Capítulo 11
—¿M e han informado bien? —preguntó el barón Trenton, atravesando la puerta de la salita azul con aire agitado y, resultaba evidente, bastante bebido.
Era un hombre no demasiado alto y sí muy delgado, de cabello abundante y rizado, y ojos grises que, en opinión de lady Penelope, tenían siempre un brillo vagamente inquietante.
Nomy concretaba más al describirlo como artero y disoluto.
Los grandes bigotes que cuidaba con esmero en un rostro sin perilla no le favorecían, pero al parecer nadie se lo había dicho nunca—.
¿Se ha desmayado en la escalinata de entrada, lady Penelope?
—¡No! —exclamó ella apartándose antes de que aquellas manos la atraparan para palparla con la excusa de traerla de vuelta a la vida—. Ha sido mi amiga. La señorita Thompson.
Trenton se detuvo de inmediato.
—Ah.
—Pero no me ha pasado nada, gracias —replicó Nomy, con enojo, desde su asiento. Bebió otro sorbito de jerez antes de continuar—: No me he descalabrado ni nada de eso. Solo he rebotado un par de escalones.
Él la miró con una expresión que indicaba que era una verdadera pena no haber estado presente para poder patearla todavía más escaleras abajo.
—Oh. Pues qué bien. —Sin más, volvió a ignorarla—.
Supongo que ya le habrán dicho que mi tío falleció anoche repentinamente, milady.
Un ataque al corazón, por lo que parece.
El pobre... Estaba ya muy debilitado por sus achaques y por la edad.
No debió tomarme tan por sorpresa. Al fin y al cabo, era un hombre venerable.
Lady Penelope apretó los labios, pero a él no podía reprocharle aquella clase de opiniones, de modo que optó por guardarse la suya al respecto.
—Lo siento mucho, milord —murmuró, pensando con tristeza en aquellos lejanos días en que sus abuelos habían compartido ilusiones y momentos felices con lord y lady Greymark.
Y en el poco tiempo que había tenido ella para cogerle afecto.
Ojalá Goldie hubiese aparecido antes en sus vidas—.
Y sé que mi abuelo, que fue su amigo durante años, estará muy apesadumbrado con lo ocurrido.
—Gracias, milady —replicó Trenton. Se tiró del bigote derecho—. Ah, necesito una copa. ¿Desea usted tomar algo?
—Nos han traído un té delicioso, gracias.
—¡¿Té?! —Puso cara de asco—. ¿Y no desea algo más fuerte?
—No. Pero la señorita Thompson sí tomó algo antes y...
—Oh, bien, bien...
Trenton no tenía mayor interés en saber qué había tomado hasta entonces o qué deseaba tomar la señorita Thompson en un largo futuro, estaba claro.
Se dirigió hacia la mesa de las bebidas y empezó a servirse un whisky para sí mismo.
Lady Penelope se fijó en que también llevaba guantes negros, como el servicio.
Qué absurdo. Sabiendo cómo se llevaban su tío y él, era una muestra de luto ridícula e hipócrita, pero supuso que quería aumentar la impresión de que lamentaba la muerte de lord Greymark, cosa que no podía ser más falsa.
Trenton llenó el vaso casi hasta arriba y dio un buen trago antes de volverse de nuevo en su dirección.
Lady Penelope y Nomy intercambiaron una mirada de circunstancias.
Aquel hombre penoso ya había llegado con evidentes muestras de ebriedad, de modo que la cosa solo podía ir empeorando.
Hasta vieron que se tambaleaba un poco cuando empezó a acercarse a ellas con intención de sentarse en uno de los sillones.
—Pues qué sorpresa. Me alegra mucho que haya venido, lady Penélope, porque quería coment...
De pronto, el perrito se escurrió de los brazos de lady Penelope y cayó al suelo entre las faldas de las jóvenes, de las que surgió como una minibestia mitológica nacida de espuma de encajes para enfrentase a Trenton y enseñarle los dientes, rabioso. También ladró, con muchas ganas.
Trenton pegó un brinco, del susto, y la mitad del contenido del vaso se derramó por todas partes.
—¡Goldie! —lo reprendió lady Penelope, sin mayor éxito. Como si no la hubiese oído—. ¡Goldie, ven aquí!
—¿Qué? —exclamó Trenton, salpicando el aire de saliva y la alfombra de whisky—. ¿Qué demonios haces tú aquí, jodido chucho? ¡Maldito perro enclenque y ridículo! —Intentó patearlo, pero el perrito saltó con agilidad y se puso a salvo, solo para ladrarle desde otra posición.
Las dos damas se levantaron de un brinco.
—Pero ¿qué hace? —preguntó lady Penelope horrorizada.
—¡No se le ocurra pegarle al perrito, bruto! —ordenó Nomy, mucho más agresiva, aunque no pareció influirle mucho.
—¡Haré lo que quiera, faltaría más, esta es mi casa! Y ese bicho sarnoso siempre tiene que estar por todas partes. ¡No sé qué hace todavía aquí! —Se giró hacia la salida, dando voces—. ¡Warren! ¡Warren!
La puerta no tardó en abrirse y entró un preocupado mayordomo.
—¿Milord?
—¡Llévese de inmediato ese maldito animal! ¿No le dije tras el almuerzo que lo matasen?
El señor Warren estaba blanco como el papel.
—Milord, pensé... pensé que cambiaría de idea...
Lord Trenton intentó fulminarlo con la mirada. Por suerte, carecía de tal poder.
—¿Por qué demonios tendría que hacer eso? ¿Eh? ¿Por qué? ¡Que lo sacrifiquen de inmediato!
