Lady Penelope da siempre su paseo a las diez (Club Astarea 2) Capítulo 14 #2
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Capítulo 14 #2

—No, Penny —susurró; y tras besarse y hablarse sin tratamiento, lady Penelope encontró natural que llegasen al tuteo—.

No va a ser aquí, no va a ser ahora. Tu primera vez debe resultar inolvidable y maravillosa.

Yo me encargaré de eso. —La cogió por la barbilla y mordisqueó sus labios antes de añadir—: Pero te deseo, espero que te haya quedado claro.

Te deseo desde hace mucho, desde el primer día en que te vi.

Desde entonces rondas mi mente, de día y de noche.

De modo que no, la respuesta a tu pregunta es que no me eres indiferente.

Lady Penelope sonrió feliz, incapaz de creer que estuviera ocurriendo eso. ¡Estaba pasando! ¡En verdad estaba viviendo ese momento maravilloso con el que apenas se había atrevido a soñar durante años!

—Ni tú a mí... —Y lo repitió, para poder añadir el nombre y degustarlo en la boca—. Ni tú a mí, Justin.

—Me alegro, porque quiero que nos casemos. En un año.

—¡Sí! —Dio palmaditas, feliz—. ¡Oh, sí!

—Espera, espera. Lo quiero de verdad, Penny.

Pero antes... —Ella parpadeó, con un conato de desconcierto, mientras él se apartaba, dejándola sola y envuelta en frío junto a aquel árbol—.

Pero, antes de nada, quiero que sepas que yo busco un tipo de esposa muy concreto, y necesito...

, te suplico que te adaptes a él, o me temo que tendremos un problema.

Ella lo miró confusa.

—No te entiendo...

—Bien, humm... —Ganó tiempo con la táctica de recuperar su sombrero y su bastón.

También recogió la sombrilla y se la entregó.

¿Y la correa? ¡Por Dios, Goldie! Lady Penelope buscó con la mirada al perrito, sobresaltada.

¡Menuda cabeza la suya, soltar la correa, con lo trasto que era!

Bien podía estar ya en el otro extremo de Inglaterra, pero no.

Por suerte, se había dormido plácidamente bajo un árbol—.

Como bien sabes, la abogacía nunca me ha atraído en sí, pero tengo grandes aspiraciones políticas.

—Ah, sí. Nomy lo había mencionado también en alguna que otra ocasión—.

Empezó casi sin darme cuenta y fui sumando apoyos.

Ahora mismo, tengo grandes posibilidades de lograr un escaño en la Cámara de los Comunes —dado que no era noble y carecía de legitimidad para estar en el Parlamento de los Lores— y un puesto en el próximo gobierno.

Quiero ver hasta dónde puedo llegar. —Sonrió con cierto orgullo—.

Los caballeros que me apoyan afirman que no es ninguna locura el que me plantee ocupar el despacho del primer ministro en pocos años.

—Caramba... —Sonrió. ¿Iba a ser la esposa del primer ministro de Inglaterra? ¡Menudo sueño! Estaba deseando contárselo a su abuelo. Apreciaba mucho a sir Justin. Seguro que se iba a alegrar—. Eres ambicioso.

—Lo soy, lo soy. Pero, precisamente por eso, necesito casarme bien, con la mejor opción posible y cuanto antes.

En un año, a lo máximo, como te digo. —Se encogió de hombros—.

Esos mismos caballeros insisten en que los hombres prometidos o casados dan una impresión más seria, tienen un mayor peso en la política.

Ella sintió que algo muy brillante en su interior empezaba a perder luminosidad. Más o menos a la altura del corazón.

—Ah —murmuró, decepcionada—. ¿Es por eso...?

—¡No! —Él alzó ambas manos como para intentar contenerla; el bastón, en una; el sombrero, en otra. Parecía que iba a añadir más, que iba a tratar de solucionarlo, pero perdió fuerza y la miró con desaliento—. Pero también.

Lady Penelope sonrió.

—Qué felicidad poder matar dos pájaros de un tiro.

—No seas tonta. No es eso lo que quiero decir. Tengo que casarme, y quiero hacerlo contigo, si no, no te lo pediría. Pero no puedo contraer matrimonio de... de cualquier modo. Tenemos que hablarlo.

—Hablar. ¿De qué? —Sonrió para animarlo—. Yo lo encuentro bastante sencillo, Justin. Dos personas se quieren tanto que no pueden vivir la una sin la otra; luego, esas dos personas se casan y son felices por siempre.

—Ojalá fuera tan fácil, pero solo los chiquillos reducen el matrimonio a algo tan simple como el amor.

—Ella lo miró horrorizada. Fue como si la hubiese golpeado un rayo y la hubiese vaciado por completo, pero sir Justin no pareció darse cuenta—.

No. Yo necesito una anfitriona perfecta para Thompson Hall, o para la mansión que, en cada momento, sea mi hogar. ¿Lo entiendes?

—Eh... No estoy segura. Bueno, sí, pero...

—Necesito alguien que no se olvide de sus obligaciones por estar enfrascada en cualquier otra cosa, que no se pase el tiempo perdida entre libros y documentos que nada tienen que ver con las responsabilidades del día a día.

—Lady Penelope empezó a sentirse enferma.

¿Acaso no la estaba describiendo a ella?

Diría que sí. Estaba exponiendo que ella, lady Penelope Wilson, historiadora, era todo lo que no podía ser su esposa—.

