Lady Penelope da siempre su paseo a las diez (Club Astarea 2) Capítulo 14 #3
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Capítulo 14 #3

—Quiero que olvides por completo todo lo relacionado con la política —declaró ella con firmeza—.

Que abandones la idea de ser primer ministro.

Que te dediques desde el primer día de nuestro matrimonio a ser un caballero indolente y aburrido sin más labor en la vida que pasear a mi lado, llevándome del brazo y centrado en...

esa familia que dices que quieres fundar conmigo.

Jugaremos al cricket y a la canasta hasta desearnos dar con los palos el uno al otro.

Ah, y quiero que le digas a lord Wendell que se vaya al infierno con sus exigencias, que tú vas a casarte con quien te dé la gana.

Sir Justin frunció el ceño.

—¿Qué dices? No seas niña. ¡No puedes pedirme eso!

—¿No? Tú me estás pidiendo que abandone mis intereses profesionales en base a la opinión y las exigencias de una gente horrible que ni siquiera frecuento, porque ni siquiera me agrada.

Él casi se rio.

—¡Intereses profesionales! ¡Penny! ¡Por favor!

—¡Sí! ¡Intereses profesionales! ¡Y si me dices que una mujer no puede tenerlos, que solo debe ser una anfitriona perfecta al servicio del prestigio de un hombre, una esposa y madre recluida en el hogar, te daré con mi sombrilla!

—La alzó y la esgrimió de un modo combativo—.

Ayer la eché de menos, pero hoy la tengo conmigo y podré pegarte a gusto, de ser necesario.

Él miró la sombrilla sin miedo. Aun así, se mantuvo a distancia.

—Maldita sea. ¿Hablas en serio? ¿Te has vuelto loca? No desprecio tu interés por la historia, pero no puedes compararlo con mis aspiraciones políticas. Son... son cosas muy distintas.

—Claro, por supuesto. Qué ilusa soy. Se me olvidaba que lo tuyo es importante y lo mío no.

—¿Qué demonios...? ¿Es que no te das cuenta?

¡Si voy a ser ministro o primer ministro, no puedo arriesgarme a que mi esposa olvide cualquier día una comida importante por estar enfrascada en la traducción de unas absurdas tablillas romanas que muy bien hubieran podido estar otros mil años bajo la arena! ¿A quién demonios pueden importarle?

Ella contuvo la respiración. Se hizo un profundo silencio. Lo miró con fijeza.

—A mí —respondió muy seria, muy solemne—. A la humanidad. A ti. A todos. Sin embargo, ¿qué demonios puede importarme a mí tu comida de primer ministro o de ministro o de lo que sea?

—Como mi esposa sería también tu éxito. Y por supuesto, tu responsabilidad.

—No, no te equivoques. No me cuentes la historia tal como la habéis construido los hombres a lo largo de los siglos. No sería mi éxito, sería el tuyo, en el que yo habría sacrificado cuanto deseaba hacer por mí misma en la vida, solo para convertirme en un triste instrumento de tu carrera.

—Pero ¿qué...?

—Basta. —Él guardó silencio. Lady Penelope carraspeó y puso muy recta la espalda, seria como nunca—.

Yo soy lady Penelope Wilson, lo soy, por mí misma.

Me convertiré en la marquesa de Finesword a la muerte de mi abuelo, por expreso deseo de la reina y gracias a una ley del Parlamento.

Pero, sobre todo, sobre todo y ante todo, soy una estudiosa de la Historia, y una amante del arte de todas las épocas y culturas.

Me dedico a ello de un modo profesional, en la medida que me es posible dado mi rango y mi condición de mujer, y seguiré haciéndolo por siempre.

Y si a ti te parece algo objeto de burla y desprecio, sir Justin Thompson, no tenemos nada más que hablar.

Él parecía casi horrorizado.

—Penny...

—¡No! —exclamó, furiosa—. Siempre, siempre se reduce todo a una cuestión de respeto.

Hablabas de cómo me trataron esos hombres ayer, pero te atreves a venirme con esto hoy...

¿Qué te crees, que lo que yo hago no vale la pena, que es una tontería, un entretenimiento?

¿Algo banal en comparación con tus... tus grandezas?

Él apretó la mandíbula.

—No he dicho eso.

—Yo creo que sí. Solo con plantear tus condiciones, lo has dicho.

Pero me da igual, de verdad. Y creo que esta conversación no tiene ya más sentido porque lo que sí te aseguro, Justin, es que jamás seré algo decorativo en tu vida, como no lo seré en la de nadie.

Nunca jamás. —Se miraron, igual de consternados, igual de atrapados en sus posiciones—.

Lo lamento, pero no voy a aceptar tu propuesta, Justin.

Gracias por el honor que has intentado hacerme, pero no.

Y creo que, en ese tema, está todo dicho.

Ambos amamos a Nomy, de modo que tendremos que buscar el modo de convivir en el futuro, de lograr que esto no rompa nuestra amistad.

Pero, ahora mismo, no quiero verte ni hablar contigo. Necesito que te vayas. Por favor.

Sir Justin frunció más el ceño, aunque parecía más confuso que enfadado. Incrédulo.

—Penny... —Lady Penelope le dio la espalda, conteniendo las lágrimas.

Si no se iba de inmediato, iba a echarse a llorar y se odiaría por siempre, por mostrarse tan débil y hundida en su presencia.

Quizá él se dio cuenta, porque carraspeó—.

Perdóname. Perdóname, de verdad, está claro que no he sabido plantearlo correctamente. Hablaremos en otro momento.

Oyó sus pasos, alejándose. Segundos después, estaba sola. Sintió algo en la pierna. Era Goldie, que le frotaba su cabeza en el tobillo con cariño. Lady Penelope se sentó en el suelo y lo cogió en brazos.

—Estoy bien, pequeño. Estoy bien... —susurró.

Y empezó a llorar.