—¿Qué? —Lady Penelope cogió en brazos al perrito y lo estrechó con fuerza, dispuesta a luchar hasta el último aliento por salvarlo—. ¡No! ¡No se atreverá!
—¿Por qué no? Solo es un repugnante chucho que...
—¡He dicho que no! —repitió ella, firme, y dio una patada al suelo con el pie derecho, como cuando era niña—.
¡Por favor, se lo ruego! ¡Si no lo quiere, yo me lo llevaré!
¡Se quedará conmigo en Finesword Manor y no volverá a irritarlo nunca jamás!
¡No volverá a saber de él! —En el silencio que siguió a esa última súplica, se dio cuenta de que estaba al borde del sollozo—. ¡Se lo prometo, milord!
Trenton apretó los labios. Las aletas de su nariz temblaron mientras la observaba con mucha atención, con aquel brillo tan conocido y tan desagradable en los ojos.
Lady Penelope comprendió que aquel hombre horrible acababa de darse cuenta de que tenía el poder, que por fin poseía algo con lo que controlarlas y que no pensaba desaprovechar la ocasión.
—Le recuerdo que ahora es mío —susurró con gran complacencia, y vació su vaso de un trago—. Como todo lo demás.
Se hizo un profundo silencio. Goldie lamió la oreja de lady Penelope. Ella suspiró. No quedaba más remedio.
—Por favor, regálemelo —dijo, y sonó como una súplica. En realidad, lo era—. Me haría muy feliz.
Él arqueó una ceja.
—¿Sí? No me diga. —Se dirigió a la mesita de bebidas, y rellenó el vaso con tan poco tino que se le desbordó y, al levantarlo, goteó todavía más por todas partes, pero no hizo ni caso. Miró a lady Penelope y sonrió—. ¿Cuánto? ¿Cuán... feliz la haría, mi hermosa y esquiva lady Penelope?
Ella se ruborizó. Sintió la mirada de Nomy, de soslayo.
—Mucho.
—Ah, ¡qué bien! ¿Tanto como para aceptar ir conmigo al teatro The Magic, en el próximo estreno de Romeo y Julieta ? Dentro de dos días. Pasaré a buscarla a las... digamos a las seis, para llevarla a cenar antes de la función. Así podremos hablar y llegar a diversos acuerdos.
Ella sintió que se mareaba.
—Eh...
—Creo que se está excediendo, milord —dijo Nomy, enfadada—. No se aproveche de...
—¡Y yo creo que usted debería cerrar su maldita boca de una maldita vez, señorita Thompson! —la cortó él, con desprecio—. Pero bien se sabe por todo Londres que es incapaz de tal hazaña.
—¡Milord! —exclamó el señor Warren, horrorizado.
—¿Cómo se atreve? —Nomy frunció todavía más el ceño, un gesto que la hacía muy semejante a sir Justin—. Es usted un grosero. Y un borracho infame que es incapaz de mostrar respeto en casa de su tío ni estando de luto por él.
—Estoy en mi casa. ¡Mi casa, demonios, por fin! ¡Mi casa! —Alzó el vaso—. Yo soy el conde de...
—No, eso no —replicó Nomy, iracunda—. Su tío todavía no ha sido enterrado y, por lo tanto, usted no puede atribuirse el título de conde.
Él se echó a reír de un modo muy desagradable.
—Se equivoca una vez más, pequeña mema. Como seguro saben, mi tío era un hombre reservado, no salía de la propiedad desde hace años.
Muchos. —Eso era cierto. Ni siquiera se trataba ya con sus vecinos, como bien sabía lady Penelope.
Su abuelo y ella iban a verlo, pero nunca se quedaban demasiado tiempo—.
Aparte de la recua de criados inútiles que mantenía aquí, no iba a acudir nadie más que la familia, o sea, yo, por lo que no había razones para demorar ni un minuto el funeral, que tuvo lugar esta mañana.
—¿Qué? —exclamó lady Penelope, decepcionada.
Viendo el comportamiento del perro y cómo estaban las relaciones en esa familia, había empezado a acariciar la idea de que Trenton fuera el responsable de todo.
¡Qué bueno hubiese sido eso! Poder resolver el crimen y deshacerse de un hombre infame, todo con un mismo movimiento elegante y contundente, como un buen jaque mate en ajedrez.
Pero si habían enterrado esa mañana a su tío, no podía encontrarse a la vez en el bosque asesinando al hombre de pantalones rojos, ni mucho menos cambiando de sitio su cadáver—.
¿Esta mañana? —Miró al señor Warren, para pedir su confirmación, y el mayordomo asintió con pesar—. ¿A qué hora fue eso?
—¿Por qué lo pregunta? —la interrogó a su vez lord Trenton. O lord Greymark, dadas las circunstancias.
—Porque hubo un crimen en el bosque. Sobre las diez.
—¿Un crimen? —Lord Greymark arqueó una ceja. Se dejó caer en el sillón—. ¡Demonios! ¿De qué tipo?
—Del tipo criminal —replicó Nomy, con una carcajada despectiva que no le gustó nada a su anfitrión.
—¡Se acabó! —bramó, y señaló hacia la puerta, los ojos fijos en Nomy—. ¡Usted, fuera de aquí! ¡Fuera de mi vista, de mi casa, de mis terrenos! ¡De mi puta vida! ¡Warren, asegúrese de que esta arpía salga de la mansión y no vuelva a permitir que entre, o juro que será despedido!
—Eh... —El pobre señor Warren miró con disculpa a Nomy—. ¿Se encuentra mejor, señorita Thompson? ¿Cree que podría...?