Lady Penelope da siempre su paseo a las diez (Club Astarea 2) Capítulo 10
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Capítulo 10

—¿U n vahído? —preguntó Nomy, mirándola horrorizada. Normal, ella no había tenido uno nunca, y si tal palabra formaba parte de su vocabulario solo era para poder usarla con desprecio.

—¿Un vahído? —preguntó a su vez el señor Warren.

Las miró abrumado, y les indicó el interior.

Ella se apresuró a entrar, casi arrastrando a la indignada Nomy—.

Qué contrariedad, lady Penelope. Entren, claro, por favor.

Haré llamar al médico si necesit... ¡Oh, por todos los...

! —exclamó, cuando una figurita vertiginosa de tonos dorados pasó por su lado y casi lo hizo tropezar—.

Perdón, milady. Ya estoy mayor, y este perro va a tirarme cualquier día.

—No ocurre nada —replicó ella con amabilidad.

Se agachó para llamar al perro, que los miraba a pocos metros—.

¡Hola, Goldie! ¡Hola, bonito! ¡Pero qué precioso eres!

¿Te acuerdas de mí? —Claro que sí. El perro ladró contento, corrió hacia ella y le lamió la nariz.

Lady Penelope lo cogió en brazos—. ¡Eres muy guapo!

El señor Warren carraspeó.

—Tenga cuidado, ese pequeño demonio ha estado correteando por ahí y puede mancharla.

—No importa. ¡Es tan precioso!

—La verdad es que sí que es bonito, sí. —Nomy y el perrito se miraron. Lady Penelope tuvo la impresión de que acababa de producirse una lucha de voluntades. Luego el perrito lanzó un ladrido agudo en dirección a la nariz de su amiga y Nomy suspiró—. Vale, me rindo. Muy bonito.

—Y muy indisciplinado, me temo —protestó el señor Warren—.

No hace caso a nada. —Señaló hacia la izquierda—.

Pasen, por favor. Pueden esperar en la sala azul, ya la conocen.

—Se detuvo en un llamador antes de cruzar el vestíbulo y, un segundo después, apareció por una puerta una jovencita con traje de doncella, que incluía una cinta negra de luto en la gorra de encaje blanco.

Tendría dieciséis o diecisiete años y era muy bonita, se fijó lady Penelope.

Lástima que pareciera tan disgustada, con los grandes ojos verdes enrojecidos y brillantes por las lágrimas apenas contenidas.

Claro que, habiendo muerto alguien en la casa, resultaba bastante lógico—.

Mary Ann, por favor, avise a la señora Blanchard que traigan un servicio de té completo para lady Penelope y su acompañante.

—Sí, señor Warren.

—Ah, y envíe a un criado, el que sea, para que encienda la chimenea de la salita azul. De inmediato. —El perrito volvió a ladrar, feliz, mientras lamía la oreja de lady Penelope—. ¡Y, por favor, ocúpese de ese animal!

—¡Desde luego, señor Warren! —Mary Ann trató de coger al perrito, pero él se opuso, gimoteando—. Oh, ven aquí, pequeñajo, no seas malo. ¡Si me quieres mucho! Deja en paz a las damas.

—No te preocupes, no me molesta nada en absoluto. —Lady Penelope se dirigió al mayordomo—: Si no les importa, me quedaré con él un ratito. ¿Puedo, por favor? —Lo abrazó más todavía. El perrito restregó su cabecita contra su barbilla, y sintió una ternura inmensa—. Es precioso.

La doncella sonrió, aunque seguía pareciendo triste, y sus ojos brillaron.

—Sí que lo es. Y muy alegre. Milord siempre est... —Carraspeó al ver cómo la miraba el mayordomo. No era apropiado que una doncella se pusiera a charlar con las visitas en el vestíbulo—. Perdón, perdón, señor Warren —musitó, dirigiéndose de vuelta al pasillo—. Voy a avisar a la señora Blanchard.

—Gracias, Mary Ann. Pasen por aquí. Oh... —El señor Warren miró preocupado a Nomy—. Perdón, qué torpe estoy, no le he preguntado. ¿Se siente bien, señorita Thompson? ¿O necesita ayuda? Puedo avisar a un par de lacayos para que la lleven en una silla...

