Lady Penelope da siempre su paseo a las diez (Club Astarea 2) Capítulo 9
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Capítulo 9

N omy y ella hicieron la primera parte del trayecto hacia Greymark Manor entre silencios pensativos —de esos que solo pueden darse entre personas que se conocen y se aprecian, y no necesitan hablar para sentirse cómodas— y charlas sobre mil cosas, aunque la mente de lady Penelope solo era capaz de variar entre dos temas: el asesinato del bosque y sir Justin.

Quizá era algo que podía deducirse de su expresión, porque, cuando quedaba poco para llegar, Nomy la miró con indulgencia.

—¿Qué tal esa aventura con mi hermano, a solas por el bosque? —soltó de pronto. Lady Penelope suspiró. Nomy no dejaba pasar ocasión en su empeño de que su mejor amiga y su hermano llegasen a un entendimiento. Soñaba con verlos casados algún día, pobre alma cándida—. ¿No vas a contarme nada?

—No hay nada que contar. —Se encogió de hombros—. Bueno, me ha reñido incontables veces...

—Ya. Menuda novedad. —Nomy le quitó importancia con un gesto—. Como siempre.

—Sí, es cierto. ¡Hasta dijo que tú y yo no somos auténticas Damas Selectas! ¿Puedes creerlo?

—Pues, la verdad, sí. Pero puede que seamos un par de Damas Selectas transgresoras robaperas. —Se echó a reír—. No le hagas caso.

—No sé... —Vaciló un momento, al recordar lo ocurrido entre ellos por la mañana.

Aquel beso contenido. Aquellas emociones intensas y sorprendentes.

Se sintió un poco culpable al darse cuenta de que ni había pensado en lo ocurrido con el muerto de los pantalones rojos como algo relevante, pobrecillo.

Qué cierto era lo del refrán que decía: «Los muertos no tienen amigos».

Ya se había olvidado de él excepto como centro difuso de una investigación.

Supuso que, de haberlo conocido personalmente, hubieran sido distintas las cosas.

Seguro que sí. Incluso aunque le hubiese caído mal—.

Pero hoy ha habido un par de momentos... especiales.

—¿«Especiales»?

—Eh... Momentos en los que he llegado a pensar que quizá él estaba..., no sé, interesado en mí de alguna forma. —Recordó aquel momento álgido, aquella pasión que había fluido entre ambos sin llegar a concretarse—. Hasta llegué a creer que iba, uh..., a besarme.

—¿En serio? —Nomy sonrió—. ¡Ja! ¡Lo sabía! Le gustas mucho, tonta, hazme caso porque tengo razón. Pero es tan... formal que no puede aceptarlo. Tú no encajas en sus aspiraciones.

Ella casi bizqueó.

—¿A qué te refieres? —¡Por Dios! ¿Qué aspiraciones tenía ese hombre?

Ella era más rica que él, con diferencia, y tenía un título nobiliario del que sir Justin carecía, puesto que el de baronet no le otorgaba nobleza, solo prestigio y reconocimiento social, aunque fuera hereditario.

Si alguien tendría que ponerse picajoso con...

aspiraciones o tonterías semejantes debería ser ella, y, sin embargo, nunca le había concedido mayor importancia a aquellas cosas.

La odiosa Dorothy Graham, al menos, estaba descartada. No era noble, aunque fuese muy rica. Y no se le ocurría otra...

¡Lady Winnie Wendell!

La hija de la infame duquesa de Wendell. ¡La que pensaban enviar a Minstrel Valley! ¡Claro! ¡Por eso se había puesto hecho una furia con la tontería de no haber estado para recibirla con el té! ¡Se había enojado tanto porque le había hecho un feo a su futura suegra!

Pero lady Winnie tenía diecisiete años escasos, y sir Justin ya iba para los veintiocho. Lady Penelope puso cara de horror. No, no era tanta la diferencia, todo Londres aplaudiría un matrimonio con esa desigualdad de edad. Y esa joven sí era más rica, además de contar su padre con un título mayor.

Aunque él era solo un baronet. ¿De verdad el duque de Wendell pensaba consentir que se celebrase tal matrimonio?

Nomy debió suponer lo que estaba pensando, porque lanzó una risita.

—Ya estás dando vueltas a sus aspiraciones y preguntándote si otras las podrían cumplir. ¡Ah, quién sabe!

Lady Penelope la miró con fastidio.

—Eres muy lista tú, Eunomia Thompson, pero el coche es mío. Si me irritas mucho, Perkins te dejará en un camino secundario donde te perseguirá un lobo.

Nomy lanzó una carcajada.

—Vale, vale. Por título y fortuna sí, claro que cumples cualquier requisito, desde luego. Pero no por carácter.

Lady Penelope decidió no bizquear, así que parpadeó.

