Capítulo 13
—B uenos días, sir Justin —lo saludó con una sonrisa que esperaba no pareciera muy forzada—. Qué agradable sorpresa.
Él sonrió y se acercó poco a poco hasta detenerse a un par de pasos. Entonces, se quitó el sombrero y le hizo una reverencia muy gallarda.
—Buenos días, milady. —De pronto, Goldie surgió de entre unos matorrales, dando un saltito, y se dirigió a sus botas para olfatearlo con entusiasmo.
Sir Justin rio, se inclinó y acarició con cariño su lomo y su cabecita—.
Eh, pequeño... —dijo, con un murmullo afectuoso—. ¿De dónde sales tú? ¿Cómo estás?
El gesto enterneció el corazón de lady Penelope y le provocó una punzada más dolorosa todavía. Sí, aquel hombre era amable y gentil. Terco, como Nomy, pero también considerado y leal. Ojalá su amiga tuviera razón, ojalá sintiese algo por ella... Ojalá la eligiese a ella.
—Es Goldie —replicó. Le costó encontrar su voz y carraspeó para continuar—. Era el perrito de lord Greymark. Ayer por la tarde...
—Sí, me lo contó Nomy en la cena y lo ha repetido en el desayuno, de puro indignada que estaba.
Me alegra que rescataran al valiente Goldie del monstruo de Trenton.
—Bufó—. Ese tipo es un infame. Apenas he tratado con él, pero hace meses que le expulsaron del club del que soy socio, y no fue por no pagar, aunque también.
Ella dudó, temiendo que hubiese ido para preguntar más detalles del encuentro y así poder establecer hasta qué punto aquel canalla había insultado a su hermana. Le creía muy capaz de demandarlo por cualquier cosa y llevarlo a la ruina, o incluso de retarlo a duelo.
Pero dado que no parecía enfadado hasta ese punto, lady Penelope llegó a la conclusión de que Nomy había preferido suavizar aquel tema. Chica lista. Ella haría lo mismo.
—¿Qué hace aquí? —le preguntó—. ¿Es por los informes?
—¿Informes? —Él frunció el ceño y tardó unos segundos en saber a qué se refería.
Los informes de las piezas de la galería Goldway y de los trozos de jarrón roto recogidos por el inspector Canterbary.
No era algo especialmente importante, pero el detalle sí que aumentó la decepción de lady Penelope.
Había dedicado muchas horas a hacer un buen trabajo con la idea de impresionarlo, y, al parecer, no les concedía mayor importancia—. Ah. No, no. He venido a verla a usted.
—¿A mí? —preguntó ella con la sensación de que el mundo fluctuaba a su alrededor. El corazón se aceleró en su pecho.
—Sí. —Sonrió—. He pensado que voy a acompañarla en su paseo diario. Sé que se empeña en salir sola y no quiero que le pase nada, así que, a partir de ahora, me tendrá rondando a su alrededor por el bosque.
Lady Penelope arqueó una ceja, confusa. Algo así implicaba una gran dedicación. ¿Qué significaba eso? ¿La quería o no? Y de ser así, ¿cómo y hasta qué punto? Tanta emoción empezaba a marearla.
—¿Va a venir cada día a acompañarme? —logró preguntar, atónita.
—Sí —replicó él con firmeza—. Esa es mi intención, milady. A menos que lleve usted doncella.
Seguro que esperaba grandes protestas, pero ella no siguió la broma.
—¿Y si se lo prohíbo?
Sir Justin se encogió de hombros, aunque ella sintió que no había nada indiferente en él. Estaba decidido.
—Hablaré con su abuelo para que me dé permiso. Y si no me lo da, que usted sabe que me lo dará, lo haré por mi cuenta. La seguiré escondiéndome de árbol en árbol, siempre fuera de su vista.
Eso la hizo sonreír.
—Perdone, pero no lo veo capaz de semejante hazaña, viendo su capacidad para moverse en un bosque.
—Me rompe el corazón. Pero sepa que aprendo rápido. En poco tiempo, me habré convertido en un auténtico salvaje habitante de los bosques.
Ella lanzó una risa.
—No sé si podría creer algo así, sobre todo por su sombrero de copa, aunque admiro su empeño. Eso sí, no es necesario y...
—Milady, ayer hubo un crimen en este bosque y no se sabe quién fue el asesino. Lo siento, me gustaría mucho respetar su privacidad, pero, ahora mismo, me niego a que pasee sola.
Ella sonrió.
—Supongo que, entonces, no tendré más remedio que compartir mi tiempo y mi bosque con usted —concluyó, y empezó a caminar por el sendero—. Siempre doy mi paseo a las diez, sir Justin. Si quiere venir conmigo, procure ser puntual, porque no voy a esperarlo. No me gusta que...
