Capítulo 8
L ady Penelope contempló con cariño a Nomy y agitó la cabeza.
—Ven conmigo esta tarde a Greymark Manor y lo comprobarás tú misma. Seguro que nos recibe encantado y nos deja jugar con Goldie. Luego puedes quedarte en Finesword Manor a dormir, o haré que Perkins te traiga de vuelta a Londres, si lo prefieres.
Nomy vaciló.
—Prefiero regresar, si no te importa. Mañana por la mañana tengo varias gestiones que hacer.
—Por la expresión que puso, lady Penelope se preguntó si lo que fuera que tenía que hacer no estaría relacionado con el misterio que la rondaba en los últimos tiempos, aquella costumbre de desaparecer para el mundo a las tres, y no volver a ser vista hasta la hora del té, puntual como un reloj—.
Pero ¿de qué demonios quieres hablar con él?
De ser el asesino no va a confesar sin más, ya te lo digo yo.
¡Los criminales siempre lo niegan todo! Y también está demasiado mayor.
Y obeso, a menos que haya cambiado en ese aspecto.
—No, es cierto que está demasiado obeso como para moverse rápido. Dudo de que fuese capaz de matar al hombre de pantalones rojos antes de que este pudiese reaccionar. No sé. No sé si hubiera podido hacer algo así.
—Yo creo que no —insistió Nomy.
—Vale. En todo caso, concédeme un poco de diplomacia. Le preguntaré con amabilidad si sabe algo de ese hombre, ya que no era de los alrededores, y estudiaré su expresión más que nada. A ver qué podemos conseguir así.
—Pero, Penny... —intervino Blanche—. ¿Por qué te empeñas en este caso? No hay mucho en lo que apoyarse para una investigación. ¡Por no haber, no hay ni cuerpo! ¿O acaso lograron localizarlo?
—No, aunque el rastro del caballo llegaba ciertamente hasta Deephole Trail, como sugirió mi abuelo. Luego se pierde, al ser una zona rocosa. Mayers no pudo estar seguro de hacia dónde se dirigió después.
Los ojos de Nomy brillaron.
—Así que, sí, el asesino es alguien del lugar.
—Eso lo han aceptado como cierto, sí. Y, por lo que sé, van a buscar en la sima, va a bajar un grupo de expertos contactados por Scotland Yard.
—Estupendo. Pero, de todos modos..., supongamos que lo encuentran. ¿Y entonces, qué? Si lo registraste y no tenía más, ningún modo de ser identificado, va a resultar difícil relacionarlo con alguien. De hecho, tu palabra será la única que lo relacione con las trescientas libras.
—La mía y la de sir Justin.
—Sí, eso sí. Pero...
—Lo sé, entiendo que no tenemos mucho. Pero así son las cosas, hay que ir tirando del hilo, a ver qué conseguimos. —Todas asintieron y lady Penelope se puso en pie—. Lo siento, si quiero ir a Greymark Manor y luego llegar a tiempo para cenar con mi abuelo, debo irme ya, o se hará demasiado tarde.
—Yo te diría que tarde ya vamos. Tarde y mal.
—Nomy miró el reloj de carrillón que había a un lado—.
Porque a Greymark Manor no llegamos a un té al que no hemos sido invitadas, y algo así no resulta muy adecuado, Penny.
No es propio de ti. Si lord Greymark hubiese recibido en su biblioteca un incunable de esos, o cualquier estatua o jarrón centenario, lo entendería, porque en esos casos ya no piensas en otra cosa. Pero ¿así? ¿Sin más?
—Me da igual. —No iba a decírselo, porque le parecía un poco infantil su rabieta, pero quería resolver ese asunto, estaba decidida a ello.
Quería echarles al capitán Forbes y a sus hombres la solución del crimen en plena cara, como un cubo de agua fría.
Y, para eso, debía resolverlo antes que ellos.
El tiempo corría en su contra—. Yo voy a ir a visitarlo.
No creo que sea el asesino, pero quizá sepa algo.
Puede que lo vieran pasar por sus tierras y habló con alguien, no sé.
Voy a probar. ¿Venís o no? Blanche, pueden traerte de vuelta, si te apetece venir.
—Sí me apetece, y mucho, pero no puedo —dijo Blanche, con pena—. Lo siento, pero tengo que volver a la tienda, y luego Richard va a llevarme al teatro.
—No te preocupes, ya me lo imaginaba —le dijo lady Penelope, aunque en su fuero interno lamentaba que no pudiera acompañarlas.
