Lady Penelope da siempre su paseo a las diez (Club Astarea 2) Capítulo 16
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Capítulo 16

—Q uerían hablar del asesinato del bosque —les explicó Nomy cuando salió a abrirles la puerta, adelantándose a Kitty—. Espero que no os importe.

Tal como la miró, lady Penelope supuso que sir Justin le había contado a su hermana lo sucedido, o al menos parte de lo ocurrido. Ahí estaba, el primer paso para evitar que Nomy sufriera con aquella historia.

Sonrió.

—Me parece perfecto. No te preocupes, Nomy. Todo está bien. —Su amiga la miró a los ojos, como buscando algo, y al no encontrarlo, la abrazó con fuerza. Para su espanto, notó que sollozaba. ¡Eunomia Thompson llorando! Imposible—. ¡Eh! ¡Nomy! No llores, cariño.

—No lo hago. —Se apartó. Tenía los ojos llenos de lágrimas, pero luchaba con fuerza por evitarlas—. Lo siento, Penny. Lo siento muchísimo. Ya me temía yo que pasase algo como esto.

—Pero si no ha pasado nada, tonta. —Intercambió una mirada de entendimiento con Blanche, que asintió con una sonrisa—. Estamos entre gente que se quiere. Saldremos adelante.

En el salón, efectivamente, estaban sir Justin y el señor Kirkcallum, su socio, un abogado temible en los tribunales, según se decía.

Lady Penelope no podía saberlo, nunca lo había visto trabajar, pero le constaba que era un hombre muy atractivo, de aire serio y siempre elegante.

El socio ideal del baronet, sin duda, pese a que por lo que tenía entendido, su ascendencia era realmente humilde.

Unas Navidades, Nomy y ella había escuchado cómo hablaban sir Justin y él, recordando su historia: que había sido un muchacho de las calles, aparecido en Whitechapel como tantos otros, sin pasado, edad o condición, y se había dedicado a robos menores y delitos semejantes, hasta que se vio envuelto en un feo asunto.

No llegó a aclarar sus detalles exactos, al parecer sir Justin los conocía, pero la cuestión era que lo habían detenido y que en Scotland Yard un caballero se apiadó de aquel chico delgado, sucio y con cara de querer atacar a cualquiera que pretendiera acercarse.

El hombre en cuestión era Henry Kirkcallum, médico forense de Scotland Yard.

Logró solucionar el tema de su detención, se lo llevó a casa y no tardó en adoptarlo.

Como no tenía un nombre real —lo llamaban por un apodo despectivo—, el doctor Kirkcallum le dio a elegir entre varios, a los que añadiría su apellido.

Así nació el señor Milton Kirkcallum y demostró ser lo bastante listo como para poder estudiar primero en Eton y luego en la universidad.

Eso sí, para desilusión de su padre adoptivo, no quiso seguir sus pasos por la Medicina —aunque le enseñó cuanto pudo desde niño y luego durante los veranos y demás tiempo libre— y se decantó por las Leyes.

Así fue como conoció al baronet sir Justin Thompson, en la universidad de Oxford, donde compartieron habitación desde su llegada y, más tarde, muchos planes.

En esos momentos, el señor Kirkcallum era ya socio del club Astarea, igual que el inspector Richard Canterbary.

Nomy se lo había ofrecido y él no había tenido mayor problema en aceptar, al contrario, le había parecido buena idea.

No solía hablar mucho —era tan callado que lady Penelope y Nomy solían bromear sobre que sir Justin tenía dos sombras—, y cuando lo hacía era para poco más que mencionar algún artículo legal o algún aforismo.

A pesar de todo, era un hombre simpático, decidido, listo y muy agradable.

Al menos si formabas parte de sus amigos.

Porque su fama de depredador en los tribunales era merecida. No le gustaba perder, sobre todo porque solo aceptaba casos en los que creía en la inocencia de sus clientes, y peleaba duro por conseguir salvarlos.

Lady Penelope le sonrió, y el señor Kirkcallum replicó con aprecio.

Luego, buscó con la vista a sir Justin, que se había limitado a mirarla de lejos y parecía sombrío y disgustado.

¿Tenía los ojos llorosos? Estaba por afirmar que sí —¡milagro, los dos hermanos Thompson llorando, ya sería algo a reseñar para la historia del futuro!

—, aunque le resultara imposible de creer.

Ver el modo en que se iluminó su rostro al darse cuenta de que no se mostraba enfadada le alegró un poco el corazón.

Animado por su actitud, sir Justin avanzó a su encuentro.

—Penny... —le susurró, en un aparte. Tomó una mano y la apretó con cariño contra su pecho, a la altura del corazón—. Perdona, perdóname.

—No hay nada que perdonar. No pasa nada.

—Sí que pasa. Lo hice muy mal... No sé cómo pude hacerlo tan mal, la verdad. Está claro que no logré hacerte entender... —Apretó los labios—. Perdóname. Tenemos que hablar.

Ella sonrió. ¡Estaba tan agradecida a Blanche por haberle dado aquella paz, aquella perspectiva! Podía tratar con él sin enfado, sin perder el cariño que se sentían y sin emociones negativas que le impidieran buscar la mejor solución posible.

—Solo si tú me perdonas también.

Los ojos de sir Justin brillaron.

