarde. Siempre lo hace.