Blanche se fijaba en cosas que para otros resultaban invisibles y era muy lista, les hubiera venido muy bien, aunque solo fuera para repasar a fondo todos los detalles.
Sonrió antes de añadir—: Tienes un marido encantador, Blanche.
—Sí que lo es —replicó su amiga, con una sonrisa que casi no le cabía en el rostro. Se acarició el vientre—. Y va a ser un padre maravilloso.
—¡Y nosotras, unas tías con muchas ganas de convertirla en una gran revolucionaria! —exclamó Nomy con el entusiasmo que mostraba siempre cuando salía el tema—. ¡Quizá logre ser la primera mujer abogado de este país! ¡O tal vez consiga el derecho a voto para todas nosotras!
Blanche lanzó una carcajada.
—Richard también está empeñado en que será niña. Y en que estudiará lo que quiera.
—Lo sé, lo estuvimos hablando el otro día.
—Lady Penelope intercambió una mirada con Nomy—.
Casi lo convencimos de que, cuando llegue el momento, nos deje enviarla a Minstrel Valley, a la Escuela de Señoritas de lady Acton, ocupándonos nosotras de todos los gastos, por supuesto.
No tengo la más mínima duda de que, para cuando nazca, estará de acuerdo.
—Y si para entonces las cosas han cambiado, quizá de allí pueda ir a estudiar a Oxford o a algún otro centro donde pueda iniciar una carrera —añadió Nomy—. Eso también irá por nuestra cuenta, por supuesto.
Blanche había ido abriendo los ojos progresivamente, hasta llegar al máximo.
—Oh, no, no podría... Todo eso es muy caro, y Richard y yo no podríamos sufragarlo ni en mil años.
—¡Pero nosotras somos sus tías, y no podéis negarnos ese capricho!
—O aceptáis sin más o prepárate, porque Penny y yo te encargaremos tantos sombreros que no sabrás ni dónde poner el siguiente lazo —la amenazó Nomy—.
Pero el dinero lo tendrás. Ya lo creo que lo tendrás.
Y esa niña podrá ser una Dama Selecta, estudiará lo que desee y ayudará a que las mujeres del futuro tengan la libertad que todas hubiésemos debido haber tenido.
Blanche las miró emocionada.
—Sois maravillosas —musitó—. Agradezco al Cielo el día en que entrasteis en mi tienda.
—¡Y eso que, entonces, pensaste que éramos unas locas!
Blanche lanzó una carcajada.
—¡Ya lo creo! ¡No sabía cómo librarme de vosotras!
Las tres amigas rieron y se abrazaron. No tardaron en dirigirse al vestíbulo, donde Kitty, la doncella que se ocupaba de atender a las socias y de las tareas de limpieza del club, les llevó los abrigos y bolsitos.
Ese día, lady Penelope había ido a Londres en su carruaje, y el cochero, Perkins, que había estado tomando con Kitty una taza de té en la cocina, las ayudó a subir con cuidado de que no se tropezasen con sus faldas, sobre todo a Blanche, a la que iban a acercar hasta su sombrerería —y hogar, puesto que Richard y ella vivían en el piso de arriba—, pese a que no estaba lejos.
Minutos después, mientras su amiga bajaba frente al escaparate de la Chapellerie de Madame Dupont pour dames élégantes, de nuevo con ayuda del amable Perkins, descubrieron que justo llegaba Richard Canterbary —con una bonita rosa roja en la mano—, desde la esquina que formaba la tienda con la calle Bond.
Al parecer, el inspector había podido salir antes del trabajo y había pensado ir a pasar ese tiempo con su esposa, quizá llevándola a cenar antes del teatro. Richard era un hombre maravilloso. Las saludó a ellas con calidez, y abrazó y besó a su esposa con un cariño evidente.
—¿De dónde has sacado la rosa a estas horas? —le preguntó Blanche, sorprendida, y él sonrió.
—La he robado de un tiesto. ¡Espero que no me haya visto nadie!
Eso debía significar algo para ambos, porque rieron felices y se volvieron a besar.
Lady Penelope dio palmadas y sonrió, feliz por su amiga, aunque sintió tal envidia que se preguntó si no sería una joven malvada.
Pero lo cierto era que lo hubiera dado todo, absolutamente todo —fortuna, título, posición—, por disfrutar de una relación así, como la que tenía Blanche.
No tardaron en dejar Londres atrás.