—No. Espere un momento... —La sujetó por un brazo y Goldie debió creer que iba a agredirla porque, de inmediato, empezó a ladrar como un loco.
Sir Justin lo miró sorprendido. Era un perrito tan pequeño que resultaba hasta entrañable tanta impetuosidad—.
¡Eh! ¡Eh! ¡Pequeña fiera, no te pongas así! ¡Que no le voy a hacer nada a tu ama!
—Cálmate, Goldie —pidió ella, y como no servía de nada, se agachó para acariciarlo—. Tranquilo, pequeño, tranquilo. No hay peligro. —Al final, logró tranquilizar al perrito, aunque siguió mirando a sir Justin con suspicacia—. Como ve, tengo buena protección.
—Sí, no puedo negarlo. Pero, si no le importa, mantendré mi ofrecimiento. —Sir Justin agitó la cabeza—. Perdone, solo quería preguntarle cómo se siente.
—¿Que cómo me siento? —¿Se habría equivocado? ¿Le había dicho Nomy algo de lo ocurrido con Trenton?—. ¿Por qué?
—Por la escena que se produjo ayer con el capitán Forbes y sus hombres, claro está.
—Ah, eso. Y, para su sorpresa, lo pensó con alivio, aunque no tardó en llegarle un eco del malestar que había sufrido.
Sí, ya lo había olvidado, había continuado con la vida, aunque siguiera doliendo en sus recuerdos.
Las mujeres llevaban milenios superando de ese modo aquella clase de momentos terribles—.
Al irme, la noté todavía disgustada, pese a la magnífica defensa que hizo su abuelo.
Lady Penelope apretó los labios.
—Ya. Se burlaron de mí. Me humillaron.
—Sí. —Sir Justin asintió y ella vio que la mano que sostenía el bastón tenía los nudillos muy blancos, de tanta fuerza como estaba haciendo, y por sus ojos pasó un brillo frío y ardiente a la vez.
Parecía indignado, furioso—. Reconozco que me quedé con ganas de intervenir más, de tomar cartas en el asunto, pero lord Finesword estuvo magistral.
Los puso en su lugar de un modo impecable, por lo que consideré que ya estaba todo dicho, y que mejor si guardaba silencio.
—¿Y qué hubiera dicho usted?
Él pareció sorprendido. Luego, rio entre dientes.
—Si le digo la verdad, no tenía ninguna gana de hablar con esos bellacos.
Tuve que contenerme a duras penas para no darle un puñetazo en la nariz al idiota de Forbes, organizando una buena trifulca en la que, probablemente, hubiese terminado detenido por agresión.
Y ambos sabemos que eso no le hubiese gustado nada a lord Finesword.
De modo que apreté los puños y me contuve.
Lady Penelope sonrió divertida pese a todo.
Y muy agradecida y aliviada. De pronto, gracias a los dos hombres que más quería en el mundo —y solo tras pensarlo se dio cuenta de lo que implicaba—, la desagradable escena vivida no era una situación en la que unos individuos la humillaban por ser mujer, sino una en la que unos idiotas se ponían en ridículo a sí mismos. Lo agradeció de corazón.
—No, no le hubiera gustado. Ni a mí tampoco, si le digo la verdad.
Pero gracias. —Se atrevió a ponerle una mano en el brazo.
La tela de su chaqueta gris perla era suave, muy agradable al tacto.
¡Por Dios! ¡Cómo deseaba poder abrazarlo!
¡Y, más todavía, que la besara!—. No se preocupe.
Esa clase de personas no merecen la pena. Es mejor olvidarlos.
Él negó con la cabeza.
—Yo no pienso hacerlo, lo siento, pero no. Ni permitiré que nunca, jamás, nadie la haga de menos en mi presencia, lady Penelope, como no permitiría que se lo hicieran a Nomy.
Ella retiró la mano, poco a poco. Su hermana, claro.
Y a ella la consideraba algo parecido, otra cría de la que ocuparse.
Ya se lo esperaba, por mucho que dijera Nomy.
¡Enamorado! ¡Por Dios! En absoluto. Estaba allí esa mañana para protegerla de posibles ataques y para asegurarse de que la desagradable escena de la mañana anterior no había dejado mayor traza en ella.
Exactamente lo mismo que hubiera hecho por Nomy, pero nada más.
Ni la quería ni podría llegar a hacerlo. Si en esos años no lo había conseguido, era poco probable que ya ocurriera.
La idea la deprimió un poco, pero logró sonreír.
—Gracias, sir Justin. Lo valoro mucho.
Él asintió.
—¿Vamos? —dijo. Y lady Penelope suspiró y retomó el paseo por el bosque, con Goldie correteando al otro extremo de la correa.
Sir Justin no tardó en colocarse a su lado.