Capítulo 15
L ady Penelope pasó el resto de la mañana escondida en el bosque, sollozando con Goldie. Luego, volvió a la mansión y adujo una fuerte jaqueca para poder almorzar en su dormitorio y descansar un poco. De ese modo, pudo disimular los ojos enrojecidos sin disgustar a su abuelo.
Para cuando bajó, dispuesta a marcharse a Londres, ya tenía un aspecto totalmente normal. O al menos lo más normal posible, dadas las circunstancias.
—¿Te encuentras bien, niña? —le preguntó su abuelo, cuando fue a despedirse al saloncito donde le gustaba leer por las tardes. Ella sonrió.
—Sí, claro. ¿Por qué lo pregunta, milord?
—Porque tienes los ojos tristes. —Lord Finesword le clavó sus pupilas, tan inteligentes, a través de las gafas de cristales redondos—. ¿Es por sir Justin?
—¿Sir Justin?
—Sí. Otis me dijo que te ha visitado esta mañana. Que habéis paseado a solas por el bosque.
Ella temió volver a echarse a llorar. En su lugar, rio y lo besó en la mejilla, mientras se apresuraba a huir del lugar.
—Oh, sí. Dijo que prefería acompañarme, dado lo ocurrido ayer. Pero, no, no pasa nada con él. No se preocupe, abuelo. Todo está bien.
Perkins la llevó a la tienda de Blanche, que tenía que probarle dos sombreros nuevos.
Al verla, su amiga también se dio cuenta de que algo le pasaba, de modo que, puesto que tampoco esperaba tener tanto trabajo, dio la tarde libre a sus tres ayudantes.
Así, aunque entraron muchas clientas con mil asuntos, en los ratos en que se quedaron a solas, lady Penelope pudo contarle con todo detalle lo sucedido.
Al acabar, Blanche suspiró y agitó la cabeza.
—Creo que el mayor problema de todo esto es que os hayáis enfadado.
Lady Penelope la miró sorprendida.
—¿Cómo podría no enfadarme?
—¿Por qué tienes que hacerlo, Penny? Tal como yo lo veo, él quiere algo y tú quieres otra cosa.
No es culpa de ninguno de los dos, no hay por qué hacer reproches o pedir cuentas.
El tiempo dirá si lo que sentís el uno por el otro es lo suficientemente fuerte como para superar este obstáculo o si sois lo bastante sabios como para encontrar un camino intermedio por el que andar juntos.
—Su expresión se llenó de tristeza—. O si es mejor que cada cual hagáis la vida por vuestro lado.
—Pero él lo ha planteado como condición al matrimonio. O lo dejo todo para vivir... no sé, encajada en su vida, o no hay boda.
—Sí. Pero no te lo ha impuesto. Te ha hecho una oferta, tú decides si aceptas o no.
—Le apoyó ambas manos en los hombros y la miró a través del espejo—.
Cariño, sabes tan bien como yo que la mayor parte de las mujeres no pueden ni opinar en esas situaciones.
Sus padres o tutores deciden por ellas y los esposos no les preguntan qué desean, simplemente asumen que las cosas deben hacerse así porque ellos tienen mejor criterio y ellos saben lo que más conviene.
De hecho, sir Justin podría haberse casado contigo y luego haberte impuesto esa situación inaceptable. ¿Lo has pensado?
Eso era cierto. Lady Penelope se sintió horrorizada ante la idea.
—No, no se me había ocurrido.
—Ya... —Blanche se agachó y acarició a Goldie, que, tras trastear durante horas por todas partes, se había metido en una cesta de madejas de lana y se había quedado dormido—.
Como tu marido, hubiese tenido todo el peso de la ley para imponerte que no pudieras leer un solo libro en el resto de tus días.
Que te vieras obligada a ser esa esposa que él necesita.
—Hubiese sido... espantoso —admitió lady Penelope—. Yo jamás hubiese consentido una vida así, no, ni hablar. La lucha hubiera sido constante y todo... todo hubiese terminado en divorcio y escándalo.
—Así es. Hubiese sido un infierno para ambos, pero más para ti, que hubieses estado bajo su poder y serías a quien criticase esta sociedad tan acostumbrada al dominio del esposo. Pero él optó por planteártelo antes. Por dejarte decidir.
Ella apretó los labios.
—No sé si eso me consuela. Lo dijo como si fuera lógico.
Blanche se rio.
—Cariño, tenemos suerte de que los hombres que nos rodean sean amables y comprensivos, además de inteligentes.
Pero, quieras o no, son hombres de nuestra época.
Richard es maravilloso, pero me pregunto qué habría ocurrido si tuviésemos que decidir entre su trabajo en Scotland Yard o mantener mi tienda.
Del mismo modo, sir Justin puede entender que tú quieras cultivar tu mente, pero no que eso suponga un obstáculo en sus planes de futuro.
Porque él es el hombre; y tú, la mujer. Bueno, y también porque una carrera política, con todo lo que conlleva, parece más importante que vivir enfrascado en textos polvorientos.
—Ya. Pero si yo tuviera aspiraciones de una carrera política, él no cedería...
—La expresión de Blanche fue de lo más evidente—.
Vale. Yo solo podría pelear como sufragista o como feminista en general, con toda la sociedad en contra.
Tener una carrera brillante como la que puede llegar a hacer él nunca estará a mi alcance, solo porque soy una mujer.
—Pues sí. —Le quitó con cuidado el sombrero que estaban probando, un modelo precioso, como todos los que hacía—.
No le des vueltas, Penny. Ahora mismo estás disgustada y no ves la salida, porque lo que queréis cada uno de vosotros son cosas que van a resultar difíciles de conciliar.
Pero deberías darle tiempo a pensar a él, y pensar tú también.
Deberíais calmaros, verlo con perspectiva.
Y en caso de que no encontréis la manera de vivir como pareja, tendréis que pensar en buscar el modo de continuar como amigos. Aunque solo sea por Nomy.
—Sí, eso es cierto. —Ella misma lo había considerado en el bosque.
El problema era que, en ese momento, justo cuando había descubierto que Justin sentía algo por ella, resultaba más difícil la idea de que iba a tener que renunciar a él, porque no encajaba en el proyecto de vida en el que él estaba trabajando—.
Gracias, Blanche. Te prometo que lo voy a pensar.
Su amiga no dijo más: le dio un beso y le preparó un té.
Blanche era una joven muy sabia, no podía negarlo. Para cuando fueron las dos hacia el club Astarea, paseando con tranquilidad en el atardecer londinense, lady Penelope ya estaba menos dolida y apenas nada furiosa.
Fue una suerte, porque al entrar descubrió que Nomy había llevado a su hermano y al socio de este, el señor Milton Kirkcallum.