Lady Penelope da siempre su paseo a las diez (Club Astarea 2) Capítulo 14
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Capítulo 14

L ady Penelope y sir Justin caminaron un rato en silencio, enfrascados cada cual en sus pensamientos mientras seguían con la vista el juego continuo de Goldie, que correteaba de un lado al otro al extremo de la correa.

¡Era tan agradable estar así, poder soñar que formaban una pareja casada que se amaba y hacía algo juntos!

«Qué tonta eres», se dijo, sintiéndose muy triste. Pero no podía evitarlo. Ojalá pudieran permanecer por siempre allí los dos juntos, paseando en la paz de aquel bosque.

Solo deseaba disfrutar de su compañía y soñar que, quizá, de algún modo o en algún momento, él pudiera llegar a quererla.

O llegar a quererla más que a lady Winnie...

—Lady Penelope... —musitó entonces él—. Usted y yo tenemos que hablar.

Ella lo miró sorprendida.

—¿Eso cree?

—Sí. —Lo vio tomar aire y golpear contra su muslo el sombrero que llevaba en la mano, como para darse fuerzas—. Habrá notado que de un tiempo a esta parte estoy preocupado y nervioso.

—Algo así me ha parecido, sí. ¿Qué le ocurre?

—Recordó que el día anterior había mencionado que quería comentarle algo.

De hecho, por eso había ido al bosque, tras recoger el informe—.

¿Qué tenía que decirme? —Lo miró algo preocupada.

Esperaba no haber cometido ningún error en su análisis de las piezas.

Quizá por eso no la felicitaba ni había hecho comentario alguno—.

¿Está relacionado con los informes de las antigüedades? ¿Salió algo mal?

—¡No! ¿Qué demonios? —Él se detuvo y le dedicó su eterno ceño fruncido—. ¿Por qué siempre me saca ese maldito tema?

Lady Penelope se encogió de hombros.

—Quizá porque trabajé mucho, me esforcé, y no ha tenido a bien decirme nada al respecto. Pero, perdone, quizá sea presunción mía la idea de que tenga que felicitarme por algo.

Él la miró sorprendido y se ablandó un poco. Hasta pareció avergonzado.

—Eran magníficos, milady —reconoció por fin—.

Se lo he dicho antes a su abuelo, he pasado a saludarlo al llegar.

Lo lamento, debería haber empezado por decírselo también a usted, porque han resultado de mucha ayuda.

Permítame que la felicite. Todo el mundo ha alabado con entusiasmo su trabajo y no he tenido el detalle de comentarle nada. Tiene razón en estar enojada.

Ella sonrió, de nuevo feliz.

—No pasa nada, raramente me enojo y no suele durarme mucho, como bien sabe. —Dichosa sombrilla y dichosa correa de Goldie. Le gustaba dar palmaditas y ese día no podía hacerlo—. Gracias.

—A usted. Y, ahora, por favor, hablemos de nosotros. —Ella abrió mucho los ojos. ¿De verdad había un «nosotros»? Sir Justin captó su expresión y la interpretó mal—. No. No me diga que le soy indiferente, por favor no me mienta. Estoy convencido de que no sería cierto.

Lady Penelope tomó aire, acosada de nuevo por la incertidumbre. ¿De qué hablaba, de algo que pudiera haber entre ellos? ¿O lo que quería decir era que se había dado cuenta de su enamoramiento adolescente y que era algo que le incomodaba, que quería que dejase de suspirar por él?

¡Que quería irse hacia la puesta de sol de la mano de lady Winnie Wendell, envueltos ambos en el glamour del sonido de unos cuantos violines y algún que otro trombón!

Vale, lo de los trombones sería cosa suya, de atronar desafinados en una escena tan llena de romanticismo.

Un detalle muy feo por su parte, pero es que no podía evitarlo, odiaba imaginarlos así de felices y contentos.

Y estaba segura de que ocurriría. Ya lo había dicho, no la consideraba una Dama Selecta, y no estaba nada contento de que no estuviese más predispuesta a hacer de la ceremonia del té su gran objetivo en la vida. Bah...

Pero la estaba mirando de un modo tan cautivador, tan intenso... Agitó la cabeza, confusa, porque sabía muy poco de temas amorosos. Qué demonios, no sabía absolutamente nada.

Lo que sí tenía claro era que se consideraba una mujer inteligente, que no podía seguir así, dando bandazos en la oscuridad. ¿Qué hacía cuando se tropezaba con una laguna en sus estudios, cuando había algún dato histórico que se le escapaba?

Buscaba la respuesta y no paraba hasta conseguirla.

Ya era hora de que, en las cuestiones del corazón, hiciese lo mismo.

—¿Y yo, sir Justin? —preguntó, con miedo, pero decidida a descubrir la verdad. Al infierno con tanta duda. Asumiría su respuesta y seguiría adelante—. ¿Le soy indiferente a usted?

Las pupilas de sir Justin se volvieron soñadoras.

—No, milady. En absoluto. Y lo sabe bien. Ayer mismo est...

—¿De verdad? —preguntó desconcertada—. ¿No preferiría a alguien como lady Winnie?

—¿Lady Winnie? —preguntó él—. ¿Quién es demonios es?

—¡Lady Wilhelmina Wendell!