La mencionada arqueó ambas cejas.

—¿Qué? Por supuesto que...

—No le haga caso. —Lady Penelope la interrumpió por el sistema de tirar de su brazo con tanta fuerza que Nomy se tambaleó.

De hecho, le dio tanto impulso que estuvo a punto de hacerla perder el equilibrio, y de perderlo a su vez con ella.

El perrito ladró, viéndose atrapado en el forcejeo.

Eran demasiados cuerpos con patas, piernas y brazos, para cosa buena; si se caían al suelo, las humanas eran mucho más grandes y podrían aplastarlo.

Por suerte, el asunto no llegó a más—. La señorita Thompson siempre ha sido muy testaruda.

Apenas puede caminar, si lo sabré yo. ¡Si casi se desmaya dos veces en la escalinata!

Nomy volvió a bufar. Y seguro que incluso desde allí la oyó Perkins.

—De hecho, estoy segura de que sí; perdí el conocimiento en algún momento, tan fuerte ha sido el vahído. —Se inclinó para susurrarle, enfadada—: Y ahora estoy atrapada en una pesadilla.

El señor Warren palideció. Pobre hombre. Con la casa ya de duelo riguroso, lo último que le faltaba era que se le muriera una amiga de lady Penelope sobre la alfombra del vestíbulo.

—¿Mando avisar al doctor Meade, entonces?

—No, no creo que sea para tanto, no se preocupe —se apresuró a calmarlo lady Penelope—. Solo necesitamos descansar un poco. Y una taza de té. Una maravillosa taza de té.

El mayordomo asintió.

—El té es la mejor medicina para todo, sin duda alguna.

Así lo afirmaba mi madre. —Las condujo sin más dilación hasta la salita azul, en la que solía recibir lord Greymark, como bien sabía lady Penelope.

Había estado allí muchas veces, con su abuelo, pero esa noche el fuego estaba apagado y hacía bastante frío, lo que indicaba que había estado así todo el día.

Se sintió más y más preocupada—. Un criado se ocupará de inmediato de encender la chimenea.

—Según lo decía, entró un lacayo, también con corbata y guantes negros, que pidió permiso y se puso a la tarea—.

Lo lamento mucho, milady, señorita Thompson, no esperábamos a nadie y...

—No pasa nada, no se preocupe —replicó lady Penelope con amabilidad—. Somos nosotras las que tenemos que pedir disculpas por presentarnos de semejante modo. Además, apenas hace frío.

—Y yo solo necesito descansar un poco para... para recuperarme —añadió Nomy—. No querría molestar.

—En absoluto, milady, señorita Thompson. —El señor Warren se inclinó, agradecido. Qué amable había sido siempre ese hombre—. Son ustedes más que bienvenidas, como de costumbre.

Lady Penelope sonrió.

—Gracias, señor Warren.

—Un honor, milady. ¿Desean que les ponga una copita de licor? No es té, pero a veces hace maravillas.

—Yo no, gracias.

—No estaría mal —dijo Nomy, por el contrario—. Sí, por favor, sírvame un vasito de algo dulce.

—Por supuesto —replicó él, dirigiéndose de inmediato al mueble de las bebidas.

Lady Penelope observó trabajar al lacayo, asombrada por la habilidad para amontonar la leña de un modo efectivo, y luego paseó de un lado a otro, acariciando al perrito, mientras se planteaba el mejor modo de abordar la situación.

Algo tendría que decir. La casa estaba de luto, pero nadie mencionaba nada de la muerte, como si no hubiera pasado. No podía ser.

—¿Lord Greymark ha salido? —preguntó por fin, cuando el señor Warren ya había servido su bebida a Nomy.

—No, no. —El hombre la miró contrito. Y el lacayo, desconcertado—. Creí que lo sabía, milady. Mandé una nota a su abuelo esta tarde. Debí hacerlo antes, pero ha habido muchas cosas que hacer, para acondicionar la casa a la nueva situación.

—¿Saber? ¿El qué? —preguntó ella a su vez, aunque, definitivamente, tenía muy clara la respuesta.

El señor Warren suspiró.

—Me temo que lord Greymark falleció anoche, lady Penelope.