Lady Penelope da siempre su paseo a las diez (Club Astarea 2) Capítulo 12
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Capítulo 12

—¡L ady Penny! ¡Lady Penelope!

Lady Penelope se dio la vuelta. Acababan de dar las diez y apenas se había adentrado un par de metros en el bosque para su paseo habitual.

Para más desdicha, ese día no había estado Otis en la puerta, de modo que no le había quedado más remedio que llevarse la sombrilla que la eficiente señora Carson le entregó como cada mañana.

Una pena, porque sospechaba que no iba a encontrarse a nadie a quien golpear con ella.

Eso sí, como consuelo, llevaba a Goldie, reluciente tras un buen baño, sujeto por una correa de seda.

El perrito daba saltos de un lado a otro, intentando abarcar cuanto llamaba su atención, que era prácticamente todo el bosque. Saltaba sobre una planta movida por el viento, perseguía a un insecto hasta que lo perdía entre la hierba, pegaba brincos tratando de alcanzar a los pájaros que pasaban...

Lady Penelope lo contemplaba llena de diversión, cuando oyó la llamada. Reconoció la voz incluso antes de girarse, y contempló sorprendida cómo Otis avanzaba rápido hacia ella.

—¿Otis? ¿Qué ocurre? —preguntó, empezando a alarmarse. Acababa de despedirse de su abuelo, tras desayunar juntos en el comedor de diario, no podía haberle pasado nada...

—Milady, tengo que hablar con usted.

—¿Le ha ocurrido algo a mi abuelo?

—No, no. No tiene que ver con él.

—Oh, gracias a Dios. —Se llevó una mano al corazón y se obligó a relajarse—. ¿Qué ocurre?

—Yo... Es por mi prometida, Mary Ann. Mary Ann Reynolds.

—¿Prometida? —exclamó, muy contenta, y hubiera dado palmaditas de no ser por la cinta del perro y la dichosa sombrilla—. ¡Oh, qué bien, Otis! ¡No lo sabía! ¿Desde cuándo?

—Hace ya un par de meses que iniciamos nuestra relación.

Ella acababa de entrar a trabajar en Greymark Manor y yo me la encontré en el pueblo, un día de mercado.

Fue... fue un flechazo. —Sonrió, tan bonachón como siempre—.

Es una joven maravillosa, milady. Queremos ahorrar y casarnos en un año, la próxima primavera, y pedirle a lord Finesword que nos venda la casita que hay en Bluelake, junto al lago.

Está muy cerca, nos resultaría muy conveniente por la proximidad con las mansiones, y es muy bonita, a Mary Ann le encanta.

Si nos la vendiera ahora, podríamos ir arreglándola y luego vivir allí, y marchar cada uno a su trabajo, y volver por las noches.

—¿La casita de Bluelake? ¡Por supuesto, Otis! Pero no la vas a comprar, os la entregaré yo como regalo de bodas.

Otis la miró alarmado.

—¡Oh, no podemos permitirlo, milady! No sería...

—Tonterías, no voy a discutirlo, Otis —replicó ella, pensando en lo difícil que era siempre ayudar a la gente que amaba.

¿Para qué otra cosa podía querer ella el dichoso dinero?

Ya no le cabían más sombreros en el vestidor, iba a tener que hacer ampliación para poder añadir más, si seguían así—. Me enfadaré si no lo aceptáis.

El muchacho pareció apurado.

—Entonces, supongo que tendré que hacerlo. Pero antes lo consultaré con milord. Perdón, lady Penny, pero no quiero que...

—No pasa nada, lo entiendo. Y sé que mi abuelo estará de acuerdo conmigo.

—Se sonrieron—. Otis, qué bien. Es una noticia maravillosa, me alegro mucho por ti...

—Mary Ann... Lady Penelope frunció el ceño al reparar en por qué le llamaba la atención el nombre—.

Mary Ann... ¿Has dicho que trabaja en Greymark Manor, verdad?

—Así es, milady —asintió Otis, y de pronto se mostró preocupado—.

De hecho, por eso estoy aquí. Mary Ann ha venido esta mañana, muy pronto, y me ha dicho que tiene que hablar con usted, que es urgente.

Sabe lo del club Astarea... —Al ver que ella arqueaba las cejas, explicó—: Yo se lo he contado, milady, le he hablado de ello en ocasiones.

Perdóneme, la he escuchado a usted con milord y con la señorita Thompson, y, la verdad, siempre me ha parecido algo admirable lo que hacen.

¡Y salvar a esa pobre mujer, la limpiadora de la galería!

Fue muy valiente y muy amable por su parte.

Lady Penelope sonrió.

—No te preocupes. No sabía que te interesase el tema. Por supuesto puedes hablarle del club a quien quieras. Incluso puedes venir y hacerte socio, si lo deseas.

Él la miró atónito. Seguro que pensaba que era algo que quedaba fuera del alcance de un pobre lacayo. Ya le insistiría, en el futuro, por si realmente deseaba hacerlo.

—Eh... Gracias, milady. El caso es que Mary Ann las reconoció a ustedes anoche y quiso hablarles, pero no se atrevió.

—Pobrecilla. ¿Qué quería?

—Piensa que... que ustedes pueden ayudarla.

—¿En qué?

Otis se removió incómodo.

—Mary Ann... Verá, milady, Mary Ann piensa que lord Trenton asesinó a su tío, lord Greymark.