—Por carácter.

—Eso es. El muy tonto alguna vez ha comentado que estás demasiado centrada en lo que no debería ocupar tanto tu interés, como los escritos de Herodoto y gentes semejantes.

Sí, como el sermón que le dio por la mañana, insistiendo en el tema de los informes y los estudios históricos. Estaba claro que no le gustaba nada que emplease su tiempo en todo eso.

Lady Penelope se sintió más deprimida que nunca. Seguro que lady Winnie Wendell vivía con el único anhelo de servir el té con más elegancia que nadie en todo el Imperio británico.

—Ah. Pues vaya...

—No te preocupes —la animó Nomy—. Estoy convencida de que todo acaba solucionándose. Ese bobo entrará en razón y tú y yo podremos ser hermanas, hermanas de verdad y... Bah. No te preocupes. Tarde o temprano, se declarará.

—No entiendo por qué dices eso. Aparte de lo ocurrido hoy, que bien puedo habérmelo imaginado, jamás me ha insinuado...

—Justin es demasiado simple para insinuar nada —replicó Nomy, con la crueldad de una hermana pequeña—. Pero se nota mucho que le interesas. ¿Es que no ves cómo te mira?

—Sí. Con su eterno ceño fruncido.

La otra rio.

—Bueno, sí, menudo majadero... Pero pese a lo que pueda parecer, mi hermano es una buena persona y entiende el hecho de que las mujeres somos tan inteligentes como los hombres.

—Se inclinó hacia ella, para hablarle en confianza—.

Sabe, de hecho, que soy mucho más inteligente que él, aunque jamás lo reconocerá.

—Mira que eres mala.

—¡Ahora no me oye! Y le consta, no estoy mintiendo ni exagerando.

Justin respeta a las mujeres, algo que no hacen la gran parte de los hombres.

Pero, ya sabes, tiene cada vez más ambiciones políticas y está obsesionado con forjar una vida socialmente perfecta.

A mí trata de enderezarme, y a ti..., bueno, estoy segura de que te cambiaría sin dudarlo por una anfitriona impecable, oculta tras su sombra, sin darse cuenta de que es de ti de quien se ha enamorado, y no de la muñeca sin sal que desea que seas.

—¡Enamorado! —La miró sobresaltada—. ¡Pero qué cosas tienes! Eso son palabras mayores.

—¡Ah, yo estoy convencida de eso, Penny!

—Rio entre dientes—. Siempre te lo he dicho.

El muy tonto lleva tiempo cabizbajo por los rincones, y cada vez que sale tu nombre se le iluminan los ojos bajo ese ceño tan irritante que esgrime de un lado a otro, como una espada contra el mundo.

Te aseguro que está enamorado. ¡Si lo sabré yo!

Ya veremos si logra hacer las cosas bien, que ese es otro tema.

Si te digo la verdad, eso me da bastante miedo.

—La miró preocupada y tomó su mano, entrelazando los dedos—.

Ten un poco de paciencia con él. Es muy torpe en temas amorosos.

Y también en otros. —Puso los ojos en blanco—. En todos.

Al final, lo consiguió. A lady Penelope se le escapó una carcajada y ambas rieron.

—Por Dios, insisto: no seas mala.

—Y tú sé comprensiva, porque me temo que meterá la pata.

Lady Penelope no contestó. Ni siquiera quería pensar en nada.

Se limitó a contemplar los campos que se veían por la ventanilla, iluminados por el sol del atardecer.

Inglaterra era un país muy hermoso y se sentía muy feliz de haber nacido allí, de vivir rodeada de la gente que tenía. De sentir tanto amor por todos.

Nomy y ella no hablaron más hasta llegar a su destino. Eso sí, permanecieron con las manos bien sujetas y los dedos entrelazados, dándose fuerza, amor y ánimo la una a la otra.

Cuando, minutos después, el coche se detuvo frente a la escalinata de Greymark Manor —una mansión tan hermosa como Finesword Manor, pero mucho menos impresionante—, Nomy lanzó un bufido.

—Insisto en que es un poco maleducado presentarse así.

—Y bufar, Eunomia Thompson —replicó lady Penelope con un encogimiento de hombros—. Y bufar.

—Bah, solo me has oído tú.

—Y Perkins. —Se volvió hacia la ventanilla—. ¿Verdad, señor Perkins?

—Así es, milady —afirmó el cochero, mientras les abría la puerta.

—¡Qué tontería! —protestó Nomy, y lo miró acusadoramente—. Perkins, usted no me ha oído. Solo lo dice porque Penny se lo ha pedido.

—Lo lamento, señorita Nomy —replicó él, riendo entre dientes. Al fin y al cabo, conocía a lady Penelope de siempre, y a Nomy desde su primer año en Minstrel Valley, por lo que se sentía lo bastante cómodo como para bromear con ellas—. Mi lealtad hacia milady es inquebrantable.