—¡Ah, sí, claro! La hija del duque, sí, claro que la conozco. Una jovencita tímida y muy interesada en el mundo del bordado. —Frunció el ceño—. Pero ¿por qué la menciona ahora? ¿Interesarme? ¿Quién le ha sugerido semejante idea?

—Eh... Pensé que estaba iniciando un cortejo con ella. Como se enfadó tanto por el plantón a su madre...

Él se echó a reír.

—Pero no me enfadé porque quisiera cortejar a la hija. ¿Cómo se le ocurre? —La miró con cariño—. Con lo lista que es usted para la historia, milady, qué mal se le dan sus contemporáneos.

—Ya... —No podía negarlo. Lady Penelope se mordisqueó el labio inferior, nerviosa pero decidida a aclararlo todo—. ¿Y lady Dorothy Graham?

—¿Lady Dorothy Graham? —repitió él, intentando hacer memoria. Negó con la cabeza—. Esa ni siquiera me suena.

—¡Ja! —exclamó ella, encantada—. ¡Fastídiate, Dorothy Graham!

—¡Lady Penelope!

—Perdón. Pero es que me he quitado un enorme peso de encima.

Yo... —Lo miró con el alma abierta en los ojos.

Ya le daba igual todo—. Me atrae usted muchísimo, sir Justin.

No sé si desde el primer día en que lo vi, porque quizá sea una exageración, pero casi.

Lo quiero. Lo quiero mucho. —Se llevó una mano al pecho, a la altura del corazón, y trató de transmitirle todo aquello tan urgente que advertía—.

Siento algo muy intenso aquí cada vez que me frunce el ceño.

Yo creo que es amor, ¿sabe usted? De otro modo, también le tiraría libros a la cabeza, como hace Nomy.

Sir Justin ahogó una carcajada.

—Lady Penelope... —Se retorció, tratando de contenerse, y ella lo miró avergonzada—. Ay, lady Penelope, disculpe, perdóneme, por favor, pero es que estoy convencido de que jamás recibiré otra declaración de amor que se asemeje en lo más mínimo a esta. Jamás lo hará nadie. Ni de lejos.

Ella se ruborizó.

—¿Y eso es malo?

—No, en absoluto. Al contrario. Significa que es maravillosa y que jamás olvidaré este momento.

Esta luz, este lugar, el rumor de los árboles.

Usted aquí, conmigo, por siempre, atrapados juntos este instante en el tiempo...

—Lady Penelope pensó que no le agradaba nada la idea de estar atrapada, pero bueno, si era con él, tampoco le importaba tanto—.

Yo también la quiero. Y sé que fue desde el primer día, cuando me dije que la compañera de escuela de Nomy era la jovencita más encantadora, lista y alegre que había visto nunca.

Tuvo la impresión de que sir Justin iba a añadir algo más, pero que cambió de idea.

Lo que hizo, muy por el contrario, fue dar un lento paso hacia ella, con la mirada henchida por algo, un sentimiento intenso, innegable: aquella pasión que había percibido el día anterior y que, ahora lo tuvo meridianamente claro, no la había imaginado.

Avanzó hasta quedar tan cerca que la mente de lady Penelope se inflamó con la idea de que podía besarla, de que solo tenía que inclinarse un poquito, apenas nada, para hacerlo.

Y lo hizo.

Poco a poco, sir Justin dobló la espalda para acercar su boca a la de ella, sin pretender tocarla ni abrazarla.

Era como si tuviese miedo de que fuera a salir corriendo como una corza asustadiza.

Lady Penelope notó la caricia de su aliento, cálido, con un lejano regusto a menta que luego también encontró en su boca. En el beso.

—Penny... —Lo oyó susurrar un segundo antes de que sus labios se unieran.

Lo hicieron con suavidad, pero pulsaban algo en su interior, algo que desbordaba una avalancha de pasiones.

Lady Penelope jadeó con suavidad, y el sonido pareció infundir valor en sir Justin, que soltó el bastón y el sombrero y la tomó por la cintura para estrecharla contra su pecho.

Entonces, ella pudo notar la dureza de su erección, y eso la encendió más todavía.

—Justin... —susurró, aunque no estuvo segura de que nadie la oyera, ni siquiera ella misma.

Dejó caer también la sombrilla y la correa de Goldie, y le rodeó el cuello con los brazos.

Todo lo demás, el mundo que quedaba más allá de ese abrazo, daba lo mismo.

Quería atraerlo, quería que profundizase el beso hasta alcanzar su alma, sentirlo muy dentro.

Él así lo entendió, y no solo eso: la movió casi en vilo para apoyarla contra un árbol cercano.

De ese modo tuvieron un mayor equilibrio—. Oh, Justin...

Qué fuego en las venas de pronto, qué excitación, qué vértigo maravilloso y sublime.

Notó las manos del hombre como hierros al rojo vivo, marcándola para siempre a su paso.

Ascendieron por su talle y cubrieron sus pechos, masajeándolos con delicadeza, aumentando el deseo.

Sus pezones se endurecieron y algo pulsaba en su bajo vientre, algo que necesitaba liberarse, y cuanto antes.

Lady Penelope se contoneó hacia él, al ritmo de todo lo que estaba sintiendo, intentando hallar la salida a aquella excitación en el calor del cuerpo de sir Justin, pero él detuvo el beso poco a poco.

Jadeó también, apoyando la frente en la de la joven.