Que no suscite jamás habladurías ni chismorreos por...

torpezas inadmisibles —añadió, cada vez más tenso al ver cómo lo miraba—.

Que sea absolutamente impecable en nuestra sociedad.

—Ya veo. Y, siendo así, ¿qué querías decirme a mí ?

Él ignoró el toque dolido y algo irónico de su pregunta y la miró con intensidad.

—Quería... Demonios, te lo estoy diciendo, Penny.

Necesito exponerte la situación en la que me encuentro y convencerte de que me prometas que vas a dejar de lado todo lo que no sea atender la familia que fundaríamos juntos.

Que vas convertirte en la anfitriona perfecta de Thompson Hall con toda la dedicación y el respeto que merece el puesto.

Lady Penelope parpadeó.

—¿Me estás proponiendo matrimonio con condiciones, Justin?

—Eh... Supongo que sí. Así es. —Sir Justin se ahuecó un poco la corbata, como si le faltara el aire—. Pero son condiciones necesarias, y de lo más sensatas.

—Sensatas...

—Sí. Lo lamento, pero eres demasiado... No sé...

Tengo que estar seguro de que no va a haber nada que te resulte más importante que tu tarea como mi esposa.

Tienes que prometérmelo: nada de estudios históricos, nada de...

de informes sobre antigüedades, nada de perder el tiempo en cuestiones que no estén relacionadas con el hogar y la familia. Nada que me provoque conflictos.

—¡Yo no provoco conflictos!

—¿No? —bufó, tal como lo hacía su hermana—. ¿Acaso ya no recuerdas a lady Wendell, Penny?

—¿Eh? —Lady Penelope parpadeó—. ¿La duquesa? Pero has dicho que no te importaba lady Winnie...

—No, claro que no. No me enfadé por la hija, me enfadé por lo ocurrido. Le hiciste un desaire porque, eh, a qué ibas a tener tú que estar en Finesword Manor para charlar con ella y servirle el té. Que lo hiciera el ama de llaves, ¿verdad?

—Eso no fue...

—Pues da la casualidad de que se trata de la esposa del duque de Wendell, uno de mis mayores apoyos en política —siguió él, y no pareció importarle verla palidecer—.

Por eso me enfadé. Y ayer por la tarde estuve horas, ¡horas!

, tratando de solucionar tu metedura de pata.

Porque, para que lo sepas, la conversación, cuando entré en su despacho, empezó con una prohibición directa a que me casase contigo.

Ella lo miró asombrada.

—¿Y cómo sabía él que tú y yo íbamos a hablar de bodas?

—Porque sabía que eras la elegida, claro está.

—¿La elegida?

Sir Justin chasqueó la lengua contra los dientes.

—Hace un par de meses me pasaron una lista de damas apropiadas y me preguntaron si tenía alguna preferencia.

Allí estaba tu nombre, así que te elegí encantado, y no hubo problema.

—¿Un par de meses? ¿Hacía meses que la había elegido y no le había dicho nada?

—. Eres la nieta de lord Finesword, la futura marquesa de Finesword, de hecho.

Eras perfecta, porque entiendes la importancia de la tradición y tu familia lleva muchos siglos formando parte de la alta sociedad del país, de la sangre más aristocrática.

Todos estaban de acuerdo conmigo, sobre todo lord Wendell.

Pero cuando su esposa le contó lo de tu desaire, el duque optó por vetarte, y estaba furioso.

Me costó horas convencerlo de que eres joven y alocada, pero que habías aprendido la lección y podíamos darte otra oportunidad.

—Joven y alocada... —repitió ella, llena de mortificación. Algo le hizo daño en la mano. Miró y descubrió, aturdida, que era la sombrilla. Había apretado tanto que se había clavado una de las varillas—. Vaya. Lo lamento.

—¿Lo lamentas? —La miró con censura—. Espero que sea verdad, porque me juego mucho con esto, Penny.

Todos mis apoyos están pendientes ahora mismo de si soy de fiar por empeñarme en elegirte a ti.

Y todos mis adversarios políticos se lanzarán sobre mí como buitres si escojo mal y... y... provocas un desastre.

Condiciones. Listas de candidatas. Desaires. Tés frustrados...

Provocar un desastre.

Ella había ido abriendo los ojos, cada vez más dividida entre el enfado y las ganas de llorar.

—Ya veo. —Agitó la cabeza, pero resultó inútil.

No conseguía salir de aquel aturdimiento.

Era casi como si se viese desde fuera. Se arregló el sombrerito, se atusó la falda, sujetó bien la sombrilla...

Lo miró, con su luminosa sonrisa de siempre—.

La respuesta es no, Justin. No voy a casarme contigo.

Y no me irrites más, por favor. Ahora sí que quiero que te vayas. Fuera de mi bosque.

Él abrió mucho los ojos.

—¿Qué? No puedes hablar en serio...

—Ya lo creo que sí. —Fue a marcharse, pero se le ocurrió algo—. Claro que, si lo prefieres, podemos negociar, para ver si llegamos a un entendimiento, uno que nos lleve a ese maravilloso matrimonio que ambos deseamos. ¿Tú pones condiciones? Bien, pues yo pondré las mías.

—Por supuesto —accedió él, aliviado. Seguro que ya venía dispuesto a transigir con algún capricho—. Dime cuáles, podemos vivir donde quieras y tu abuelo estará con nosotros. Y los hij...