—O sea que sí.

—No seas gruñona, deja a Perkins en paz.

—Lady Penelope cogió del brazo a su amiga—.

Venga, vamos a saludar. Si nos miran mal, pues salimos corriendo y listo.

No creo que... —Se fijó alrededor, algo desconcertada.

No era tan tarde, no habían dado ni las cinco y media, pero todas las ventanas estaban cerradas, con las cortinas echadas, como si el lugar estuviera vacío o de luto—. Qué extraño, no sé...

Dejó de hablar cuando vio la gran corona de laurel y tejo, atada con crespón fúnebre y largas cintas negras, que colgaba en la puerta principal.

Era el signo habitual cuando había fallecido alguien en la casa.

También había crespón negro y cintas en el pomo de la campana y en la manilla de la puerta.

Negros, según la tradición, así que el difunto era alguien mayor.

De haber sido joven, hubiesen sido blancos.

—Oh, Dios mío... —susurró Nomy—. Aquí ha pasado algo. Lo menos se ha muerto lord Greymark.

—¿Por qué iba a ocurrir algo tan horroroso? —Lo recordó aplaudiendo mientras ella jugaba con Goldie y su pelota. Se le encogió el corazón—. ¡Tenía buen aspecto ayer por la mañana!

—Bueno, no sé, ya sabes... La gente se muere de pronto, por lo que sea, sobre todo a cierta edad.

—¡No digas esas cosas! —No podía ser cierto. Si se había muerto aquel caballero, significaba que su abuelo podía irse con la misma rapidez, y ella no estaba preparada para algo tan espantoso—. A veces eres...

—Vale, vale, perdona. Conste que no le deseo nada malo al viejo Greymark, pese a su mal humor. Pero ojalá se haya muerto lord Trenton, también te lo digo. —El sobrino, claro. Pero ese vivía en Londres—. Oh, Dios, ¡he dicho algo más terrible todavía!

Lady Penelope reflexionó sobre sus pecados.

—La verdad es que el barón Trenton es odioso. Te entiendo. Ojalá sea él quien se ha muerto.

—Menos mal. —Nomy empezó a recular un poco—. Pues bueno, ya veremos qué ha ocurrido, seguro que el rumor ya corre por todo Londres y para la hora de la cena alguien nos lo ha contado.

—Sí, probablemente... —musitó lady Penny sin moverse del sitio. Viendo que si quería irse de allí tendría que arrastrarla, Nomy la miró de reojo y titubeó:

—Nos vamos, ¿verdad? ¿O qué excusa vas a poner para presentarte así, de un modo tan poco elegante, y más en semejante situación?

Lady Penelope tragó saliva. Nomy estaba en lo cierto: por poco que le gustase tener que demorar la investigación, en esas circunstancias lo mejor sería marcharse y volver al día siguiente.

Estaba a punto de decirlo cuando se abrió la puerta y el señor Warren, el mayordomo de lord Greymark, se asomó al umbral.

Llevaba banda de luto en la manga, y guantes negros.

¿Quién demonios había muerto allí? ¿Lord Greymark?

¿Su odioso sobrino, que no vivía allí desde hacía años, pero que quizá había terminado apuñalado en algún lupanar de Whitechapel, tal como Nomy había vaticinado siempre que ocurriría?

Ese sí que se lo habría merecido, sin duda.

Y, claro, de ser así, su tío se pondría de luto aunque no lo soportase, eran las normas.

¿Qué otros podrían provocar tal luto en la casa? Nadie, que ella supiera. Una idea terrible surgió en su mente. ¡Esperaba que no fuera por el perrito! ¡Eso sí que la haría llorar! Qué desastre...

El señor Warren esperaba en la puerta, mirándolas con sorpresa.

Seguro que había saludado, pero lady Penelope no tenía clara conciencia de ello.

Se sentía colapsada por la situación. ¿Y si simulaba estar allí porque se había enterado de la tragedia?

Podría decir que se lo había contado su abuelo...

Pero eso podría provocar serios problemas si las descubrían, porque quizá todavía no lo habían comunicado por ahí, ni siquiera a nadie de Finesword Manor.

Además, ¿qué podía decir? ¿«Vengo a ofrecer mis condolencias por lord Greymark»? ¡Si ni siquiera sabía quién se había muerto!

«Piensa, piensa». Lady Penelope apenas tuvo una milésima de segundo en idear algo, y hasta ella tuvo que reconocer que no fue nada brillante.

Agarró con fuerza a una sorprendida Nomy.

—¡Perdón, señor Warren! —exclamó—. ¡Lamentamos presentarnos así, pero mi amiga, la señorita Thompson, ha tenido un vahído!