—¿Vas a aceptar?

—No. No puedes pedirme eso. No puedes quitarme una parte tan importante de mí misma, Justin. —El brillo se desvaneció, aunque no del todo, al oírla decir—: Pero hablaremos. Y lo haremos todo juntos, de acuerdo y lo mejor posible.

Él asintió y se reunieron con los demás. No tardaron en sentarse en los sillones, tomando alguna copita de licor, porque pensaban esperar a sus invitados del día para tomar el té completo. Sir Justin intentó, como siempre, que su hermana no masticase el puro, pero terminó dándose por vencido.

A la espera de la llegada de Otis y Mary Ann, empezaron a hablar de lo ocurrido durante el día anterior, hasta llegar a su visita a Greymark Manor. Lady Penelope optó por mantenerse en silencio, fue Nomy la que hizo un resumen muy medido de su encuentro con lord Trenton.

Tras habérselo contado dos veces a su hermano, ya, hubiera podido parecer que lo tenía bien ensayado y que sabía qué podía decir y hasta dónde podía llegar. Pero, cuando unos y otros empezaron a preguntar detalles, Nomy perdió la concentración y se notó que había habido una buena trifulca.

—Espera, espera —le dijo su hermano, alzando también una mano para detenerla—. ¿Estás diciendo que ese idiota te insultó?

—No. Estoy diciendo que nos insultamos.

—¡Nomy! La cuestión es que te insultó y te incomodó.

—Puede. Pero Trenton estaba borracho y yo lo insulté y lo incomodé mucho. Y no fue la primera vez, te lo aseguro. En cierta ocasión le di un puntapié en el tobillo.

—Soy testigo —adujo lady Penelope. Los demás la miraron espantados, pero Nomy rio.

—Así es. Por eso no quiero que vayas a pegarle ni mucho menos que lo retes a duelo. Lo digo en serio, Justin.

—No se preocupe, señorita Thompson —intervino el señor Kirkcallum con una sonrisa fría en los labios—.

Hay mejores formas de hacer que alguien pague por sus actos.

Si les parece bien, voy a investigar la situación económica del barón.

No dude de que si hay algún modo de hacerle lamentar lo dicho, lo encontraré.

Todos miraron a Kirkcallum, sorprendidos. Era alguien que controlaba mucho sus emociones, pero ese día, al hablar, casi se lo había notado indignado.

Nomy lo miró indecisa.

—Muchas gracias, señor Kirkcallum.

—De nada, señorita Thompson. Prosiga, por favor.

Ella asintió y tardó apenas un segundo en retomar el hilo de su exposición.

—Lo peor es que, para salvar al pobre Goldie, Penny tuvo que aceptar ir con él al teatro mañana.

—Lady Penelope se sobresaltó y miró a sir Justin.

Él tenía una expresión grave que no cambió, así que supuso que su hermana se lo había contado ya antes—.

A cenar primero, y luego al The Magic. Estrenan una nueva puesta en escena de Romeo y Julieta .

—Es obvio que no va a ir —dijo sir Justin.

Lady Penelope arqueó una ceja.

—Iré. Le di mi palabra y no pienso faltar a ella.

—Él apretó los labios. Pese a sus deseos, lo entendía.

Él haría lo mismo, de estar en su lugar—.

Además, puede ser una buena oportunidad de interrogarlo un poco.

—Se oyó el sonido de la campana de la puerta—.

Porque aquí llegan mis amigos, con información que creo que va a interesarnos mucho.

Todos miraron hacia la entrada del salón donde, segundos después, sonaron un par de golpecitos y apareció Kitty.

—El señor Otis Dawson y la señorita Mary Ann Reynolds, milady, señoritas, caballeros.

Abrió más la puerta y entraron Otis y Mary Ann, que tenía las mejillas rojas por los nervios.

—Pasen, Otis, Mary Ann, por favor —dijo lady Penelope.

Sir Justin y el señor Kirkcallum se le adelantaron, levantándose al ver a la joven, pero ella también se puso en pie para ir hacia la pareja.

Sonrió a Otis, que iba muy guapo con su traje de los domingos, y luego se centró en Mary Ann.

Llevaba un vestido sencillo y un sombrero algo ajado, pero muy bonito—. Está usted encantadora, querida.

—Gracias, milady —replicó la joven, apurada.

Lady Penelope la tomó por las manos y la llevó con absoluta naturalidad hacia donde se sentaba el grupo del club.

Al paso, fue haciendo las presentaciones y consiguió que se movieran para que Otis y Mary Ann se sentasen juntos.

Seguro que eso tranquilizaba más a la joven.

Luego, ella misma se acomodó al otro lado.

—Le agradezco enormemente que haya venido. Kitty, por favor, ¿puedes traer ya el té?

—Por supuesto, milady. Ya está todo listo.

—Estupendo. —Miró de reojo a sir Justin—. Yo lo serviré.

Esperaron unos minutos hasta que la doncella llevó, en tres viajes sucesivos, un té completo con pastas y emparedados deliciosos, y lady Penelope les ofreció una demostración de lo que era la ceremonia del té, tal como se lo habían enseñado en Minstrel Valley.

—Dios mío, eres... perfecta —le dijo Nomy con envidia, mientras le daba trocitos de un canapé a Goldie—. A mí nunca me ha salido así.