Lady Penelope da siempre su paseo a las diez (Club Astarea 2) Capítulo 16 #2
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Capítulo 16 #2

—A ti te sale a tu modo, y es igualmente perfecto, Nomy —le dijo ella con una sonrisa—.

Porque cada Dama Selecta lo es a su manera.

—Eso iba para sir Justin, y él la miró pensativo—.

Y lo es por sí misma, sin que nadie pueda decirle si lo es o deja de serlo.

Lo es, a veces con errores, a veces con éxitos.

Estoy segura de que lady Acton diría que eres una Dama Selecta maravillosa.

Su amiga sonrió, sir Justin estudió pensativo el contenido de su taza de té, y mientras lo tomaban, charlaron de intrascendencias, hasta conseguir que Otis y Mary Ann se tranquilizasen un poco.

Al principio, lady Penelope tuvo sus dudas sobre si lograrían conseguirlo, pero no había pasado ni un cuarto de hora cuando descubrieron que Otis, sir Justin, Nomy y el señor Kirkcallum eran seguidores del mismo equipo de fútbol. Eso suscitó una conversación intensa.

Blanche y ella, que no eran aficionadas a aquel juego absurdo, intercambiaron una sonrisa y escucharon encantadas.

Finalmente, aprovechando un silencio, se dirigió de nuevo a Mary Ann.

—Mary Ann, todos los presentes estamos al tanto de lo ocurrido ayer en el bosque, y del fallecimiento de lord Greymark.

Por eso, puede contarnos cuanto quiera y hablar con total libertad, sabiendo que no tiene que volver a Greymark Manor si no lo desea.

Sé que a la mayoría no nos conoce, pero puede confiar en el club Astarea.

La expresión de Mary Ann estaba llena de esperanza. Lady Penelope hubiese querido abrazarla, pero se contuvo.

—No, no lo deseo. Lord Trenton... digo, lord Greymark es un hombre...

—Un hombre horrible —la ayudó Nomy. La jovencita asintió, con lágrimas en los ojos. Otis le tendió un pañuelo y habló por ella.

—El nuevo lord Greymark ha despedido esta tarde al señor Warren porque ha impedido que... se excediera con Mary Ann, mientras le servía el té. —La tomó con delicadeza por el brazo, le levantó apenas la manga y pudieron ver el verdugón que le había hecho al marcarle los dedos.

—¡No! —exclamó lady Penelope, y también las otras damas presentes.

—Hijo de... —empezó el señor Kirkcallum, pero se contuvo—. Perdón.

—No te preocupes, Milton —le dijo sir Justin—. Opino igual. Es un hijo de puta. Perdón, señoras.

—Ay, cómo lo siento, Mary Ann. —Lady Penelope apoyó una mano en el hombro de la muchacha—. Querida, no hay más que hablar, hoy ya dormirá en Finesword Manor, y en cuanto se sienta cómoda y en casa, será mi doncella.

Los grandes ojos de Mary Ann brillaron, pero ahora lo hacían de alegría.

—¡Gracias, milady! Juro que no lamentará esta oportunidad.

—Sé que no, no te preocupes. También me gustaría encontrar al señor Warren. ¿Saben dónde puede haber ido?

—Sí. Tiene una hermana casada en Londres, en un barrio humilde. —Buscó en su bolsito y le tendió un papel—. Me dio la dirección antes de irse, por si necesitaba ayuda con lord Greymark.

—¡Oh, qué bien! —exclamó lady Penelope. Qué hombre encantador había sido siempre el señor Warren.

Su bondad iba a ayudarlo a él ahora, ella se ocuparía personalmente de eso.

Nunca iba a faltarle de nada. Leyó la nota, pero no conocía la zona.

Se la tendió a sir Justin, que había adelantado una mano, pidiéndola sin palabras—.

No sé dónde es... Tendremos que ir a buscarlo y lo llevaremos a Finesword Manor. Ya encontraremos algo para él.

Sir Justin leyó el papel y asintió.

—Me ocuparé de ir a por él a primera hora de la mañana.

—Gracias, Justin. —Y sonrió no solo por agradecimiento, sino por ver lo feliz que le hacía que hubiese usado el nombre sin tratamiento, frente a todos—.

Pues todo solucionado. —Miró a la prometida de Otis y sonrió intentando darle ánimos—.

Ahora, si quiere contarnos algo, estaremos encantados de escucharla, querida.

—Gracias, sí. Yo... —Mary Ann se mordió los labios y empezó a hablar—. Creo que milord, lord Greymark..., el tío de este lord Greymark, fue asesinado.

Lady Penelope asintió. Eso ya se lo había adelantado Otis.

—Ya veo...

—¿Estás segura? —preguntó Nomy, con cara de entusiasmo.

—Ha usado el verbo «creo» —intervino sir Justin—, me parece a mí que eso lo responde.

—Ya, bueno. —Nomy chasqueó la lengua contra los dientes—. La pregunta, hermano, es quién cree que lo hizo.

—Lord Greymark... el sobrino —respondió Mary Ann—. Bueno, lord Trenton en ese momento, claro.

—¡Sí! ¡Eso es! —Nomy se puso en pie de un brinco. Al momento, su hermano y el señor Kirkcallum se pusieron también en pie. Otis titubeó, pero también terminó haciéndolo—. ¡Sí! ¡Lo sabía! ¡Ese hombre es un asesino! Y... —Miró a los hombres—. ¿Qué hacéis?

—Ponernos de pie —replicó su hermano—. Lo cual es bastante molesto. Haz el favor de sentarte.

—Oh, no seas pesado. Estamos en el club Astarea, aquí somos todos iguales. —Le mostró su puro y lo mordisqueó—. Haced el favor de sentaros y de no levantaros si nos ponemos en pie alguna. Nos gusta movernos para pensar y es un maldito incordio veros ahí plantados.

Sir Justin apretó la mandíbula. Miró a lady Penelope, que le indicó con la mirada que hiciera caso, y suspiró.

—Oh, está bien. —Se sentó. El señor Kirkcallum sonrió y también volvió a acomodarse. Y Otis de nuevo fue el último en imitarlos—. Conste que me resulta muy difícil. No me parece caballeroso.

—Estoy segura, hermano —dijo Nomy, indiferente a su sufrimiento—. A ver, en qué estaba antes de esta tonta interrupción... ¡Ah, sí! ¡Que Trenton es un asesino! —Sonrió de oreja a oreja—. Yo no tenía la menor duda.

—Bueno, yo lo deseaba, lo reconozco —dijo lady Penelope—. Pero de ahí a afirmar que lo había hecho...

—¡Penny, ese hombre horrible quería matar al perro!

—Eh, sí... —Se estremeció al recordarlo—. Sí, eso es verdad.

—No es por desmerecer a Goldie, Nomy, pero hay una diferencia entre matar un perro y matar a una persona —le dijo su hermano, cruzado de brazos.

Ella se encogió de hombros.

—Ese sería un gran tema de debate, porque en el fondo de todo está el respeto a la vida, Justin.

Pero ten en cuenta que no es un perro cualquiera.

Es el perrito de su tío, que acababa de fallecer.

Y es un perrito encantador, que despierta ternura.

Solo alguien muy malvado podría querer hacerle daño a alguien así.

Sir Justin agitó la cabeza.

—Bueno, ya mantendremos tú y yo más tarde ese debate. De momento, señorita Reynolds —se volvió hacia Mary Ann—, será mejor que nos cuente todo desde el principio.

Mary Ann miró a Otis, que sonrió dándole ánimos, y asintió.