Lady Penelope parpadeó. ¿Lord Trenton el asesino de su tío? Sintió una emoción intensa. Ojalá pudieran demostrar algo así.

—Pero... ¿lo piensa o lo sabe con certeza? —decidió preguntar. Otis titubeó.

—Lo piensa, pero yo creo que tiene razón. Y que cada minuto que pasa allí, corre peligro.

—Oh, Dios mío... —El muchacho tenía razón.

Fuera o no fuese el asesino, lord Trenton era un hombre brutal, desagradable y violento.

Lady Penelope sospechaba que, de saber que una de sus doncellas iba por ahí acusándolo de asesinato, tomaría contra ella unas medidas nada agradables—. ¿Lord Trenton sospecha algo?

Otis abrió la boca y volvió a cerrarla. Cuando volvió a abrirla, dijo algo distinto a lo que tenía pensado al principio:

—No lo sé, lo lamento. Mary Ann estaba muy nerviosa y a mí me quedó todo muy confuso. Creo que debe contárselo ella, milady.

—Está bien. —Abrió su bolsito, en el que siempre llevaba unas tarjetas del club Astarea, y se la entregó—. Aquí tienes la dirección, por si no la sabías, aunque hoy me voy a ocupar de que tengáis mi coche a vuestra disposición. Perkins os llevará.

—Gracias, milady.

—¿Cuándo podríais ir? ¿Esta tarde?

—Sí, milady, desde luego. Hubiésemos querido cuanto antes, pero Mary Ann no podrá dejar Greymark Manor hasta recoger el servicio del té. No quiere levantar sospechas. Está asustada.

—Perfecto. Yo tengo que ir antes a Londres, pero enviaré de vuelta a Perkins para que os recoja, digamos... ¿a las seis? Ve a buscar a Mary Ann y esperad el coche en el cruce de Atkins. A las seis en punto, Otis. Perkins os llevará al club y allí hablaremos. Luego ya organizamos la vuelta.

—Perfecto. Gracias, milady.

—Y, Otis... —añadió—. Si Mary Ann desea quedarse a trabajar en Finesword Manor, por supuesto que será bienvenida.

No tiene por qué regresar a Greymark Manor, si tiene tanto miedo.

Que se quede ya aquí. Bueno, se lo diré luego yo misma.

Puede ser mi doncella. —Por Dios, al final, tendría que pasear con alguien.

Qué infierno. Aunque Mary Ann le había resultado simpática, y era la novia de Otis.

Seguro que podría convencerla para entrar en el club Astarea, y ya sería otra cosa.

Como pasear con una amiga—. Al fin y al cabo, todo el mundo dice que necesito una.

La expresión de Otis se llenó de alegría. Hasta temió que se pusiera a dar brincos, asustando a Goldie.

—¿De verdad? ¡Oh, lady Penny! ¡Gracias, milady! Lo cierto era que no sabía cómo pedírselo, pensaba hacerlo cuando se acercase la boda. ¡Pero así, mucho mejor! ¡Muchas gracias!

—No hay de qué. —Sonrió y, llevada por un impulso, le dio un abrazo. Hacía mucho que deseaba hacerlo. La última vez, si no se equivocaba, tenían ocho años, y él acababa de salvarla de una araña enorme—. No vuelvas a dudar: si necesitas algo, dímelo. Somos amigos, Otis. Te juro que nunca lo olvido.

Al oír eso, él la estrechó con más fuerza durante un par de segundos. Cuando la soltó, se sonrieron, y ella supo que, de ser por aquel joven bueno y sencillo, nunca estaría sola. Que había muchos modos de forjar y mantener una familia, y ellos habían sabido encontrar uno propio.

Entonces fue cuando vio a sir Justin.

Estaba allí plantado junto a un árbol, a poca distancia, con su bastón, su traje elegante y su sombrero de copa: un auténtico dandi inglés perdido en la espesura. Había que reconocerle que le gustaba ir igual de preparado a una audiencia con la reina que al bosque de Finesword Manor.

Y que estaba siempre igual de guapo.

Otis se dio cuenta de que algo pasaba y se volvió con sobresalto. Al ver a sir Justin, se ruborizó.

—Gracias, milady —le dijo a ella, con un carraspeo, apartándose al punto—. Ahora, debo volver, no quiero preocupar a milord. —Agitó la tarjeta en el aire—. Nos vemos más tarde.

—Perfecto, Otis.

El lacayo le dedicó una inclinación, otra a sir Justin, que se limitó a mirarlo con fijeza, y se alejó a buen paso entre los árboles.

Lady Penelope y sir Justin se quedaron solos, estudiándose en la distancia.

Ella trató de olvidar las cosas que le había dicho Nomy la noche anterior, todo aquello de que su hermano estaba enamorado y que tarde o temprano lo diría.

Esas palabras, junto con el conato de beso que habían compartido, habían cambiado para siempre la naturaleza de su relación, al menos por su parte.

Pero se moriría de vergüenza si se dejaba llevar por todo aquello y al final resultaba que él no tenía mayor interés.

O que, analizando fríamente la situación y las ventajas para su carrera política, optaba por proponerle matrimonio a lady Winnie Wendell.

Ella sí que cumplía todos los requisitos deseables para poder ser considerada una Dama Selecta.

Cómo le dolía el corazón ante la idea de que se fuese con ella. ¡Qué terrible! Pero tenía que disimular.